Vacaciones en San Miguel (I)

Laberinto

Por Baltazar López Martínez

No me explico por qué San Miguel de Allende es tan famoso. Todo el mundo habla de ese pueblo como si fuera el ombligo del universo, lo más sensacional y hermoso que podrían ver tus ojos. A mí me pareció más bien feo y sin chiste, un conglomerado de casas perdidas entre los cerros, calles que suben y bajan sin terminar nunca, barrios desolados como en cualquier otra parte, y calor, mucho calor, como para derretirse. Ah, y una zona de escenografía para turistas que abarca unas cuatro calles para cada lado. Nada más.

Allá fui a dar una vez, invitado por Eddie el Magnífico, Edimburgo de Azul, guitarrista excelso y legendario bebedor de tequila, quien no cesaba de hablar maravillas de su pueblo, sobre todo cuando ya traía algo de alcohol entre pecho y espalda. Pobre Eddie, en verdad se le rodaban sus lagrimitas recordando el mercado, los bares, la cuesta espantosa para llegar al centro de San Miguel, donde los turistas se toman fotos frente a la catedral y piden a cada rato lo misma canción a los mariachis. Era un tipazo el Eddie. Todos en la prepa lo idolatrábamos porque era capaz de tocar la guitarra durante horas sin repetir una sola canción. Su sentido del humor era legendario y conocía todos los chistes que hay que conocer en este mundo. Carismático, alegre, fumador empedernido, galán incontenible, este Eddie es el fulano que llegó a ser mi amigo en la prepa, un tipo fuera de serie, dispuesto siempre a agotar las posibilidades de la vida.

A mí me decían el Charro Galaxia. Con ese nombre me conocían los que me conocieron, desde Naucalpan hasta la Tierra del Fuego y puntos intermedios. El Charro Galaxia, amo y señor de la cumbia punk, heredero directo de las glorias de Chabelo y Cepillín. Me caí de la nube que andaba como a chorrocientos mil metros de altura; crecí alimentado por las películas del Santo y Blue Demon, vistas en infames matinés a las que íbamos, prófugos de la secundaria, otros malandrines y yo. Escuché desde siempre los corridos incesantes de los Alegres de Terán y los boleros que cantaban Javier Solís y Julio Jaramillo. De esa infame vida me rescató la amistad de Edimburgo el Único, Eddie, el Genial y Controvertido Eddie, nativo de San Miguel pero prófugo en la Capital, según él estudiando, según yo, en el reventón.

El asunto es que, al segundo año de la escuela, animado por sus fantásticos relatos sobre la pachanga interminable en San Miguel de Allende, convencí a mis padres de que me dieran permiso de ir de vacaciones con el Eddie, quien ya para entonces había convertido a San Michael en la meca de todo cuanto existe de divertido en el universo, lugar de parrandas interminables y gringas ansiosas de pegar su chicle con los mexicanos. Claro, esto último nunca lo utilicé como argumento, capaz que mi señora madre se infarta y no me deja salir ni a la esquina. Así es que rompí el cochinito, trabajé de jardinero dos semanas, le hice la barba a mi abuela para que me diera una lana, vendí botellas vacías y revistas usadas, cumplí con todas las tareas domésticas que me encomendaron (por las cuales pedía una modesta propina), y con ello pude reunir un dinero más o menos regular para costearme el viaje.

Llegamos un sábado como a las tres de la tarde a San Miguel de Allende. Ya dije que mi primera impresión fue de estupor. El mítico San Miguel resultó ser un pueblo árido y polvoso, como otros tantos otros que habíamos visto en el trayecto, con la desventaja adicional de encontrarse asentado sobre interminables cerros en los que todo, pero todo, era de subida. Yo creo que el Eddie notó mi expresión porque se apresuró a explicarme que más para allá, entre los cerros y el laberinto de calles estaba la mejor y más estimulante pachanga del mundo. “Si tú lo dices”, murmuré ya resignado.

Nos instalamos en la casa de la hermana de Eddie, quien para descansar de tanto descanso se fue a Ciudad de México a pasar sus vacaciones, de modo que la vivienda estaba a nuestra completa disposición. Desde la primera tarde salimos a dar la vuelta, con la idea de conocer un poco el ambiente. La verdad tenía apenas unas horas en San Miguel y ya empezaba a serme odioso el pueblo. Para cualquier desplazamiento había que subir y bajar por calles y calles con mucha historia y memoria de héroes, sí, pero que son un tormento para los holgazanes natos como yo.

Y allá andábamos, de arriba para abajo, como un par de idiotas, buscando a los amigos de Eddie, pero sobre todo a las amigas de buen ver que juró presentarme a la media hora de pisar sus terruños. Anochecía cuando entramos a uno de los millones de antros y nos topamos con unos sujetos medio ebrios que reconocieron de inmediato al Eddie y nos invitaron a otro antro donde un tipo desaliñado destrozaba canciones de Silvio Rodríguez. Por lo que parece, Eddie era una leyenda en el sitio ése, porque de inmediato el cantante lo invitó a que agasajara al público con una rola. Así lo hizo.

Eddie es güerito, bajo de estatura. El cabello lacio le cae hasta los hombros y fuma un cigarrillo tras otro, sin parar. Su figura es inconfundible, porque de niño padeció poliomielitis y a causa de la enfermedad usa muletas, lo cual le dio un tremendo par de brazos y ese torso de atleta que todos le envidiamos. Me gusta Eddie porque a pesar de su discapacidad no trata de granjearse la compasión de los demás. Es un tipo como todos, sólo que le cuesta un poco más de trabajo caminar, por eso me sorprendió su vitalidad para subir y bajar los malditos cerros del pueblo. Y con una guitarra en la mano, como ocurrió esa noche en el bar, Eddie era dios. Olvídense de Eric Clapton.

Esa noche tocó un par de rolas imposibles de tocar, ni más ni menos, y con ellas se abrieron las puertas para Eddie y el Charro Galaxia. Por fin empezaba a gustarme algo del pueblo. El lugar estaba atestado y una nube de humo impedía la visión a más de dos metros. Ahí estaban los grandes amigos del Eddie: un tipo enorme a quien llamaban Panda; otro ejemplar, dientón y con la nariz de boxeador, conocido en el bajo mundo miguelense como Dientes, por supuesto; la Maceta, un fulano chaparro y de pelos necios con pinta de agente de tránsito y dos chavas medio guapetonas que miraban al Eddie con ojos de borrego a medio morir.

Y bueno, de allí en adelante la fiesta fue interminable. El Eddie y yo le dimos vuelo a la hilacha, junto con sus cuates miguelenses y sus cuatas, que en cantidades industriales entraban y salían del departamento de la hermana del Eddie. Aquello era asunto de ingerir bebidas embrutescentes desde la tarde hasta el amanecer del día siguiente, dormir lo menos posible, curarse la cruda temprano con los caldos de antología que venden en el mercado y reponerse un rato para la siguiente ronda. Claro, con ese tren de vida, el poco dinero que llevábamos se convirtió en nada en apenas tres días, y nos vimos en la necesidad de buscar la manera de agenciarnos un billete por ahí. Por supuesto, la solución fue el bar donde la primera noche fuimos a dar con el Panda y sus amigos. Allí el Eddie se encargaba de tocar un par de horas, mientras yo me dedicaba a la mesereada.

La neta, fueron dos semanas memorables. En el departamento de Eddie sonaba la música día y noche y entraba y salía gente a la que difícilmente volveríamos a ver, en una celebración interminable en la que el alcohol, la mota a veces y la chela nunca faltaron. Sólo hacía falta un ingrediente: nunca pudimos llevarnos a la cama a ninguna de las chavas. Mucha palabrería, mucha fiesta y mucho de todo, pero las amigas que según Eddie prestaban a la menor provocación brillaron por su ausencia. Las fiestas eran casi siempre un maratón de tequila y cubas y mentiras acerca de la cantidad de mujeres que cada cual se había ligado en otras ocasiones, gringas, canadienses, europeas y de vez en cuando alguna mexicana, eso sí, que estuviera muy buena, porque las feas no pasaban por el estricto control de calidad de los allí presentes. Lo cierto es que no abundaron nunca las muchachas, pero soñar no cuesta nada y todavía me quedaba una semana de vacaciones.

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