Verdades a medias

Casa de Citas

Por Baltazar López Martínez

“No hay verdades completas; todas las verdades son medias verdades, pero el diablo juega a hacerlas pasar como verdades completas”.

-Alfred North Whitehead

“Un vaso medio vacío de vino es también uno medio lleno, pero una mentira a medias de ningún modo es una media verdad”.

-Jean Cocteau

El presidente López Obrador ha dicho en reiteradas ocasiones que los diputados del período neoliberal “manejaban presupuesto”, y que a cambio de aplicar ese presupuesto recibían “moches” de los gobiernos estatales o municipales que se beneficiaban de la aplicación de ese dinero, y lo dice como ejemplo de la corrupción rampante que había antes, en los gobiernos rapaces que según él lo antecedieron.

Yo no sé hasta dónde tenga razón el presidente, y no dudo de su palabra, conociendo como conocimos los excesos del poder en los gobiernos anteriores, y sobre todo el hecho de que la inmensa mayoría de quienes ocuparon el poder y se acercaron a él lo hicieron para ganar dinero mediante negocios poco claros, en los que abundaron el soborno, el moche, la comisión, la dádiva, el regalo, con tal de rasurar el dinero que debía destinarse a la obra pública o a lo que fuera que se le etiquetara en la lista de egresos del gobierno federal.

Acá me apresuro a platicarles que durante unos cuatro o cinco meses fui asesor de la Comisión de Pesca de la LXI Legislatura federal, lo cual es una manera elegante de decir que fui asistente de Miguel Martín López cuando fue diputado federal, entre finales de 2009 y principios de 2010. Dejen les cuento que uno se imagina que al llegar a una posición de poder como es a los diputados se convierten en unos pequeños príncipes que pueden hacer y deshacer, y cuya voluntad es ley, lo cual es una fantasía de la que te desengañas pronto, porque los diputados en realidad forman parte de una bancada que dirigen apenas cinco o seis personas, que son las que en realidad mandan. Los demás son borregada que alza la mano de acuerdo a las señales que les mandan desde la caja de bateo, que es la mesa directiva de su grupo legislativo. Y a cambio de ello les arrojan unas migajas para que sigan sintiéndose importantes.

Esa fue mi experiencia en los cinco o seis meses que estuve yendo al edificio de San Lázaro como asistente de Miguel Martín, y creo que el mejor ejemplo que puedo darles de la situación en esos años es el de la Comanda Azul. Así como lo leen, porque pertenecíamos a la bancada del Partido Acción Nacional. Bien, en los días previos a la discusión del presupuesto de egresos de la federación, la coordinadora de los diputados panistas, Josefina Vázquez Mota, dispuso que todos los diputados deberían acceder a una aplicación de software llamada Comanda Azul, en la que debían registrar sus solicitudes de presupuesto.

De una vez aclaro que ese presupuesto no era para los diputados, no era dinero que se les entregara. Más bien les brindaban la posibilidad de cumplir sus compromisos de campaña, o de sus casas de gestión, al permitirles solicitar que ciertas obras o beneficios se etiquetaran en el presupuesto federal, de modo que en el siguiente ejercicio los municipios o los estados se beneficiaran con obra o acciones sociales gestionadas por sus diputados, de modo que los legisladores podrán volver a sus distritos de origen a presumir sus gestiones y a hacerle ver a la gente que no son tan inútiles como esa gente cree.

De entrada, les digo que la Comanda Azul estaba llena de requisitos imposibles de cumplir, por la cantidad de datos que necesitaba para su llenado, todos ellos obligatorios. Además de quien esto escribe trabajaban para el diputado Roberto Oropeza y David Gutiérrez, y entre los tres nos dimos a la tarea titánica de sortear los escollos de la Comanda Azul y registrar la mayor cantidad de solicitudes posibles.

Miguel convocó a los alcaldes del Tercer Distrito: Francisco López, de Tamiahua; Alberto Silva Ramos, de Tuxpan; Jorge Vera, de Álamo, y Jorge Zardoni de Cazones, y les explicó el plan de la Comanda Azul. La respuesta no se hizo esperar, los cuatro presidentes municipales nos hicieron llegar sus proyectos y solicitudes para ingresarlos al programa. Había de todo, desde obras modestas de pavimentación y drenaje hasta proyectos más ambiciosos, como la construcción de un paseo turístico en Tamiahua y un muro de contención contra inundaciones en el centro de Álamo. Nos dio gusto recibirlos. Estábamos dispuestos a hacer historia.

En cuanto empezamos a capturar las solicitudes en la Comanda Azul empezaron los problemas. Los requisitos eran inmensos. Cada obra debería tener planos completos, autorizaciones, estudios de impacto ambiental y de factibilidad, presupuestos desglosados y planes de ejecución, cantidad de personas beneficiadas, etcétera. Con un número mal puesto, o faltante, el software se bloqueaba, o peor, te impedía avanzar. A pesar de que los alcaldes nos entregaron sus proyectos lo más completos posible, fue necesario estar en contacto permanente con su personal para recabar los datos que exigía el programa. Íbamos contra el tiempo. Al final le dedicamos dos días con sus noches a colocar la mayor cantidad de solicitudes. Sólo dejamos de hacerlo cuando la fecha y hora de apertura de la Comanda Azul se agotaron y se cerró de manera automática. Fue agotador, pero valió la pena porque alcanzamos a solicitar obra por alrededor de 600 millones de pesos.

A los pocos días tuvimos la respuesta, proveniente de la coordinadora de la bancada del PAN, Josefina Vázquez: en pocas palabras le dijo a Miguel Martín que estaba loco al pedir tanto. En realidad no le dijo así, pero se lo dio a entender, porque la señora era buenísima para la grilla, y al dirigirse a él lo hacía como Miguel, querido, y ya, soltaba su alocución. Pues bien, esta vez le dijo a Miguel querido que nos habíamos excedido con mucho, pero mucho, mucho, al solicitar etiqueta para esos 600 millones, tomando en cuenta que la bancada era de 142 diputados, los cuales no podían ponerse como locos pidiendo tanto dinero, ya que la cuenta de 600 millones por 142 daba más de 80 mil millones de pesos, y pues así no se puede, hay un tope y se debe repartir entre todos. Bájale, escoge lo más prioritario, Miguel querido.

No los aburriré con los pormenores de las negociaciones. Al final conseguimos que el presupuesto contemplara míseros 11 millones de pesos, que se destinaron a obras de pavimentación en Santiago de la Peña, en Tuxpan. Nada más. No conseguimos siquiera el 2 por ciento de lo que solicitamos, con el argumento de la justa repartición, aunque por debajo del agua se supo, como se saben muchas cosas en los pasillos del edificio de San Lázaro, que la repartición se llevó a cabo con parámetro electorales, y que quienes se llevaron la parte del león fueron los diputados cuyos distritos o municipios afrontarían una elección, es decir, se distribuyeron con fines partidistas, y en eso no percibimos ninguna diferencia entre lo que hacía el PRI y lo que estaba haciendo el PAN.

De pasada les diré que por esas mismas razones electorales fracasó otro proyecto que intentamos, el de ingresar a familias al programa de vivienda Tu Casa, que financiaba un par de modestas habitaciones a familias en pobreza que tuvieran su terrenito. Nunca pudimos ponerlo en marcha por las trabas que el mismo gobierno nos puso. Durante varias semanas recibimos las solicitudes en la Casa de Gestión de Miguel Martín, pero a la hora de hacer los trámites los funcionarios que nos dijeron de entrada que sí terminaron diciendo que no, y de manera más o menos velada nos hicieron saber que si no afrontábamos una elección no habría programa. Así de jodidos estábamos.

Esa fue mi experiencia. Yo no sé si al final alguno de los legisladores tuvo oportunidad o no de darle un pellizco a ese dinero. Puede que sí, porque hay muchas maneras de apropiarse de lo que no es de uno, y los fraudes y chanchullos con la obra pública fueron fuente de riqueza para legisladores, gobernantes y funcionarios, que diezmaron en la Iglesia de la Corrupción, de la que fueron ministros y pastores.

Pero de eso a las afirmaciones del presidente de que disponían de presupuesto propio y de que medraban con esos dineros para obtener ventaja hay una gran diferencia, y la homilía de López Obrador al respecto es apenas media verdad. Ni siquiera se trata de encubrir la grosera rapacidad de muchos legisladores, pero esos que se volvieron perros gordos están en todos los partidos, incluido Morena.

Como les dije, ignoro si otros diputados de esa legislatura rasguñaron el dinero. Lo que sí sé es que a Miguel Martín no le dieron ni las gracias. Al contrario. Pero así es esto de la política: unos matan el puerco y otros se comen los chicharrones. En lo que a mí concierne fue una experiencia muy amarga. Eso es todo lo que tengo que decir al respecto.

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