Instrumentos de tortura

Casa de citas

Por: Baltazar López Martínez

“Sonidos tan desconcertantes como el del llanto de un niño son utilizados para aplacar al enemigo. No importa si estamos en el campo de batalla o en una prisión secreta. La tortura psicológica a través de la música se ha convertido en una de las armas más potentes para las principales potencias militares”.

Paz Madrid – “Ritmos agónicos: Cancionero para guerras y tortura”

“Luego de que se terminó la guerra [del Golfo], los aliados pasaban todo el día y toda la noche volando sobre nuestras cabezas rompiendo la barrera del sonido. Justo como en Panamá, cuando atacaron con música a Noriega, que estaba encerrado en la embajada del Vaticano. Durante quince días, Bush ensordeció al pobre embajador del Vaticano y a Noriega con rock pesado. Nuestra tortura duró meses—20 o 30 veces de día o de noche”.

Nuha al-Radi — “Baghdad Diaries”

Los seres humanos somos expertos en infligir sufrimiento a nuestros semejantes. No tenemos remedio. Y cada vez nos refinamos más en el arte de joder al prójimo. Los largos años de persecución y oscurantismo de la Inquisición, por ejemplo, nos dejaron poca enseñanza. Vivimos tiempos tan azarosos y violentos que la contemplación de los instrumentos de tortura medievales apenas nos causa cierto escalofrío, porque en realidad el hombre se esfuerza a diario por superar el grado de maldad y las diversas formas de provocar el sufrimiento de otros.

Yo estoy convencido de que la música es la prueba de que Dios nos ama, y de que Mozart es la “Voz de Dios”, como lo define Salieri en Amadeus (Milos Forman, 1984), por eso leo y escucho con desconcierto y tristeza que algo tan bello y sagrado se convirtió en los últimos años en un arma de guerra y también en instrumento de tortura. No me refiero al hecho de que el vecino se tome unos alcoholes y le dé por poner chunchaca desde que anochece hasta la madrugada, sino a los informes de que el ejército gringo está utilizando música de rock (aunque la oferta incluye variables como Cristina Aguilera y Barney, el Dinosaurio Gay) como parte de su arsenal bélico y para torturar prisioneros.

Diversos estudios reportan que desde finales del siglo XX los investigadores al servicio de la maquinaria de guerra estadunidense experimentan con diversas aplicaciones del sonido (“armas acústicas”, las llaman) para controlar multitudes, disuadir al enemigo e incluso ocasionarle daños físicos. El ejemplo más acabado fue el LRAD (Aparato Acústico de Largo Alcance, por sus siglas en inglés), que puede tener un alcance de hasta 1000 m, dependiendo del modelo, y provee una “franja de sonido” de entre 50 cm y 1 m de ancho con ruido de entre 120 y 150 decibeles. Además, el LRAD también puede difundir música con ese mismo alcance, el efecto, reportan, es como “ser golpeado por una pared de aire que es dolorosa para los oídos, causando a veces sangrado por la nariz y dejando al individuo temblando por dentro”.

El estudio “La Música como Tortura / La música como arma”, de Suzanne G. Cusick, revela que, conforme a los reportes de organismos de derechos humanos, así como a testimonios de sobrevivientes y víctimas, que la música forma parte del arsenal de instrumentos de tortura del ejército de los Estado Unidos. Por ejemplo, a detenidos iraquíes les aplicó una sobredosis de “Enter Sandman”, de Metallica, y “I Love You” de Barney, el Dinosaurio Morado “repitiendo las canciones una y otra vez a alto volumen dentro de contenedores de transporte”, según reportó la BBC en 2003. El repertorio sonoro incluye rap a todo volumen, Christina Aguilera, y Eminem, entre otros que también se aplicaron presos en la base cubana de Guantánamo, aderezados con sonidos estresantes de todo tipo.

En verdad me duele que la música, a la que siempre relaciono con todo cuanto hay de bello y verdadero en la vida, al grado de considerar, como Nietzsche, que sin ella la vida bien podría ser una equivocación, se utilice en algo tan aberrante como la tortura a un ser humano. Cierto, nos asombra saber del horror y la barbarie de la Inquisición, las matanzas por razones étnicas, la muerte de millones en los campos nazis, sin darnos cuenta de que los métodos cambiaron pero la acción es la misma.

¿Cuándo se convierte la música en un tormento? No sé. Yo empecé a experimentar sus perniciosos efectos la tarde en que inauguraron el gimnasio frente a mi casa. Hubo fiesta y música hasta el amanecer. Es natural, se trataba de la inauguración. Pero que pasó una semana, luego pasaron dos, luego un mes, y la música seguía al mismo volumen que cuando la inauguración. Entonces se convirtió en un tormento tal que fue necesario recurrir a las autoridades para que mediaran entre el dueño (a quien terminé de caerle gordo desde entonces) y yo.

Imagínate despertar a las seis de la mañana con el estruendo del rap o el techno o el reggaetón o cualesquiera músicas que se empleen en esas tareas de ponerse mamado, y que ese estruendo dura hasta las diez de la noche, de lunes a viernes y los sábados medio día, a tal volumen que no puedes escuchar ni tus propios pensamientos. Imagínalo por unos momentos nada más. El problema con el ruido (a esas alturas cualquier música puede convertirse en ruido) es que no es posible cerrar los oídos. Vayas a donde vayas te persigue. Es imposible concentrarse en la tarea más simple. En mi caso, me pone frenético, me incapacita para cualquier trabajo, me aniquila. No exagero si les digo que me pone al borde de la locura y del suicidio.

Ahora imagínense a un musulmán en Guantánamo. Terrorista o no, ese no es el caso. Imagínense a un ser humano en condiciones extremas, de pie en un espacio confinado, con frío o calor o humedad, hambriento y desorientado, de acuerdo con las nuevas políticas de tortura sin contacto, que incluyen aislamiento, estar de pie, extremos de calor y frío, luz y oscuridad, ruido y silencio, posiciones humillantes, capuchas, con dolor tanto físico como psicológico, con el fin de “desintegrar la identidad” de un prisionero. Esta política tiene la finalidad de ocultar la barbarie a los organismos de derechos humanos, por tratarse de vejaciones que no dejan huella y que por tanto son difíciles de documentar y comprobar.

Y recuerdo ahora películas como Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979), o Black Hawk Down (Ridley Scott, 2001). En la primera, cuyas escenas tienen continuidad sonora con la canción The End, de los Doors, es inolvidable la secuencia en que los helicópteros del Noveno Batallón de la Primera División de Caballería Aerotransportada bombardean un poblado vietnamita mientras hacen sonar en las bocinas, con el más puro espíritu nazi, La Cabalgata de las Valkirias, de Richard Wagner. En la segunda, la incursión de los helicópteros MH-60 Black Hawk sobre Mogadiscio está ligada para siempre a Suspicious Minds, de Francis Zambon, interpretada por El Rey, Elvis Presley.

Dejen les cuento que cuando mi hijo Pablo estaba pequeño me tocaba la responsabilidad de prepararlo para la escuela. El desafío era tenerlo listo a las 7 y 20 de la mañana, hora en que me iba a trabajar. Como le costaba (y le cuesta) un trabajo tremendo despertarse, tuve que idear algunos métodos para hacerlo despertar y activarse. Uno de ellos consistía en acercarle las bocinas del estéreo y ponerle a buen volumen, qué casualidad, Enter Sandman, que entonces estaba recién salida del horno, o Jump, de Van Halen, que tiene una batería inolvidable. Se levantaba de inmediato. ¿Será que llevo un torturador dentro, y que sometí a mi hijo a tormentos inconmensurables? No lo sé. Pero él, como venganza, no se iba temprano a la escuela: se quedaba viendo las caricaturas de Scooby hasta las ocho de la mañana, hora en que salía disparado hacia la escuela primaria Benito Juárez.

Qué dolorosas noticias. La música, esa misteriosa forma del tiempo, esa inexplicable forma del tiempo, sin la cual no concibo mi vida como es ahora, se utiliza para torturar a otras personas. Esa forma extrema de la belleza… ¿Cómo es posible, carajo? ¿Hasta dónde somos capaces de torcer lo buen, lo noble, lo inasible?

“He escuchado con avidez las historias de las cárceles más desconocidas, de las prisiones provinciales de Malkinia, Suwalki, Radom, Pulawy, Lublin, y siempre la misma sofisticada técnica de tortura, desarrollada hasta la monstruosidad. Es impensable que haya surgido espontáneamente de la mente de un hombre, como Minerva de la cabeza de Júpiter. No puedo entender esta repentina borrachera de muerte, este atavismo desbordado, que creíamos superado por el progreso humano”, escribió Tadeus Borowski.

Svetan Todorov dijo: “La tortura es algo tan vergonzoso, pero es aún peor si se convierte en la política oficial de una democracia. Es una contradicción y es inaceptable”. El escritor polaco Andrzej Sapkowski escribió también: “Desde aquel momento el sueño se convirtió en una pesadilla. Al despertarme, los detalles se habían borrado de mi memoria, quedaron solamente unas imágenes difusas, con poco sentido, pero todas era imágenes monstruosas: tortura, grito, miedo, muerte… En una palabra: el horror”.

Facebook Comments