La Banda Sonora de mi Vida

Casa de Citas

Por: Baltazar López Martínez

 “Si alguna vez muero, Dios me perdone, dejemos que éste sea mi epitafio: ‘La única prueba que necesitó para probar la existencia de Dios fue la música’”.

“Sparky no podía menear la cola porque años atrás lo había atropellado un coche, así que no tenía manera de comunicar a otros perros que era amigable. Tenía que pelear todo el tiempo. Tenía las orejas raídas. Estaba lleno de cicatrices”.

“La vida es peligrosa, y puede doler mucho. Pero eso no significa que no sea una broma”.

-Kurt Vonnegut.

 

En los últimos días escuché mucha música. Avancé también en mis estudios de dibujo, acompañado por Led Zeppelin, Neil Young, Dave Rawlings y los Beatles. “Sin la música”, dijera Nietzche, “la vida bien pudiera ser una equivocación”. Lo es. Me doy cuenta de que a estas alturas de mi existencia me sería imposible prescindir de la música. La banda sonora de esto que llamamos vida tiene la virtud de llevarme de regreso a las parcelas de lo que a veces llego a dar por perdido: los días de mi infancia, los de mi juventud acelerada, los años de mi madurez y los de ahora, que me siento viejo y acabado.

Porque, sabedlo todos, soberanos y vasallos, príncipes y mendigos, amigos todos, cada día tiene sus propios afanes y la música los hace más ligeros. Hay canciones luminosas, imperecederas, cuyos primeros compases hacen florecer a los jardines. Hay canciones terribles como el recuerdo de un asesinato, canciones desgarradoras y también tontas. Hay canciones sin sentido y algunas tan simples que a veces pienso “yo pude haberla escrito”, ya sea Knockin’ on Heavens Door o My Baby Blue. Pero me engaño: es muy sencillo imitar un Picasso, pero crearlo es prácticamente imposible.

Y fíjense, sin querer, terminé mezclando ahora los dos grandes temas de mi vida: la música y la pintura. Bob Dylan es el Picasso de la música. Sin él es imposible imaginar el rumbo que hubiera tomado el rock and roll. Lo mismo ocurre con Picasso: Picasso es la pintura, al menos la de los últimos 80 años. Ahora que lo pienso, casi nunca, por no decir nunca, he escrito sobre la pintura. ¿Y saben qué?: alguna vez pensé que no podría vivir un solo día si no tuviera el consuelo de la pintura.

Y ahora que me pongo frente al ordenador a tirar líneas (que no a “emborronar cuartillas”, porque eso ya no existe) pienso en lo azarosa que es la vida, en los rumbos inesperados que toma a veces, de manera sutil la mayor parte del tiempo. Es como ir un poco a la deriva, sujeto a leyes misteriosas que van dictando cada uno de tus pasos sobre la faz de la tierra. Y sin embargo creo que en el fondo hay un orden, oculto si quieres, que mantiene los objetos en su sitio e impide que desaparezcan por las noches mientras estamos dormidos.

Como les decía, la música de mi juventud me lleva a recordar esas parcelas casi perdidas por la erosión de la memoria. Es como un boleto mágico al pasado, donde los recuerdos, decantados por el paso del tiempo, me llevan de nuevo a aquellos lugares y a aquellas personas, y como si el tiempo diera vueltas en redondo, vienen a mí esas voces, esos ámbitos, esa poesía filtrada por la nostalgia y por la certeza de que son irrecuperables, y que su significado sigue siendo elusivo y no me pertenece. “¿Es que hacemos las cosas sólo para recordarlas?”, escribió Jaime Sabines, “¿Es que vivimos sólo para tener memoria de nuestra vida? Porque sucede que hasta la esperanza es memoria y que el deseo es el recuerdo de lo que ha de venir”.

Como ustedes saben, la gente que vive en Ciudad de México y zona conurbada pasa gran parte de su vida en autobuses, colectivos y otros medios de transporte. A mí me pasó igual. Viví horas interminables en autobuses y combis. Dejen les platico que de Tlalnepantla a mi casa se hacía el camión más de media hora. Los autobuses eran de esas carcachas setenteras ruidosas y malolientes, de color amarillos con una franja verde y otra blanca, que hacían la ruta hasta Tenayuca y puntos intermedios. Allí podías realmente nutrirte de folclor y costumbrismos.

Eran unas chatarras esos autobuses, lentos como fin de quincena, y los conducían verdaderos guerreros de la carretera, feos como australopitecos e igual de mal encarados. Los pueblos en ese entonces no eran tan grandes como ahora y se diferenciaban con claridad unos de otros: Santa Cecilia, San Rafael y Tlane, y como los hábitos nos hermanaban, compartí innumerables travesías con vecinos y conocidos que hacían la misma ruta todas las mañanas hacia la escuela o hacia el trabajo. Lo mismo de regreso, por las tardes, cuando la fatiga había terminado por borrar la sonrisa y el bienestar de las primeras horas.

Uno de los personajes que me acompañaba casi siempre era un músico ambulante. Le decíamos el Jimmy Page de los Camiones. Era un tipo alto y desgarbado, con el pelo rizado que le daba a media espalda, moreno y dientón. Vestía jeans deshilachados y playera negra, invariablemente (o quizá era la misma playera siempre), y cantaba acompañado de una guitarra roñosa y desvencijada, con las cuerdas tan oxidadas que no podíamos entender cómo es que el tipo no había muerto de tétanos.

Pues bien, ese cantante urbano sólo conocía una canción: “Esclavo y Amo”, de José Baca Flores y que popularizaron primero Javier Solís y después los Pasteles Verdes”. Con esa rola se esforzaba por halagar las trompas de Eustaquio de todos los sufridos pasajeros. Recargado contra el tubo o los asientos, o sentado en la última fila, el Jimmy se arrancaba con los primeros acordes, y berreaba (porque cantar no era lo suyo) la primera estrofa. “No séeeeeeee, qué tiene tus oooojos…”. Pero al terminar esa estrofa, el alma rockera del Jimmy entraba en acción, y nos recetaba un solo metalero de cuatro, cinco minutos, hasta que retomaba la rola original, “háaaaaaace que me sienta esclavo, y aaaaaamo, del univeeeersoooooooooooooooo”. Y de inmediato, otro solo de cinco minutos. No muy bueno, pero solo al fin.

El caso es que, ejecutada de esa manera, la rola duraba una media hora, durante la cual el flaco dejaba las tripas y el corazón, y terminaba sudoroso y con los dedos hechos talco, supongo. Lo malo es que se clavaba tanto rockeando que los pasajeros subían y bajaban mientras él destrozaba cuanta escala se le ponía en el camino, y en su afán de hacer las delicias del respetable no se daba la oportunidad de recolectar las monedas, y cuando venía a salir de su trance extático, ya sólo quedábamos a bordo dos o tres tipos tan pobres o más que él. Al percatarse de la situación, el Jimmy se ponía de pie con toda dignidad y le pedía al chofer que le permitiera bajarse, desconcertado y sin dinero en los bolsillos, pero con un aura que al menos en mi recuerdo no lo abandona nunca.

En otra ocasión iba yo muy quitado de la pena en el bus, leyendo mi libro de Beckett, cuando un tipo de ojos saltones y barbita de candado pidió permiso de abordar gratis para ofrecer sus productos a los pasajeros. Se trataba de una pomada milagrosa en gel, producto de años de investigaciones en herbolaria y compuestos naturistas que acabaría, por fin, con esa plaga de la humanidad llamada pie de atleta.

El gordito recorrió la unidad recitando las características de esta enfermedad, causada por hongos, cuyos síntomas van desde la picazón casi imperceptible hasta la gangrena y la pérdida de los pies en casos de extrema gravedad. Dijo que las uñas se ponen amarillas, esponjosas y tan duras que no hay alicates que puedan con ellas. O que se caen. Por no hablar del mal olor, la sudoración y las vergüenzas que pasa uno con la novia o cuando va a solicitar algún empleo.

Mientras, blandía en una mano dos frascos del compuesto maravilloso, a diez pesos cada uno. Sin embargo, como una oferta, una promoción de los laboratorios herbolarios “La Tía”, en la compra de un tarro obsequiaría otro. “Pídalo sin pena, con toda confianza. Esta es una oferta por tiempo limitado, ya que dentro de unos dos meses se comercializará en los grandes almacenes de toda la república a un precio mucho mayor”.

De entre todos los productos manufacturados por el hombre, pensé, este gordito de ojitos de rana escogió el menos comercial. Al menos a mí nunca se me ocurriría ganarme la vida vendiendo en los autobuses cremas en gel para el pie de atleta. No obstante, para mi sorpresa, el producto fue todo un éxito. Casi se le acaban allí mismo todos los pomos. Señoras, señores, jóvenes estudiantes, todo mundo alzaba la mano en busca de la pócima milagrosa. Y lo más intrigante: al pasar junto a mí, el gordito me guiñó un ojo y me dijo: “con toda confianza, joven, si gusta pedirla”. ¿Acaso tenía también el don de olerles los pies a los pasajeros?

La verdad nunca imaginé que hubiera tanta gente con ardor de pies y pie de atleta. ¿No será esa una de las plagas de la humanidad? ¿Pudiera ser que el Efecto Mariposa de la Mezquindad Humana tenga su origen en el ardor de los dedos y la sudoración excesiva de los pies, por no mencionar el mal olor y las uñas amarillentas y esponjosas? De inmediato tomé notas mentales sobre una posible investigación al respecto. ¿Padecería Hitler de pie de atleta? Por mientras, no compré mi frasco y por lo tanto no recibí ninguno otro de regalo. Decidí esperar, aunque después tuviera que comprarlo en cuarenta pesos, ya sea en Wal-Mart o en Soriana. Esa misma tarde vi a un hombre, un futbolista llanero, caer fulminado por un rayo. Nunca volví a ser el mismo.

Facebook Comments