Corrupción

Casa de Citas

Por Baltazar López Martínez

“El pueblo no necesita que su gobierno se queje y culpe a su antecesor. El gobierno es votado para que mejore la situación, para eso fue elegido, para dar soluciones. Para quejarse ya está el pueblo”.

-Eva Perón

“La población general no sabe lo que está ocurriendo, y ni siquiera sabe que no lo sabe”.

-Noam Chomsky

“Un político es el tío que tiene soluciones cuando está en la oposición, y problemas cuando está en el gobierno”.

-Jaume Perich

El 28 de septiembre de 2016, el entonces presidente de México, Enrique Peña Nieto, pronunció un discurso con motivo de la Semana Nacional de Transparencia de ese año. En la parte medular de su alocución, Peña Nieto dijo: “Necesitamos combatir la corrupción, que hoy emerge como uno de los temas que lastiman a la sociedad. Porque somos una sociedad más consciente, porque somos una sociedad donde todos sus agentes sociales, todos, todo individuo está prácticamente sujeto a un gran escrutinio”.

Y después de mencionar el remedio, que según él residía en el Sistema Nacional de Transparencia y en el Sistema Nacional Anticorrupción (que fracasó mucho antes de que se le pudiera implementar), Peña Nieto nos embarró de caca al decir que esos Sistemas “nos van a permitir establecer un nuevo paradigma, un nuevo patrón de comportamiento y de exigencia a quienes están en el ámbito público, y me atrevo a decir, a quienes están, también, en el ámbito privado”. Y añadió: “Porque este tema que tanto lacera, el tema de la corrupción, lo está en todos los órdenes de la sociedad y en todos los ámbitos”. Así, de una manera tan sencilla, nos puso el alacrán en la espalda, al trasladar la responsabilidad de la corrupción a los ciudadanos.

En ese orden de ideas, Peña Nieto hizo referencia a un pasaje del Evangelio (Juan 8:1-7, sobre el cual los eruditos no terminan de ponerse de acuerdo si pertenece o no al canon de las escrituras Griegas) que se conoce como el episodio de la mujer adúltera. Como para destacar que la Biblia es uno de los tres libros que marcaron su vida, Peña dijo: “No hay alguien que pueda atreverse a arrojar la primera piedra, todos somos parte de un modelo que hoy estamos desterrando y desando cambiar, para beneficio de una sociedad que es más exigente y que se impone nuevos paradigmas”.

Así, de golpe y porrazo, sin el menor asomo de vergüenza, el presidente Peña nos puso a ti y a mí, lector, a la altura de los Moreira, los Bejarano, los Duartes. Ya varias veces hice referencia en este espacio al Estado de Derecho y sobre las dificultades que experimentamos los ciudadanos para cumplir la ley, además de batallar con nuestra propia tendencia a saltarnos las partes de la ley que no nos convienen o que van contra nuestros particulares intereses. Pero una cosa es que te pases el alto del semáforo y otra muy diferente es que te robes miles de millones de pesos del dinero público, y peor, de dinero que estaba destinado a los más pobres y a los enfermos.

No puedo estar de acuerdo porque de hacerlo admitiría que todos somos partícipes de este mar de podredumbre que sacude hasta los cimientos a nuestros grupos sociales. No puedo estar de acuerdo porque admitirlo sería reconocer que todos los mexicanos somos ladrones y defraudadores, que nos importa madre el prójimo y que estamos dispuestos a robar y a defraudar a la menor provocación. Hay mucha gente así, es cierto, pero casi toda forma parte de la administración pública. La corrupción es parte de un ejercicio inmoderado, ignominioso, del poder, de una voluntad de avasallamiento y agandalle. El que no tranza, no avanza, dicen con todo descaro todos aquellos que hacen e hicieron del servicio público una manera de llenarse los bolsillos de dinero mal habido y de toda clase de privilegios.

Hubo entonces una enorme impunidad en cuanto al ejercicio abusivo de la función pública, un manto descomunal que protegió a los corruptos funcionarios y que impidió que llegaran a oler siquiera el ambiente de la prisión. En Brasil, por ejemplo, cayó la presidente Dilma por cargos sobre violación a la ley presupuestaria y a la ley de probidad administrativa, así como sobre sospechas de su implicación en actos de corrupción en Petrobras, un asunto que a los mexicanos nos causa risa, acostumbrados como estamos a que nuestros políticos roben en grande y sean protagonistas de grandes componendas. Por ejemplo, al entonces senador priista Emilio Gamboa Patrón lo captaron en reuniones con sus amigos constructores multimillonarios, a lo que el senador contestó que sólo andaba de pesca y que jamás, nunca, movió una sola de sus influencias para beneficiarlos. Ajá.

Si bien un asunto como el del senador Gamboa Patrón, que en otros ámbitos le hubiera costado la senaduría y quizá lo hubiera llevado al tambo, en nuestro país fue apenas motivo de memes y chunga. Es cosa de que pidiera perdón para que el asunto se solucionara. Estamos tan acostumbrados a que en todos los ámbitos de la vida pública salga la pus en cuanto presionamos un poco, que el asunto del senador, y otros tantos, como el que los policías entreguen a la gente a los grupos del crimen organizado, o que una pandilla de malhechores cree empresas fantasmas para comprarles bienes que sólo existieron en papeles, son apenas el tema del café y no rebasan ya nuestra capacidad de asombro.

En su estudio “Por qué fracasan los países: Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza” (2012), los economistas Daron Acemoglu, profesor de economía en el MIT y James A. Robinson, profesor de economía de la Universidad de Harvard, dejan bien en claro a quién le debemos el modelo de la corrupción: al gobierno. Así de simple. El estudio descarta la posibilidad de explicar el fracaso de algunos países debido a “la ignorancia de sus líderes, la ubicación geográfica, la climatología, la cultura o la religión de sus habitantes”, al contrario, concluye que “son las instituciones que rigen un determinado territorio las que lo van a hacer prosperar”. En pocas palabras, es el gobierno quien define las políticas públicas, y esas políticas públicas te llevan al fracaso o al éxito, y la gente común pocas veces tiene influencia en el diseño de esas políticas públicas.

Estoy de acuerdo en que se le carguen todas las culpas a los gobiernos neoliberales, a los corruptos del pasado, a los que día con día exhibe el presidente López Obrador en sus homilías mañaneras como lo peor que nos pasó en los últimos 36 años, días más, días menos, ya que me tocó vivir la adolescencia en los gobiernos de Echeverría y López Portillo y desde entonces vengo registrando los agravios que nos cometieron, el saqueo, la corrupción, las fabulosas fortunas amasadas al amparo del poder. Sí, fueron una pandilla de ladrones y bandidos, tanto tricolores como azules, que dejaron a más de 50 millones de mexicanos en condición de pobreza y que arrasaron, cual voraces marabuntas, con las riquezas del país. Estoy de acuerdo. Fueron lo peor que nos pudo pasar.

Pero de un año a la fecha el gobierno cambió, y vivimos la instauración de un nuevo régimen, uno en el que de un día para otro se erradicó la corrupción. Así de sencillo. En las primeras mañaneras tuvimos el anuncio triunfal: la corrupción en México era cosa del pasado, de los regímenes neoliberales. La nueva doctrina era la de la pureza de los funcionarios, sin importar que fueran tontos o incompetentes, porque desde esos primeros días se nos hizo saber que la honradez era más importante que la capacidad para desempeñar los puestos, en proporción de 90 contra 10. Y es cosa de todos los días, de lunes a viernes, que el presidente nos machaque vez tras vez que la corrupción es asunto del pasado.

Hace unos días, como para ratificar este paso por el Jordán, el equipo del presidente exhibió en la conferencia matutina una porción sesgada y parcial de los resultados que el  Índice de Percepción de la Corrupción 2019 asignó a nuestro país, según publicó Transparency International, y anunció con muestras de evidente júbilo que México avanzó ocho lugares en la clasificación de países corruptos, ya que en 2018 estaba en el sitio 130 (de 180 países observados) y que para el año 2019 estaba ya en el sitio 138, alejándose, como dijimos, ocho lugares del sótano. Eso es verdad, así lo asienta el reporte.

Sin embargo, los asesores del presidente omitieron resaltar la calificación. Verán ustedes, cada año, varios organismos internacionales evalúan la percepción de la corrupción en 180 países, asignándoles una calificación de 0 a 100, donde 100 es el mejor resultado. Para 2019, el país con mejor calificación fue Dinamarca, con 87 puntos, mientras que el sótano lo ocupó Somalia, con sólo 9 puntos. México obtuvo 29 puntos de calificación en 2019, el primer año del presidente López Obrador, y ciertamente es una mejora de un punto contra el valor de 2018, el último de Peña Nieto, que fue de 28. Hasta ahí vamos bien.

En realidad, la revisión histórica de estos valores indica que esa diferencia de un punto es el valor de fluctuación de las calificaciones desde 2015, cuando obtuvimos 31 puntos; en 2016, 30; en 2017, 29 y como ya apuntamos, 28 puntos en 2018. Es decir, en cuanto a calificación estamos en el mismo sitio que en 2017, y lo único que podemos inferir de estos datos es que no mejoramos casi nada en el tema de la corrupción, ya que el cambio de posición del número 138 al 130 se debe a que hay siete países que comparten la misma calificación, por lo tanto hay siete lugares 130.

Los números de Transparency International son desesperanzadores, y nos dan la evidencia de que la corrupción desapareció nada más en los discursos de las autoridades, ya que la percepción es para fines prácticos idéntica a la de los aborrecidos gobiernos priistas y panistas. Claro, habrá quienes digan que el presidente tiene otros datos, y aplicarán el campo de distorsión de la realidad para tratar de convencernos de que México es ahora el paraíso de la honradez, y de que Transparency International es un organismo fifí, cuyo Índice está orquestado por los grandes capitales y sus dueños, que están enchilados por la pérdida de privilegios, se obstinan en difamar al presidente, etcétera.

Les diré que yo veo todas las mañanas la conferencia matutina del presidente López Obrador, y que sueño con el día en que la realidad coincida con su discurso de honradez y cambio de régimen, aunque estoy convencido de que mientras el presidente López Obrador se obstine en negar que tiene un problema no habrá manera de que lo solucione. De ninguna manera deseo que le vaya mal al presidente, porque hacerlo sería desearle el mal a la Patria, ya de por sí exhausta y vapuleada por los regímenes anteriores, pero no entiendo cómo es que el discurso se aleja cada vez más de la realidad, de modo que uno termina por percibir que hay dos países, uno golpeado por la violencia y la corrupción y otro, el de las homilías matutinas, donde la felicidad perpetua es el estado de millones de sus habitantes.