La feria

Casa de Citas

Por: Baltazar López Martínez

“Lo que uno ama en la infancia se queda en el corazón para siempre”.

-Jean-Jacques Rousseau

“Ciertas imágenes de la infancia se quedan grabadas en el álbum de la mente como fotografías, como escenarios a los que, no importa el tiempo que pase, uno siempre vuelve y recuerda”.

-Carlos Ruiz Zafón

“La verdadera patria del hombre es la infancia”.

-Rainer María Rilke

Llegamos a esa colonia alejada de la mano de Dios en enero de 1967. Lo recuerdo porque ese año nevó en Ciudad de México y la nieve dejó en mi memoria un recuerdo indeleble. No había nada en ese lugar como no fuera polvo y matorrales. Estaba asentada en las faldas del Cerro del Tenayo. Para cuando llegamos ahí la gente ya le había devorado dos pedazos al cerro, uno para sacar tepetate para relleno y el otro para explotar la cantera de piedra rosa. Nosotros vivíamos al borde de la cantera de tepetate. En la orilla del barranco, literalmente.

Como les dije, no había servicios en esa colonia. El gobernador del Estado de México, Juan Fernández Albarrán, solucionó el problema de la escasez de vivienda fraccionando los cerros de los alrededores de Tlalnepantla. No fue una solución muy fina que digamos, porque a lo único que tuvimos derecho durante muchos años fue al terreno, pero olvídense ustedes de lujos como la electricidad o el agua entubada. No había ni transporte público local; todo era de paso. Sin embargo, la necesidad de la gente era mucha, y pronto se empezó a poblar esa colonia, que se llamó igual que el cerro y cuyas calles tenían nombres de emperadores y notables personajes aztecas, o chichimecas, vayan ustedes a saber. Yo, por ejemplo, viví en la esquina de Xicoténcatl y Netzahualcóyotl. Junto con la gente llegaron los comerciantes y pronto hubo misceláneas y cantinas. Sobre todo cantinas. También llegó el padre Nacho a fundar la parroquia de Nuestra Señora del Carmen.

El padre Nacho fue para la gente que lo conoció en esos años, casi un santo. Con una determinación digna de elogio, el Padre Nacho se dedicó a encabezar toda clase de movimientos de colonos para pedir al gobierno que llevara los servicios urbanos al Tenayo. También puso la primera piedra de la iglesia. El padre Nacho era un hombre de costumbres frugales. Me consta porque mi primo Roberto y yo fuimos sus monaguillos, o como se les llame, enviados por mi abuela Lola, que era amiga personal del cura.

Mi abuela era lo que le sigue de católica, y decidió que nos mandaran a ayudarle al padre Nacho a oficiar las misas. Teníamos que llegar media hora antes a la casa que habitaba el padre al lado de los cimientos de la parroquia, para ayudarle a colocarse el alba, la estola, el cíngulo, la casulla y demás parafernalia. Decirle “casa” es una exageración. El padre Nacho vivía en un cuarto cuyas paredes y techo eran de lámina de asbesto, con piso de tierra por el que ocasionalmente discurrían las aguas de desecho de un establo aledaño. No tenía muebles, excepto la cama, un ropero desvencijado, una mesa con dos sillas y paren ustedes de contar. La ropa del padre era tan pobre como la nuestra. Sus camisetas parecían atarrayas de tanto agujero. Tenía un par de zapatos de buen ver que se ponía para oficiar la misa; pero lo del diario parecían cocodrilos abriendo las fauces, y el padre tenía que ingeniárselas para cerrarlos con una agujeta o un pedazo de alambre. Pocas veces he visto a un hombre tan desapegado de los bienes materiales.

No tenía descanso el padre Nacho, excepto una tarde a la semana en que iba a cenar a la casa de mi abuela Lola. Pero por lo general siempre estaba en movimiento. Gracias a sus gestiones ante las autoridades, y a que se peleaba bien feo por la gente, tuvimos electricidad, y al poco tiempo agua entubada, y ya no fue necesario contratar pipas para llenar los depósitos. Con esa misma voluntad inquebrantable empezó a levantar los muros de la iglesia. Además andaba de arriba abajo por toda la colonia, consolando enfermos, arreglando matrimonios, bautizando niños, dando consejos a las muchachas, regañando a los viejones desobligados y a los golpeadores de mujeres, predicando la palabra a quien se dejara y haciendo gestiones de todo tipo, que la cartilla del servicio militar, la inscripción de un chamaco en la primaria, etcétera. También fundó un club de jóvenes, hombres y mujeres, a quienes les puso el nombre de “Club Pichichicas” (no se rían, es en serio) y con los cuales hacían representaciones del nacimiento de Jesús y de la aparición de la Virgen de Guadalupe, en las que mi tía Socorro hacía el papel de la Morenita del Tepeyac y mi tío Gerardo el de Juan Diego.

Recuerdo que no podíamos tener banquetas ni calles pavimentadas porque hacía falta drenaje. En esos días la gente del gobierno anunció que el presidente Echeverría, que recién había tomado el cargo, estaría de visita en la colonia inaugurando un tanque colector de agua potable. El padre Nacho convocó entonces a toda la feligresía y dijo que cada uno le escribiera una carta al presidente, solicitándole el drenaje para la colonia. “Escriban muchas”, dijo, “que cada uno traiga una carta; va a estar difícil arrimársele, pero si todos traemos una carta tenemos más posibilidad de entregársela”. En efecto, llegó el presidente y apenas si pudimos verlo a la distancia, en medio de un tumulto de gente que no supimos de dónde salió. Yo creo que el truco de las cartas dio resultado porque al año siguiente hubo drenaje en la colonia. El padre Nacho también fundó los primeros grupos de Alcohólicos Anónimos.

Pero uno de los grandes acontecimientos que le debo al padre Nacho fue la llegada de la feria. Ya les dije que por alguna razón el cura decidió que aquella parroquia estaría dedicada a la Virgen del Carmen, de modo que cada año, en las vísperas del 16 de julio, día dedicado a la virgen en cuestión, la feligresía se preparaba para toda una semana de misas obligatorias y otros servicios religiosos, como la Adoración Nocturna y las guardias de la Vela Perpetua, pero con el añadido de que en los terrenos baldíos que había frente a la iglesia se instalaba uno de los mayores prodigios que he presenciado en mi vida.

La feria era todo un acontecimiento para los niños de mis tiempos, tal como lo es ahora. Hermanos, primos y amigos esperábamos con ansiedad el momento en que nos llevaran aunque fuera a mirar, porque la pobreza del cura no era tan grande como la de la mayoría de las familias de esa colonia, donde comer tres veces al día era un lujo que sólo algunos podían permitirse, y donde el dinero no alcanzaba a veces ni para lo elemental.

La feria era una maravilla. Lo era en verdad. Desde los prodigios de ilusionismo a la alta escuela, como el de La Mujer Lagarto, que por desobedecer a sus padres adquirió “esa horrible forma, ese horrible cuerpo de lagarto”. También anunciaban al Niño Armadillo, que por desobediente y mentiroso se había convertido en ese extraordinario y al mismo tiempo abominable ser, que los merolicos de la feria afirmaban haber capturado en las Ciénegas encantadas de Frontera, Tabasco.

En realidad la Mujer Lagarto y el Niño Armadillo eran trucos de ilusionismo, pero los mirábamos con la inocencia y la reverencia de quien presencia un milagro, y ni siquiera tratábamos de comprender como es que el cuerpo de la Mujer Lagarto parecía un cocodrilo de plástico, ni por qué el cabello del Niño Armadillo parecía una peluca mal peinada y la concha se veía percudida de cochambre. “Díganos, ¿de qué se alimenta?”, le preguntaba el presentador, y el Niño Armadillo, que a esas horas estaba cabeceando de sueño, a duras penas alcanzaba a contestar, “de frutas y verduras”. “Díganos, ¿dónde fue capturado?” “En Frontera, Tabasco”, decía el Niño Armadillo, y concluía su número recomendando a los niños del público que obedecieran a sus padres y dijeran siempre la verdad, si no deseaban convertirse en un personaje primo de Gregorio Samsa.

Había otros prodigios que se anunciaban con música de misterio, como el becerro de cinco patas, el gallo de tres patas, o la serpiente más venenosa del mundo. Había el Castillo de Drácula, que era una galera con un recorrido de laberinto, todo en penumbras, donde esporádicamente te salían vampiros y hombres lobo de peluche que olían a naftalina, y donde salía de pronto el Conde Drácula, que en realidad era uno de los tipos de la feria ataviado con un disfraz apestoso a sudor.

La feria era también una fiesta de olores y sabores. Todavía recuerdo con nostalgia el olor de los jótquéics recién preparados, a los que les añadían mermeladas o cajeta o leche azucarada, y había también donas calientitas, elotes asados o hervidos con mayonesa y queso, así como manzanas cubiertas de caramelo cristalizado, chicharrones de harinas aderezados con crema y salsa roja. Había algodones de caramelo, dulces de calabaza, de camote, de chilacayote, higos cristalizados, cocadas y decenas de golosinas más. Si había un poco de dinero, se arriesgaba uno a sentir el vértigo de la rueda de la fortuna, o a vomitar los jótquéics y el elote en las tazas giratorias, inventos del diablo de donde invariablemente descendías verdoso y con ganas de morir a causa del mareo.

También podías probar suerte en el tiro al banco con unos rifles desalineados que disparaban perdigones, y hacer diana en una palanca que al caer activaba a unas marionetas que bailaban el jarabe tapatío. Había juegos de canicas (imposibles de vencer), de lotería, de acertar con un aro en el cuello de una botella, de reventar globos con unos dardos con la punta roma, y en todos ellos podías ganar alcancías de barro en forma de cochinito o de toro. Los más suertudos se llevaban un muñeco de peluche o una cubeta de plástico o algún chunche de esos que nunca sirven pero que algún día pueden llegar a servir.

Pero pasan los años y uno envejece, y elimina de la dieta los jótquéics y los elotes con mayonesa porque así lo requieren los niveles de colesterol y triglicéridos. Y conforme avanza el tiempo se pierden los deseos de comer dulces en conserva, o de subirse a la rueda de la fortuna para experimentar una vez más la sensación de vértigo. Y vienen las nuevas generaciones a la feria, y vendrán otros niños que como yo hace muchos años, echarán a volar la imaginación con las tristes historias de la Mujer Lagarto, cuyos lamentos jamás convencieron a nadie de obedecer a sus padres. Con ojos azorados, mirarán al Niño Armadillo, a la Mujer con Araña, a La Mujer Decapitada, que cada noche cumple el ritual de sentir cómo su cabeza rueda para purgar sabrá Dios qué penas.

Jodorowsky escribió en “La Danza de la Realidad”: “Los milagros son comparables a las piedras: están por todas partes ofreciendo su belleza y casi nadie les concede valor. Vivimos en una realidad donde abundan los prodigios, pero ellos son vistos solamente por quienes han desarrollado su percepción. Sin esa sensibilidad todo se hace banal, al acontecimiento maravilloso se le llama casualidad, se avanza por el mundo sin esa llave que es la gratitud. (…) Los milagros nadie los hace ni los provoca, se descubren. Cuando aquel que se creía ciego se quita los anteojos oscuros, ve la luz. Esta oscuridad es la cárcel racional”.

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