Se juegan su credibilidad los medios

Sigue la guerra sucia

 

A pesar de que es tiempo de conciliación algunos medios pugnan por el descrédito a pesar del peligro de enfrentamientos sociales

Por José Páramo Castro

La guerra sucia toma diferentes matices, pero su intensidad e intención es la misma al intentar destruir a un enemigo que por lo regular, les ha tendido la mano a propios y extraños. Andrés Manuel López Obrador ha estrechado la mano de más de uno de sus enemigos, incluso aquellos que han invertido tiempo y dinero en el lanzamiento de misiles de desprestigio contra el presidente triunfador del 1 de julio.

Así, dentro de este marco de conciliación, que muchos no aceptan, invitó a desayunar a su casa a su ex competidor por la Presidencia de la República, José Antonio Meade. López Obrador, como buen anfitrión, habló de virtudes que los mexicanos nunca vimos en Meade pero que seguramente el próximo presidente vio de cerca, más por cortesía que por convicción.

Ante este encuentro que pareciera poco usual en la política del país, los críticos ultranza de López Obrador hablaron de la nobleza de Meade, cuando quien invitó fue López Obrador. A menos que se haya invitado solo Meade. Porque Meade tiene fama de invitarse solo. Cuando el PRI no tenía candidato él llegó como un verdadero extraño a ocupar el lugar que merecía más de un priista.

Meade es un hombre obediente, vocación de títere, por eso fue el candidato del presidente, pero no del partido que lo postuló y su fragilidad puede notarse hasta en su enfermedad visible, la cual padecen personas que no están preparadas para resistir presiones emocionales. Lo recordamos porque el próximo presidente asegura que es un hombre sólido. No lo es.

Los autodenominados analistas políticos se convirtieron en una especie de golpeadores permanentes del nuevo régimen. Ahí está quien asegura que la nobleza del gesto es del huésped y no del anfitrión, cuando éste despotricó sistemáticamente contra López Obrador. De hecho, llegó el momento en que el tema principal de los discursos de campaña de Meade era López Obrador.

Pero la memoria no es un atributo de los analistas políticos del sistema, al contrario, serien como verdaderos voceros amnésicos para afirmar que las virtudes de Meade, que nunca nadie apreció, surgieron en el desayuno con López Obrador. Tal vez éste tenga la virtud de poder explorar lo mejor de cada persona, pero en este caso fue sólo por un momento.

Personajes de triste palabra y de ideas ponzoñosas como Héctor Aguilar Camín, respiran por la herida porque saben que ya no tendrán ese subsidio discreto pero evidente que el poder otorgaba a quienes le ponían talento a lo que carecía de inteligencia en el gobierno. Vocingleros como éste prácticamente tendrán que trabajar si quieren seguir viviendo como lo hicieron en los últimos años.

Pero eso de la desmemoria es sólo cuando así conviene, porque ahora esos mismos analistas del desastre, presionan a López Obrador a que invite a desayunar a Ricardo Anaya, de quien ya nadie se acuerda.

Así de caprichosas y surrealistas son las reflexiones de los intelectuales orgánicos que cubrieron de un barniz de lógica algunas de las disposiciones del actual régimen y otros anteriores.

Quieren, desde la comodidad de sus posiciones privilegiadas determinar la agenda de los políticos con los que no están de acuerdo sus jefes. Es decir, los analistas políticos del régimen también muestran una profunda vocación de obediencia ciega, más cercana al comportamiento canino que a la idea imparcial y profunda.

La visita de Meade a la casa de López Obrador sirvió como ejemplo claro de la manipulación de un hecho que debió ser anecdótico y los grandes analistas de la actual administración quieren forzar a ver como un hecho coyuntural en la historia de México, desde luego que para ello retoman aspectos del pasado. Lo que obliga a ver con ojos del pasado el presente.

Porque no retoman la historia en sus hechos relevantes, sino que evocan otras anécdotas que sólo sirven como especie de chisme que no revela ni analiza nada sino su propia pobreza en el análisis y su miseria en la aportación de su trabajo.

La terquedad por desgastar la imagen de López Obrador va más allá de la contienda electoral, de la diferencia política, de la diversidad de ideas, de lo dispar de los intereses. Hay un resentimiento que denota amargura, Hay una crítica que destila rencor. Esto no puede seguir inundando los medios sin hacerlos naufragar. Desde luego quieren seguir obteniendo dinero del gobierno como lo hicieron con Peña Nieto, quien a pesar de los millones que relataba a los medios, su imagen se manchaba más cada día.

La guerra sucia la mantienen viva quienes disparan balas de salva llenas de odio, en medio de una urgente necesidad de reconciliación. Pero reconciliación es lo que menos necesitan quienes ven perdidos sus intereses y canonjías, que no dejarán que se vayan tan rápido y por ello prefieren sacrificar la paz social a perder los privilegios de los que gozaron inmerecidamente y tienen en los supuestos analistas a sus voceros, quienes tratan de convencer que la decisión de 30 millones de mexicanos estuvo equivocada. Sólo ellos tienen la razón y por ello critican hasta lo bueno.

Esos analistas del régimen hicieron de la labor de los funcionarios públicos una virtud, debiendo ser una obligación. De esta manera, con los muy costosos boletines elaborados por personajes como el arriba mencionado, se difundió la honestidad y la responsabilidad como un mérito propio de superhombres, es decir, los altos funcionarios del país se convirtieron en héroes gracias al culto a la personalidad que edificaron los analistas políticos que ahora ven que el teatro ya se cerró.

La violencia, en caso de caer en provocaciones, la provocan quienes no quieren dejar un solo privilegio y son capaces de incendiar el país por un puñado de dólares.

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