La gemela siamesa de la vida

Casa de Citas

Por: Baltazar López Martínez

“Como un mar, alrededor de la soleada isla de la vida, la muerte canta noche y día su canción sin fin.”

Rabindranath Tagore

“La muerte nos sonríe a todos. Todo lo que un hombre puede hacer es devolverle la sonrisa.”

Marco Aurelio

“¿Qué morirá conmigo cuando yo muera, qué forma patética o deleznable perderá el mundo?”

Jorge Luis Borges

Hace mucho tiempo don Jesús Ceja Román me dijo: “te das cuenta de que estás envejeciendo cuando empiezan a morir tus amigos”. Yo tendría entonces unos 17 años y me costó trabajo comprender el sentido exacto de sus reflexiones. Cuando uno es joven la vida parece ilimitada, como una inmensa planicie de horizonte indefinido. Pero a medida que pasan los años el tiempo se abrevia y la vida deja de ser esa eternidad difusa, ese paisaje inmenso, y se vuelve breve, efímera…

Cuando uno es joven piensa en pocas ocasiones en la muerte. Supone uno que lo natural es la muerte de los viejos. Yo tendría unos seis o siete años el alcoholismo acabó con mi tío José, hermano de mi abuela materna. El hombre era nuestro vecino. Ahora que lo recuerdo, el tío no era tan viejo como para morir, pero el alcohol lo había despedazado por dentro. Una mañana él y su esposa María de Jesús fueron a la Basílica de Guadalupe. Al regresar el hombre se puso enfermo del estómago y de ahí cayó en cama. Estuvo decayendo físicamente unos dos meses., tras los cuales ya no podía casi hablar y comía menos que un pajarito. Pero una mañana se levantó, aparentemente sano, y pidió de almorzar; más tarde salió al patio a tomar el sol, estuvo radiante, platicando con la familia sobre su niñez y su juventud en el rancho. Sólo le faltó tomarse un trago de aguardiente para que su día fuera perfecto. En la tarde se murió.

La muerte de mi tío José fue una sacudida. Como que de pronto adquieres conciencia de que la vida termina en alguna parte del camino, aunque ese camino parece tan largo que tienes que llegar a la vejez, como el tío José, que murió de cabello blanco y barba blanca. Recuerdo que vinieron unas mujeres a rezarle y que decían que ya estaba con Dios. Esa parte no podía entenderla.

Poco después del fallecimiento del tío José otra muerte sacudió a la familia. En la falda del cerro donde vivíamos había una cantera, un sitio de donde sacaban piedra rosácea para mampostería. Ruperto Zavala, un sobrino de mi mamá, trabajaba en la cantera. Era un trabajo brutal, extenuante, que exigía enorme vitalidad física para barrenar a puro brazo y poner dinamita en el muro de la cantera y luego desgajar con marro y cinceles aquellos enormes bloques hasta convertirlos en piezas de 40, 50 kilos, listos para cargar los camiones de plataforma. Aquel día, a la hora del almuerzo, Ruperto vio que, en una cueva, en lo alto del muro, entraron varias palomas silvestres. Tomó una vieja retrocarga, subió hasta la cueva, apuntó a las palomas, disparó, el movimiento de retroceso lo sacó de equilibrio y lo mandó de espaldas al vacío, a una caída libre de cuarenta metros. Ruperto era un hombre joven, vigoroso, con dos hijos pequeños, uno de ellos de mi edad, y fue toda una experiencia de vida verlo en el ataúd, tan quieto que parecía estar a punto de moverse, con su bigote bien recortado y su piel blanquísima bronceada por las jornadas al sol. Era un hombre amable, y la muerte se lo llevó antes de que cumpliera treinta y cinco años.

La vida es azarosa, y todos estamos sujetos al suceso imprevisto. La ley natural en la que los hijos entierran a los padres tiene muchísimas excepciones, y muere el joven, el niño, el anciano, sin que detrás de estas muertes exista una lógica, una cadena de causas y efectos. Lo único que podemos entender de este proceso es que el azar domina nuestras vidas, y la muerte llega muchas veces de manera inesperada, sin darnos oportunidad de despedirnos, de reconciliarnos o de sonreír juntos. Eso me decía don Jesús Ceja en aquella remota mañana que conversamos en su casa, pero yo no pude entenderlo.

Elías Canetti dijo que la muerte es la hermana siamesa de la vida. Desde que nacemos va con nosotros a todas partes, como una parte invisible de nosotros mismos que gravita a nuestro alrededor y que de vez en cuando nos da una señal de su presencia, tan sutil en ocasiones que ni siquiera acertamos a descifrar su verdadero significado. Es nuestra compañera inseparable. Va un paso atrás hasta que se decide alcanzarnos. Habrá que agradecer que sintamos su aliento sólo en contadas ocasiones, de otra manera la vida sería intolerable.

Por ejemplo, una mañana espléndida de septiembre, de una trasparencia para la que no encuentro nombre, murió mi mamá, que se llamaba Eloísa Martínez. No había en el ambiente nada, ni un signo, un presagio, que preludiara la noticia, que como un golpe irrepetible y atroz me paró en seco a media calle. Por unos breves, brevísimos momentos el mundo se detuvo. Fue un parpadeo apenas en el que me sentí perdido en la nada. Al siguiente instante el mundo se puso en movimiento de nuevo; era el mismo, pero ya había cambiado de manera irreversible. Lo más horrendo de la vida es la indiferencia con la que ocurren incluso los acontecimientos más demoledores. Sé que la tierra no se desvió ni un solo milímetro de su órbita, y que en general el universo continuó su rauda marcha hacia la nada. Pero algo faltaba en el mundo, y sólo yo sabía qué.

De la muerte de mi mamá pasaron ya casi nueve años. El espejo y las fotografías dan fe de que me estoy volviendo viejo. En estos días, mientras buscaba en mis respaldos encontré una fotografía que les tomé en grupo a varios de mis compañeros de trabajo a mediados de 1989, hace poco más de 30 años. Éramos todos jóvenes, y teníamos cabello y menos kilos y menos panza. Todos sonríen a la cámara, congelados en su juventud y su vitalidad en ese instante único, en esa tarde calurosa de Tuxpan en la que nos reunimos por amistad y camaradería. Jóvenes como nunca volverán a serlo, miran hacia delante, hacia un futuro lleno de expectativas y cosas buenas. Y me dio no sé qué tristeza percatarme de que nos faltan cuatro, arrebatados ya por la hermana siamesa de la vida, pero sobre todo volvieron a mí las palabras de don Jesús Ceja, y me percaté con horror de que ya empezaron a morir mis amigos y que por ello estoy yo mismo cada vez más próximo a morir. Y recordé las palabras de El Congregador: “porque lo que les sucede a los humanos también les sucede a los animales: todos tienen el mismo final. Tal como muere uno, así muere el otro, y todos ellos tienen el mismo espíritu. Así que el hombre no es superior a los animales, ya que todo es en vano. Todos van al mismo lugar. Todos vienen del polvo y todos vuelven al polvo”.

En eso pensaba en estos días en los que me siento viejo y cansado. Poco a poco el círculo se va estrechando y los límites de la vida se van cerrando alrededor de nuestra experiencia. Somos peregrinos momentáneos en la inmensidad de este singular universo; somos apenas un parpadeo, un breve destello en la oscuridad. El misterio insondable nos rodea y carecemos de palabras para nombrarlo. El universo de desplaza a millones de kilómetros por segundo rumbo a la nada, y ante tanta majestuosidad nos quedamos mudos de asombro, viajeros de nosotros mismos, con los ojos abiertos de asombro ante la inmensidad y el misterio que nos rodean.

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