Cómo fue que por casualidad escuché en vivo a Pancho Mondragón

Casa de Citas

Por: Baltazar López Martínez

“Hay dos formas de refugiarse de las miserias de la vida: la música y los gatos”.

-Albert Schweitzer.

“Todos los escritores que conozco preferirían ser músicos”.

-Kurt Cobain.

“La música es un arma en la guerra contra la infelicidad”.

-Jason Mraz.

“La única verdad es la música”.

-Jack Kerouac.

Pasaba de las nueve de la noche cuando llegamos a casa del Toño en Santa Mónica. Había una fiesta disfraces de jálogüin, aunque en honor de los vivos, según nos dijo Toño al invitarnos. “Lleguen a las ocho”, insistió, “porque hay una sorpresa chida”. Quizá por eso Toño nos puso una regañina en cuanto abrió la puerta. “¿Qué horas de llegar son éstas? Y ni siquiera traen sus disfraces, pinches informales”. Toño era un enfermizo de la puntualidad. Yogui sólo pudo decir “se nos hizo tarde”, no más, porque en ese momento llegó hasta nosotros el rumor inconfundible de música en vivo.

Toño era rubio, lacio, llevaba el cabello hasta los hombros y unos anteojos de fondo de botella que le aumentaban como mil veces el tamaño de los ojos. Vivía con sus padres en esa casotota donde todo era enorme, desmesurado. Su pasatiempo favorito consistía en molestar a los vecinos con los maullidos del violín y con el escándalo de las francachelas que seguido armaba con cualquier pretexto. A propósito nos tuvo de sus imbéciles ahí afuera otros cinco minutos, porque se dio cuenta que estábamos ansiosos por ver quién era el autor del muy singular ruido que provenía del interior de la casa. “De lo que se pierden, pendejos”, nos reconvino por milésima vez: “Ya tiene rato que está tocando Pancho Mondragón”.

Por el tono que ocupó, supuse que Pancho Mondragón era alguien muy importante, como un actor de cine o algo; nunca en mi tercermundista vida lo había oído mencionar, pero la música sonaba poderosa. “Su ignorancia me conmueve, par de nacos”, al ver nuestra cara de mensos, “Pancho Mondragón es un legendario guitarrista mexicano, la mera reata; vino a tocar a la pachanga y ustedes llegando tarde; así es que sáquense la cerilla de las orejas porque van a escuchar jazz del fino, no corrientadas”.

Lo seguimos hasta la sala atestada de gente socializando, ajena por completo a la música. En un rincón de la estancia habían colocado unas tarimas y ahí estaba la leyenda viviente: Señoras y señores, Pancho Mondragón, el guitarrista de jazz más chingón de mexicalpan de las tunas, venido hasta estos andurriales para halagarle un rato las Trompas de Eustaquio con su música de otro mundo. Lo acompañaban el virtuoso Roberto Aymes al contrabajo y un baterista que se llamaba creo Fernando Barranco. Algo así.

Yogui estaba ansiosos por entrar en ambiente, y se fue hacia el bar, donde un tipo vestido de Conde Drácula escanciaba abundante vino y cervezas. De inmediato el Yogui se agenció un vaso tamaño regio de ponche, y yo, grueso por fuera y fresa por dentro como era, me conformé con pedir un escuer, eso sí, bien frío. Luego decidí sentarme en un sillón kilométrico que estaba casi enfrente de los músicos. Aunque la música de jazz por lo general me es indiferente, les diré que Pancho Mondragón tocaba de poca madre. Era un virtuoso.

Como a la media hora el Yogui a encargarme su vaso de ponche y a decirme no sé qué acerca de un lanchero acapulqueño, su único amigo en el mundo, según él. El vaso apestaba a mezcal barato y todavía traía pedacitos de guayaba. Un momento. Aquello no era ponche ni tenía pedacitos de guayaba. Eran pedazos de hongo. Alguien había preparado hongos con Mezcal y el Yogui se había puesto hasta las chanclas. Yo era absolutamente fresa por dentro, me cae, y estuve a punto de levantarme, con la idea de salir de ahí en cuanto fuera posible, pero me retuvo una güera de aerodinámicas formas que vino a sentarse conmigo.

El sillón medía como tres metros y yo era el único ocupante, sin embargo, la dama se las arregló para acomodar su bien dotada anatomía entre mi cuerpo y el posabrazos del sillón, un espacio de apenas veinte centímetros. Sentí su muslo calientito, calientito, encima del mío. “Ay nanita”, pensé, “ya me cargó Mandingas”. “¡Jai!”, saludó la güerísima, “¿estar gustándote el fiesta? Sentí su aliento tequilero cerca de mi rostro porque debido al volumen de la música tenía que hablar casi a gritos. Yo, como buen naco subdesarrollado, me reía a causa de las cosquillas en la oreja. Nada más me faltó morder el rebozo.

De pronto, Pancho Mondragón atacó un solo que iba dejando un rastro de fuego sobre el diapasón de la guitarra. En ese momento volteé a mirarlo y él a su vez también me observaba. Pensé que deseaba decirme algo a través de aquel solo furibundo, porque pulsaba las cuerdas de su guitarra como si quisiera arrancárselas y del amplificador se desprendía un ruidazo contundente, como el de una tribu de watusis a punto de devorar a tres misioneros.

La gringuita seguía platicándome al oído. El aliento le olía a tequila y a tabaco, y había en sus palabras una contenida nostalgia, quizá al recordar las llanuras de Óregon, o como se llamara su pueblo de origen, y confesó, entre fumarolas de Delicados, que vivía en Cuernavaca, donde era dueña de una tienda de artesanías y, ojo, lo más importante, que le encantaban los mexicanos al escabeche y al mojo de ajo. “Ser hombres muy hermosos”, me dijo.

Pancho Mondragón tocaba ya una música que parecía salida de las entrañas de la tierra o de una tarde en el metro Pino Suárez, y no dejaba de mirarme mientras yo veía sorbitos de refresco y trataba de tomar una decisión. Naco al fin, aproveché un descuido de la gringa para correrme, con un discreto movimiento de nalgas, un poco a la izquierda. Ella percibió la maniobra, pero pareció no importarle. Simplemente movió lo que la naturaleza benévola le había concedido por trasero y continuó gritándome sus confidencias al oído. Me hice a un lado de nuevo, y se me volvió a pegar, y continuamos así hasta que me acorraló en el extremo opuesto del sillón.

A esas alturas el refresco ya me estaba haciendo efecto, y sólo veía medias negras, piernas, pechuga, cabellos güeros, pechuga de nuevo, y la fiesta de su aliento me estaba emborrachando en más de un sentido. “Orita vengo”, le dije, “voy al baño”. Me puse de pie y salí huyendo. En el pasillo me detuvo el Guales. No sé cómo llegó a la fiesta, pero ya andaba hasta la hernia de borracho y se obstinó en abrazarme y en ofrecer sus consejos para enamorar gringas nostálgicas: “órales, no seas buey”, me dijo, “se ve que la güera te está tirando el calzonazo; háblale en inglés, dile quismi, dárlin guónderful, ai loviu so mach, gons an rouses”.

Tuve que interrumpirlo para aclararle que la güera sólo me estaba contando de su vida en Cuernavaca. El Guales casi se dobla de la risa. “¡Ah, pero cómo serás pendejo!”, remató mientras me ponía un par de coscorrones. Como pude me solté de su abrazo y entré al baño sintiéndome un perfecto idiota. Me miré al espejo y respiré hondo. Me gustaba la gringa, pero no tenía la menor idea de cómo tomar la iniciativa.

Salí del baño deseando en serio que la dama ya hubiera encontrado otro confidente. Pero no, ahí estaba, llamándome a señas. Volví al sillón kilométrico y me senté a medio metro de ella, fingiendo que estaba concentrado en la música del buen Pancho, que a esas alturas sudaba como un poseso. La güera se acercó de nuevo. Volví a sentir su aliento de borrachera cerca de mi oreja. Me decía no sé qué insensateces, ya no le entendía ni me interesaba entenderle. Mi dilema era huir o meterle mano. Opté por lo primero.

“¿Sabes qué?”, le dije, “como que tengo ganas de salir al jardín a tomar un poco de aire; orita nos vemos”. La empujé discretamente, pues la muy méndiga ya me tenía arrinconado de nuevo. Me puse de pie y crucé la estancia. Afuera hacía frío. Respiré aliviado, pensando que mi honra estaba a salvo. Pero la gringa no se dio por vencida. Me alcanzó en la terracita con un par de cigarros encendidos. Me dijo que la noche estaba romántica y le creí, no había motivo para dudar de sus sentimientos.

De pronto se me vino encima y me dio un beso de permanencia voluntaria que me sacudió de pies a cabeza. “Pérate”, supliqué odiándome por ser tan sacatón, “güéit a mínet dárling, meibi sombady, no ves que pueden vernos, mejor platícame algo de tu tierra, plis, bi cuáiet”. Pero la güera no entendió razones. Me tomó la cara entre sus manos y volvió a besarme. Ya entrado, me decidí a meterle mano. El naco a la conquista del Sueño Americano. No supe ni qué estaba agarrando -concentrado como estaba en sus besos de tequila-, sólo recuerdo el peso increíble de su cuerpo sobre el mío y el olor de su cabello sobre mi rostro. En eso, un ruido de batalla nos rompió la concentración, la música cesó, y tuvimos que entrar a ver qué había pasado.

Nadie supo bien cómo empezó el desorden. Uno de los invitados salió del baño en trusa y con una máscara artesanal de cáscara de coco que Toño había traído de Acapulco. El fulano empezó a bailar la Danza de los Concheros, invitando a la selecta concurrencia a que se le uniera. Como nadie lo tomó en cuenta, decidió que era el momento de arrebatarle la guitarra al legendario Pancho Mondragón, quien demostró tener un punch admirable, porque de un gancho al epiplón lo puso de nalgas a media sala.

El problema fue que el Yogui también le entró a la bronca. Convertido en una furia se fue sobre el tololoche de Roberto Aymes y lo tupió a patadas yucatecas. Toño estaba un grado arriba de encabronado. Se puso al frente de Aymes y dejó quieto al Yogui a punta de madrazos; después encerró al encuerado en el baño y le exigió que se pusiera de nuevo la ropa. Lo que no pudo impedir fue que Pancho Mondragón, amo y señor de la guitarra de jazz nahuatlaca, apagara el amplificador. Luego desconectó la guitarra, la puso en el estuche y dejó la casa. Con él salieron otras cuatro o cinco personas, entre ellos la gringa. Carajo, tan bien que íbamos.

Así fue como me libré de tan penoso trance. Entre varios ofrecidos subimos el equipo de los músicos a la combi de uno de ellos, y partieron como perseguidos por una horda frenética de aboneros. La güera me dijo adiós por la ventanilla. Su pelo rubio era una llamarada, un incendio que iba dejando tras de sí una estela luminosa a medida que se perdía en la inmensidad de la noche. Ya no entré a la fiesta, porque en ese rato llegaron las amigas de Toño que vivían en Pintores. Eran casi las once de la noche y la fiesta apenas empezaba. Nos quedamos platicando un rato en la calle. El Toño había puesto su disco de Itzhak Perlman y Pinchas Zuckerman, y ya nadie recordaba la bronca. Al rato salió el Guales y tocó un rato la armónica. Una de las amigas de Toño era bellísima. Se llamaba Érika.

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