Ovnis sobre Puebla

Laberinto

Por Baltazar López Martínez

Hace un tiempo leí que en las grandes cadenas de hamburguesas elaboran todas sus delicias con cualquier cosa, menos con carne de vaca. Cuentan las leyendas urbanas que hay granjas modernas y ultrasecretas en las que estos voraces empresarios cultivan a millones de seres que guardan cierto parentesco lejano con las vacas de verdad, pero a los que les manipularon los códigos genéticos para que den carne, nada más. Dicen que estas vacas monstruosas no tienen ojos, ni piernas, y que viven confinadas en pequeñas jaulas a las que sólo abandonan para ir a los mataderos, donde se las descuartiza y procesa para que terminen en medio de dos trozos de pan y aderezadas con mayonesa y pepinillos. Y con los pollos pasa lo mismo, dicen, que ya no son pollos sino masas ciegas de carne temblorosa, sin huesos casi, que crecen a velocidades pasmosas alimentándose de su propio excremento, para luego terminar en las mesas de centenares de restaurantes de todo el mundo, en trozos crujientes y apetitosos.

De pronto me sentí como aquellas reses y aquellos pollos, sin alma, con una idea menos cada semana, prisionero de las redes sociales, listo para el sacrificio en aras del Dios de la Mediocridad. Sentí que era el esclavo bueno para nada de la parábola de los talentos, y que la vida misma se me escapaba segundo a segundo, como en una trágica e irremediable gotera irreparable. Pensando estas y otras tonterías me pasé otro rato de haragán en la cama, tratando de agarrar valor para afrontar aquella mañana de domingo. Ya no tenía sueño, pero sí hambre, y cuando tienes sólo veinte pesos el hambre es algo que debes posponer. Estuve viendo las manchas de humedad en el techo, tratando de encontrarles forma, como hacía cuando era niño. Había dos caracoles, un guante de carnaza, una bicicleta tripulada por un delfín antropomorfo y más hacia la esquina un ovni tratando de abducir a un elefante.

Esto último me trajo a la memoria aquella noche en que fui a observar ovnis con mi amigo Guillermo Teja, mi maestro en el taller de artes plásticas. También fueron Marina y Junior. No exagero si les cuento que aquella fue experiencia extraordinaria, tanto que a la mañana siguiente me prometí poner por escrito los singulares acontecimientos de esa noche. Por supuesto, nunca cumplí esa promesa, escudado en vagos pretextos, como siempre. Aunque escribo desde muy joven, tango también un talento especial para posponer la tarea de sentarme ante la computadora y emprender la tarea de elaborar un texto que vaya más allá de las dos cuartillas. Creo que en el fondo le tengo temor al fracaso.

Pero esa mañana, sentado ya en el borde de la cama, pensé que era la ocasión propicia. Miré hacia la mesa y vi que la computadora estaba encendida, esperándome. Además, me encontraba una vez más en una situación extrema de neurosis, condición adversa en la que mejor me desenvuelvo. De modo que me puse de pie, fui hasta la mesa, abrí el procesador de palabras y empecé a escribir tonterías, empezando por La Noche de los Ovnis.

Resulta que había en Puebla una señora que tenía contacto con los ovnis. Ella y su sobrino podían comunicarse con entidades extraterrestres, provenientes de esta galaxia o de otras, cuyos nombres ininteligibles no pongo aquí en beneficio de la claridad. Guillermo nos contó alguna vez que los marcianos escogieron de entre la humanidad a la señora en cuestión, como receptora de urgentes y muy aterradores mensajes referentes a un inminente Apocalipsis, la destrucción ecológica del planeta tierra, el calentamiento global, el alza de la tortilla y otros singulares acontecimientos. Se supone que la señora debía advertir a los gobiernos del mundo mediante la difusión de estos mensajes, con el fin de precaver a la gente sobre la destrucción venidera y las plagas que nos aquejarían en unos pocos años. También un sobrino de la señora, a quien apodaban El Matemático, recibía mensajes de diversa índole, según él por medios telepáticos.

Guillermo conoció a la señora en una convención de seguidores del chamán y brujo a la vez Carlos Castaneda. Como lector experto de la onda Castaneda, Guillermo aceptó la invitación del amigo de la hermana de un señor que trabajaba en no sé qué del Fondo de Cultura Económica, quien juró por su madrecita santa que el mismísimo discípulo de Don Juan haría acto de presencia en el CADAC, con motivo de la presentación de su libro “El Don del Águila”. Como Guillermo es un crédulo de primer orden se embarcó en su Peugeot del 62 y fue a dar muy temprano al CADAC, con la idea neta de conocer al autor de los singulares libros que admiraba. Lo cierto es que Carlos Castaneda no se apareció en toda la noche, pero la travesía de Guillermo, quien tuvo soportar dos horas de viaje en medio de un tránsito espantoso, fue recompensada por las historias de doña Enriqueta y su sobrino, contactos del tercer tipo, como ya dije, quienes esa noche entretuvieron al respetable con algunas historias de abducción y visitas extraterrestres.

Por supuesto, Guillaume era un convencido de la corriente ovnis y estaba seguro de que doña Enriqueta y su sobrino eran la pura neta. De inmediato, G y la señora Enriqueta hicieron amistad e intercambiaron experiencias paranormales, y coincidieron en que Guillermo merecía tener un avistamiento con los extraterrestres, y si éstos estaban de buen humor quizá hasta se dejasen ver en persona. La neta, yo era desde entonces un escéptico. De los extraterrestres y de los seres humanos en general. No creo que los ovnis sean naves tripuladas por seres del espacio sideral o de dimensiones paralelas, a pesar de la gran cantidad de personas que aseguran haberse topado con ellos.

No dudo que haya testimonios verdaderos entre tanta historia truculenta de avistamientos y contactos, pero me da flojera pensar que haya tipos provenientes de tan lejos nada más para andar revoloteando de un lado a otro, transmitiendo mensajes mafufos a gente como doña Enriqueta y su sobrino. Me imagino que la tecnología y el esfuerzo necesarios para un viaje de esa categoría deben ser enormes y desperdiciarlos en dar vueltas por la sierra de Puebla no me parece una actitud muy sensata. Supongo que si son tan truchas como para hacer viajes de tanta dificultad tienen la inteligencia para saber quiénes son los líderes de la tierra, o los presidentes, o las autoridades, y que además poseen armas o medios de defensa como para que el temor les impida hacer contacto. No es lo mismo que doña Enriqueta intente convencer a López Obrador de que se acerca el fin del mundo a que vengan unos venusinos plateados y con antenitas a hablar con él (y de pronto me imaginé al presidente diciéndoles a los venusinos que él tiene otros datos).

Junior y yo hicimos en autobús la infame travesía desde Naucalpan hasta Plateros. Había una gran cantidad de personas apiñadas en la minúscula sala del minúsculo departamento donde vivían Guillermo y su familia. Hombres y mujeres que se movían para todos lados con pasos apresurados, como si tuvieran asuntos importantes por resolver. De no creerse: Guillermo reunió a toda una tribu para ir a ver los ovnis. Familiares de Guillermo, vecinos y amigos suyos acudieron en tropel, atraídos por la inminente revelación. Yo pensaba que aquello sería una excursión en solitario, de cuando mucho cinco o seis fulanos apretujados en el Peugeot de Guillermo, no aquella expedición al Himalaya. Guillermo estaba eufórico ante la posibilidad real de constatar con sus propios ojos la existencia de los marcianos y repartía instrucciones para todos lados, dueño absoluto de la escena y convencido de que esa sería su noche con los ovnis.