El PRI rescata viejos militantes

Requiere de la experiencia

 

El tricolor está consciente de la necesidad de la vieja guardia militante para poder reforzar sus filas y llevar adelante la campaña de su candidato

Por Staff

Luego de doce años de descanso en el poder y un sinnúmero de reveses electorales el PRI se dio cuenta de que no es posible seguir asentando las responsabilidades en los jóvenes militantes.

La ligereza en las declaraciones y la manera visceral con la que responden a las críticas se convirtió en la mejor manera de suicidarse hasta darse cuenta de que los jóvenes priistas, muchos de ellos egresados de universidades extranjeras, no pueden cargar la responsabilidad de conducir el partido sin la asesoría de sus mayores.

Un ejemplo de la irresponsabilidad fue el hecho de que el actual presidente del CEN del PRI, que no es ningún chamaco, haya hecho críticas a los que se van a otros partidos con un adjetivo discriminador. A pesar de que la experiencia que se le atribuye al ex director general de la Comisión Federal de Electricidad es vasta, pareciera haber salido del callejón de las peleas en una secundaria de barrio bajo.

A un mes y medio de que inicie la campaña hacia la elección presidencial, la dirigencia nacional del PRI hizo dos ajustes recientes en su estructura: designó al polémico ex gobernador de Coahuila, Rubén Moreira como nuevo secretario de organización de ese instituto político, y a Felipe Enríquez Hernández como secretario de acción electoral.

El ex gobernador coahuilense, hermano de Humberto, llega al nuevo cargo en el PRI pese a las acusaciones de cometer un desfalco de 400 millones de pesos a los docentes de la entidad y de haber recibido dinero del crimen organizado, al igual que su hermano, ex dirigente nacional del PRI y de quien heredó el gobierno del estado.
Así, Rubén Moreira es el gran heredero de su hermano, porque primero heredó la gubernatura del estado y luego un puesto en el PRI nacional.

Este nombramiento nos habla de que en el PRI no puede acudirse a la vieja militancia sin pecar de impunidad y de poca claridad en sus designaciones, porque ambos hermanos todavía están bajo sospecha de delitos graves.

En diciembre Rubén Moreira había sido nombrado secretario de acción electoral, y ahora al cabo de dos meses fue removido para ocupar el cargo de secretario de organización, que en tiempos de elecciones es clave para agrupar las fuerzas del PRI.

Felipe Enríquez Hernández ha sido diputado federal por la LXI Legislatura y diputado local por el estado de Nuevo León; delegado del PRI en Yucatán; secretario general y secretario de gestión social del Comité Directivo Estatal del PRI en Nuevo León; embajador de México en Uruguay, y subsecretario de Desarrollo Político de la Secretaría de Gobernación.
Sustituyó al diputado federal Carlos Iriarte, quien fue nombrado coordinador del grupo parlamentario del PRI en la Cámara de Diputados.

Anteriormente se le había reforzado la campaña a Meade con la incorporación de Heriberto Galindo Quiñones como su consejero político, quien fuera presidente de la Cámara de Diputados en la LVI Legislatura, además cónsul general de México en Chicago y embajador en Cuba.

Se desempeñó como director general del Consejo Nacional de Recursos para la Atención de la Juventud y fue subdirector de Promoción Industrial de la Secretaría de Industria y Comercio.

El PRI está entrampado en dos vertientes a la hora de dar la cara al electorado. Se ha dado cuenta de que la generación de jóvenes y bellos en la función pública no les funcionó, no solo mostraron su improvisación sino aceleraron el deterioro de su imagen.

El PRI al regresar al poder necesitaba mostrar caras nuevas, que en realidad no lo eran porque ese partido siempre ha sido previsible y no cuenta con una estructura de formación de cuadros, entonces se sacó de la manga a jóvenes educados en el extranjero, que tenían buena imagen a cuadro y se dio cuenta de que no puede repetir la historia sin la intervención de la experiencia de los priistas de viejo cuño.

Ahí está el caso de Galindo Quiñones, ahora el inefable Rubén Moreira, hermano de Humberto, ambos ex gobernadores de Coahuila, y cuyo negro historial fiscal y financiero debe conocer muy bien el dos veces ex secretario de Hacienda ahora candidato tricolor.

Es decir, la cantaleta de que otros partidos representan el pasado deberá detenerse, por lo menos en boca del líder nacional del tricolor, que habla mucho y a cualquier persona que habla inglés le llama ser muy preparado. Así, el PRI, está encajonado entre seguir con los funcionarios públicos tecnócratas que demostraron su incapacidad desde el sexenio de Miguel de la Madrid y luego tomaron vuelo durante doce años de gobierno panista, sólo para demostrar que cada vez están peor.

Porque el país, se diga lo que se diga desde las instancias oficiales, nunca ha estado peor, así como la imagen de un presidente a finales del sexenio, cuya popularidad está prácticamente al ras del suelo.

Por su parte, Felipe Enríquez Hernández, se incorpora a la cúpula del PRI para darle la solidez que no ha sabido imprimirle Enrique Ochoa Reza.

Es decir, la experiencia se requiere con urgencia y los jóvenes priistas, no se han dado cuenta de que por lo menos debe darles vergüenza su actuación. Es el caso de Aurelio Nuño que tanto ponderó una reforma educativa que puede desmoronarse con la caída del líder del SNTE, Juan Díaz de la Torre, quien apoyó dicha disposición sin condiciones ni reparos de ningún tipo.

Todo por no saber de leyes, por desconocer la historia de la educación en México, por ser un improvisado que solo está en el poder por amistad y no por capacidad.

El PRI no puede regresar a sus orígenes sin morderse la cola. Sabe que requiere de los viejos militantes, pero también intenta demostrar que es una alternativa electoral renovada. Una alternativa que se mueve, aunque sea hacia el pasado. Y se queda en el intento y se estanca y en estos momentos políticos, cualquier estancamiento es un retroceso.

Los nombramientos recientes en el PRI descalifican a la actual presidencia del CEN y su cúpula, al mismo tiempo muestra que las cartas que tienen están más cercanas a la corrupción que al bienestar social o partidista.

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