Tercer debate sin novedad

ALMA GRANDE

Por Ángel Álvaro Peña

El tercer debate dejó en claro muchas características de estas elecciones. En primer lugar que son muy diferentes a todas. La competitividad no muestra cercanía entre los competidores.

La incorporación de los candidatos independientes solo mostró su inoperancia en una contienda donde el sistema de partidos muestra una salud estable a pesar su aparente larga agonía.

Así, el cuarto lugar, destinado a los independientes y un candidato a la Presidencia de la República que está más cercano a la comedia que a la serie que exige la investidura por la que pugna.

La timidez, corta experiencia en el uso de la palabra y la carencia de argumentos explicaron, claramente, las razones por las cuales el candidato no priista del PRI está donde está, aunque quieran colocarlo en otro sitio.

Ya algún empresario había confesado su aburrimiento cuando visitó la sede de Bosques de las Lomas, del Club de Empresarios, desde luego que una vez concluido el encuentro se dio a conocer un video que estaba listo desde días antes donde se afirmaba que cientos de empresarios estaban con él. Este tipo de acciones temerarias se valen en las campañas pero le restan seriedad al candidato.

Con este precedente y la aparente reconciliación de López Obrador con los empresarios dio inicio el tercer debate que tuvo menos público que los dos primeros, incluso la novedad hubiera sido que alguno de ellos no hubiera asistido. Lo cual rompería con la monotonía de formatos muy cansados para los espectadores. De por sí ver a gente sentada es un espectáculo que aburre, y la reiteración de culpas y responsabilidades que parecieran hacer pensar que la debilidad del contrincante implica forzosamente la fortaleza de uno de ellos,  hicieron del tercer debate un acto que bien pudo motivar al espectador a cambiar de canal.

Los conductores estuvieron muy disparejos. Muy notoria la coordinación de Gabriela Warkentin, la sapiencia del historiador y periodista Leonardo Curzio, y la ignorancia y prepotencia de Carlos Puig, quien parecía tener consigna contra más de un candidato, a excepción de Meade, desde luego.

Poco puede decirse del tercer debate que no haya sucedido en los dos primeros. Incluso las acusaciones fueron prácticamente las mismas, y surge el cuestionamiento sobre la necesidad de seguir repitiendo este esquema de confrontaciones que ni siquiera el propio INE ha sido capaz de regular o marcar reglas precisas en su desarrollo y contenido.

Los candidatos no fueron capaces de detener las agresiones entre sí, que son el reflejo de la violencia que vive el país en todos sus rincones. Todos quieren que el resto esté en la cárcel, todos son malos a excepción de quien habla. Quien acusa se considera libre de toda culpa, el resto son merecedores del presidio.

La violencia en el país crea ríos de sangre y los candidatos no pueden convocar a una reconciliación porque lo consideran una rendición, en lugar de dar un espacio para la paz entre ellos, por lo menos.

El temor de la parte institucional por mover lo que el Pacto por México creó a fuerza de millones a los líderes de los partidos, parece dejar ver una preocupación de quienes estuvieron presentes en esa firma que esterilizó a la oposición y enriqueció a los líderes nacionales de los partidos desde los primeros días de labores de la actual administración.

Las obras de quienes dicen haber creado y fortalecido las instituciones fueron parte velada de un debate cuyos temas estaban inconexos, el transcurso de la plática tenía sobresaltos, brincos de tonalidad y temática. Como si estuviera jugando al mismo tiempo naipes y turista, o canasta y matatena.

Los contrastes e intereses de cada partido, de cada candidato surgieron ahora con más claridad, anhelos, antecedentes, de los otros dos debates donde se mostraron enemigos hasta de sí mismos.

El problema de la salud es uno de los más graves porque en esa práctica la corrupción llega a grados de homicidio, por su frialdad a la hora de poner el vencimiento a los medicamentos, por su encarecimiento, por su interminable intermediarismo.

La salud es un gran negocio para quienes no les importa que en su ganancia vaya implícita la muerte de cientos de mexicanos. César Duarte y un grupo de empresarios de Chihuahua y el norte del país, negoció con medicamentos hasta el enriquecimiento. Pero en esa práctica hay muchos nombres que deben mostrarse a la luz pública.

Es por ello que el problema de la salud que dejó para el final el tercer debate merecía un debate completo. Y podría ser mejor que un solo tema por debate existiera, porque entonces sí daría cuenta del conocimiento de cada uno de los candidatos a la Presidencia de la República acerca de los problemas con los que se va a enfrentar si gana las elecciones.

El tercer debate debió leerse entre líneas. Y consolidó la tendencia del electorado, así como desgastó a quienes desde la desesperación de la derrota anticipada se mostraron agresivos, incluso violentos. PEGA Y CORRE.- Ahora resulta que la Fepade escoge los problemas que debe resolver, porque en días pasados se negó a recibir la denuncia que pretendían interponer los brigadistas de Morena por una agresión física y verbal en la colonia Emiliano Zapata, en Veracruz, por un identificado líder panista de la zona. La candidata a la diputación local por el distrito XV, Rosa María Hernández Espejo, comentó que tuvieron entonces que ir a la Fiscalía General del Estado… Esta columna se publica los lunes, miércoles y viernes.

 

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