Contra las Redes Sociales

Casa de Citas

Por: Baltazar López Martínez

“Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”.

-Umberto Eco

“Las redes Sociales se tratan de la sociología y la psicología más que de la tecnología”.

-Brian Solís.

“El propio concepto de verdad objetiva está desapareciendo de nuestro mundo. Las mentiras pasarán a la historia”.

-George Orwell

 

Vi hace poco un curioso documental de una serie que trata sobre la conducta humana. Dice, en pocas palabras, que los seres humanos debemos hacer algo, lo que sea, y que si algo nos aniquila las emociones y los pensamientos es permanecer inactivos, en medio del espantoso ocio. Para comprobarlo, los investigadores pusieron una mesa con un dispositivo que al tocarlo daba descargas eléctricas, luego sentaron al sujeto de estudio junto a la mesa y le pidieron que tocara el dispositivo. El tipo casi se desmayó por el impacto de la electricidad en la mano, y cuando le preguntaron si volvería a tocarlo dijo que jamás en su vida lo haría. Pues bien. Lo dejaron a solas, en ese cuarto donde sólo estaban la mesa y la máquina de dar toques. El pobre tipo resistió apenas unos quince minutos de no hacer nada, hasta que desesperado tocó de nuevo el dispositivo y se llevó otra vez la descarga eléctrica.

Otro experimento fue más radical. Pusieron al sujeto dentro de una habitación blanca, con los alimentos y el agua necesarios para sobrevivir una semana. Nada más. No había ni libros, ni televisión, ni dispositivos electrónicos. Nada. El sujeto debería pasar una semana consigo mismo. Los resultados fueron devastadores. Se le alteró el ciclo del sueño, perdió el sentido del tiempo, hablo consigo mismo, paseo como fiera enjaulada y al salir se abrazó emocionado de sus colegas que le abrieron la puerta.

Los creadores de las redes sociales conocen bien este aspecto de la conducta humana y lo explotan a cabalidad. ¿Nunca has pensado por qué aplicaciones como Facebook, que te ofrecen un servicio “gratuito”, se cotizan en miles de millones de dólares? ¿Cómo es posible, si el usuario no “paga” nada por utilizarlas? ¿De dónde provienen entonces esas millonarias ganancias? El principio es muy sencillo. La gente no puede estar sin hacer nada, démosle a esa gente un juguete para que se entretenga y al mismo tiempo nos permita saber todo acerca de su vida y la de los suyos. De preferencia que el juguete sea adictivo y les dé a las personas eso que tanto anhelan para evitar el ocio.

Hay algo muy valioso que tú tienes y que las compañías de redes sociales anhelan: tus datos personales. Y más, ambicionan saber todo de ti, lo que prefieres y lo que te disgusta, lo que comes, vistes, amas o detestas, y a medida que lo obtienen, a partir de la lectura de tus publicaciones, de aquello que compartes o disfrutas o manifiestas que te gusta, va armando un mundo de fantasía personalizado, y crea un entorno que es nada más tuyo, afín a lo que te gusta, y con ello te aísla de la manda, “personaliza” tu muro, por decirlo así, pero con esa acción te aísla del contexto. Porque esa es una triste realidad de las redes sociales: estás solo. No importa cuántos “amigos” tengas, estás solo, en un mundo de fantasía personalizado cortesía de tus “amigos” de Facebook.

Ese es el alimento básico de Facebook: tus datos personales. Mientras más sepa de ti, de tus hábitos de navegación, de tus filias y tus fobias, mejor. Alguien estará interesado alguna vez en comprar esa información, además de que el algoritmo diseñará publicidad personalizada para ti, con la que tratará de inducirte a que compres. Para cumplir con su propósito los creadores de los algoritmos explotaron las necesidades básicas del cerebro humano para convertirnos en esclavos de las redes sociales, creando una adicción tan poderosa que cientos de millones de personas son sus víctimas, y tan soterrada que apenas hay quienes se atreven a reconocerla.

Uno de los aspectos más lamentables de esta adicción es que suprime la libertad de elegir. El adicto a las redes sociales no tiene más remedio que seguir: su mundo, sus amistades, sus pasatiempos están ahí, en la red, y establece un círculo vicioso, en el que mientras más tiempo pasas en la red, más se acentúa la adicción, y más se resienten los efectos de padecerla en las relaciones familiares, al conducir un automóvil, en la escuela, en el trabajo, donde esta patología es una de las causas de baja productividad. Todos hemos visto a automovilistas que manejan mientras leen sus mensajes de WhatsApp, y a gente que está en su trabajo pegada al celular, entre las que se cuentan muchos elementos de los cuerpos policíacos y de seguridad, que se detienen en las esquinas a “revisar el Féis”.

A final de cuentas las redes tratan de apoderarse de tu espíritu. Te vigilan. Quieren saber todo de ti. Las encuestas, los juegos y las trivias, tus comentarios, tus “me gusta”, todo lo que haces en la red les da pistas sobre tu ser interno. Ni siquiera es necesario que recurran a acciones ilegales para apoderarse de tu alma, tú se las brindas de buena gana y todavía les das las gracias por despersonalizarte, sin sospechar siquiera que te están atiborrando la mente de basura, contenidos y estímulos para que pierdas la capacidad de acceder a la verdad o de experimentar empatía por otras personas.

La adicción, la compulsión por las redes sociales, es el componente esencial de su funcionamiento. La mayor parte de los esfuerzos de los creadores de los algoritmos están dirigidos a mantenerte enganchado, a revisar el muro y el TL cada cinco minutos, dándote la ilusión de que tus relaciones, tus amistades y los acontecimientos con los que alimentas tu adicción son reales. No lo son. Si algo abunda en las redes sociales es la falsedad: los perfiles falsos; las noticias falsas o distorsionadas, o fuera de contexto; los amigos y seguidores falsos, las publicaciones falsas; los ejércitos de usuarios falsos (los famosos bots) que hacen sonar los tambores de guerra; las actitudes falsas y el vandalismo de las falsas personas hacen de las redes sociales un territorio en el que lo único real es el deseo de modificar y manipular tu conducta para que compres, para que votes o para que te manifiestes en un sentido u otro.

Por si fuera poco, las redes sociales son un semillero de idiotas. En las últimas semanas escribí dos artículos sobre el gobernador de Veracruz, Cuitláhuac García, acusándolo por su hipócrita actitud ante el problema del “primo incómodo”, artículos que circularon en las redes sociales y en los sitios web de “Políticos al Desnudo” y “Noticias Veracruz”. Sin embargo, los escritos en cuestión no consiguieron despertar al ejército de bots que defienden a la Cuarta Transformación. Yo pensé, de manera equivocada, que se lanzarían como jauría a defender al gobernador y a la 4T, empleando todo el arsenal del odio que los caracteriza. Pero no. Sólo un despistado me acusó de apoyar a la monarquía, basándose en una cita que hice Borges.

La razón es muy sencilla: los bots no leen. Son los tontos del pueblo a los que las redes sociales dieron voz. Su capacidad mental apenas alcanzar para descifrar un meme, porque un texto que rebase las cinco líneas del apretado texto de Facebook rebasa su comprensión y les ocupan el pedazo de cerebro que tienen sano, además de rebasar los 5 segundos de que disponen para enfocar su atención. Las redes sociales enfrentan así una paradoja: descerebran a la gente y al mismo tiempo luchan contra las consecuencias de haberlo hecho, porque la fugacidad de los contenidos es un factor que disminuye la efectividad de los anuncios comerciales y la demás parafernalia propagandística. El desafío es mayúsculo porque las publicaciones duran apenas unos instantes antes de ser sustituidas por otras en el muro de Facebook o en el hilo de Tuíter.

La adicción a las redes sociales se diferencia en poco de otras adicciones, como la de las drogas o el juego. Un ejemplo evidente de estos patrones de conducta lo es Donald Trump, adicto al Tuíter, que se comporta más como un cibervándalo que como un presidente, y desde su tribuna pontifica, descalifica, golpea, sobaja, ofende, difama, desautoriza, maldice, ultraja, infama, denigra e insulta, justo como lo hacen otros usuarios de la red que son anónimos y cuya vida languidece en la atrocidad de ese anonimato. No puede contenerse Donald Trump, no tiene manera de parar, y es paradójico también que su nombre de usuario en Tuíter sea @realDonaldTrump, es decir el verdadero Donald Trump, por si te quedaban dudas de que esa fuera su verdadera personalidad.

En la novela 1984, George Orwell plantea una sociedad en la que los ciudadanos son observados siempre por las entidades al servicio de El Gran Hermano. La profecía tardó unos años en cumplirse, pero a estas alturas, a punto de terminar la segunda década del siglo 21, es una realidad: El Gran Hermano nos observa. Conoce todos nuestros movimientos en la red, lo que nos ata o lo que nos desune, lo que nos llena de felicidad o lo que nos acongoja. Estamos expuestos la mayor parte del tiempo este escrutinio cuyas consecuencias desconocemos todavía, pero que por lo pronto nos deja lerdos, embebidos, absortos frente a la pantalla resplandeciente de un dispositivo electrónico que nos mira fijamente a los ojos.

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