Tiempos difíciles

Casa de Citas

Por Baltazar López Martínez

“El pánico es más contagioso que la peste y se comunica en un instante.”

– Nicolai Gogol

“A veces pienso que en la faz de esta tierra que pisamos sufrimos el contagio de esa peste moral que es el afán de destruirnos los unos a los otros.”

– Roberto Alifano

“El hombre antiguo, y no hablo del hombre de hace dos mil años, hablo de nuestros bisabuelos, sabía que muchos niños morían al nacer, y a veces también sus madres; que había pestes y guerras y virus… El hombre antiguo conocía el sufrimiento, y eso lo hacía mejor. Cosas como la caridad, la compasión, la generosidad, existían porque el hombre que sufre puede ser solidario, sabe que el sufrimiento le puede tocar a cualquiera. Ahora, como creemos que el dolor es para los otros, nadie se preocupa hasta que le toca.”

-Arturo Pérez-Reverte

Los mexicanos sabemos ser solidarios, y lo hemos demostrado en los momentos más graves de la vida pública de este país. Sabemos ver por el prójimo, y casi todos estamos en disposición de tender la mano ofreciendo ayuda. Pues bien, esa solidaridad se pone a prueba de nuevo ante la epidemia del virus COVID-19, que cual caballo apocalíptico cabalga por todo el mundo causando estragos, y haciéndonos ver que somos ciudadanos del mundo, que las fronteras son barreras artificiales y que la naturaleza se abre paso de formas sorprendentes y a menudo dolorosas, como esta que afrontamos ahora.

Ya no ocurrió en 2009, cuando la epidemia de la influenza AH1N1 azotó con fuerza al tejido social. Sin embargo, en ese año México fue el epicentro y no tuvimos tiempo, como ahora, de prepararnos para hacerle frente al problema, de modo que entre abril y mayo de ese año el país se paralizó, literalmente, y fue un tiempo para reflexionar sobre nuestra fragilidad y los endebles cimientos de esto que llamamos civilización.

Bastó, por ejemplo, que a la enfermedad se la definiera como “influenza porcina” para que la industria de la carne de cerdo se desplomara. Con la idea equivocada de que podías adquirir el virus por consumir derivados del puerco la gente dejó de consumir carnitas, cueritos, chicharrones, chorizo y carne enchilada, con las consiguientes pérdidas millonarias, por eso las autoridades le cambiaron el nombre a AH1N1, pero fue demasiado tarde, el daño estaba hecho.

Esa crisis y las medidas paliativas y sociales que emprendió el gobierno de Felipe Calderón causo un quebranto enorme a las finanzas nacionales. La emergencia duró desde el 11 de abril (aunque hay señalamientos de que se conocían casos con diagnósticos dudosos desde el 8 de marzo), cuando se registró el primer caso, en el estado de Veracruz, hasta el 26 de mayo, cuando el gobierno lanzó la campaña “Vive México” con la intención de reactivar la economía nacional. Un reporte de la Secretaría de Salud en noviembre de 2009 indica que la influenza causó la pérdida del 0.7 por ciento del PIB, equivalente a 57 mil millones de pesos, con un total hasta esa fecha de 54 mil casos confirmados y 388 decesos. Pues bien, ahora enfrentamos un desafío de mayores dimensiones.

Los cálculos del Laboratorio de Análisis en Comercio, Economía y Negocios (Lacen) de la Universidad Nacional Autónoma de México, indican que entre el 20 de marzo y el 20 de abril los mexicanos dejaremos de consumir en bienes y servicios por el orden de los 900 mil millones de pesos, sin considerar la derrama económica de las vacaciones de Semana Santa. De igual manera pronostican un descenso en la recaudación de impuestos por el orden de los 750 mil millones de pesos. Si a ello le sumamos la caída en los ingresos por la venta del petróleo, ya que la mezcla mexicana está más barata que un litro de champurrado de chocolate, tenemos un panorama difícil en cuestiones de economía.

El gobierno del presidente López Obrador procedió con cautela. Como les dije, el hecho de que los primeros casos se dieran en China nos dio tiempo de tomar medidas preventivas. Quizá a muchas personas no les gustaron porque exigían un inmediato cierre de aeropuertos y fronteras, así como otras medidas iguales de drásticas como la “cuarentena”, la suspensión de los servicios de transporte público y el toque de queda. Pero hay un delicado equilibrio entre tomar decisiones para cuidar la salud y al mismo tiempo mantener activa la economía.

Hay millones de personas en México que viven al día. Así es y por el momento no se vislumbra que puedan dejar de hacerlo. Los programas de asistencia -que migraron por 30 años desde Solidaridad hasta Prospera, a lo largo de los sexenios de Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña- fueron un fracaso, puesto que Peña entregó el país a López Obrador con 52 millones de pobres, según las cifras oficiales. Esos 52 millones de pobres no tienen cómo sobrevivir a un período de aislamiento, y por tanto tienen que salir a buscar el pan en medio de la amenaza. Eso, o morir de hambre. Por eso entiendo las razones del gobierno para proceder con cautela y emitir restricciones sólo conforme al avance de la diseminación del virus COVID-19, porque ya estamos viendo las repercusiones en la vida de quienes van al día o esperan a los paseantes para ganar unos pesos.

Sin embargo, una de las mayores urgencias del gobierno es mantener sanas a las personas económicamente activas, con la finalidad de que sigan así, activas, ya que serán esas personas quienes generen la riqueza en los meses venideros para que el país pueda mantenerse medianamente a flote. Por eso esperemos que el Plan Nacional de Sana Distancia, que empezará a ponerse en práctica hoy, 23 de marzo de 2020, mantenga a la mayoría de las personas a salvo del contagio.

Otra de las razones es que no podemos permitirnos un aumento desproporcionado en la cantidad de enfermos es muy simple: no tenemos capacidad hospitalaria ni equipo especializado para tantos. Es más, en estos momentos, cuando los casos de contagio apenas rebasan los 300, no tenemos capacidad hospitalaria, aunque no hubiera emergencia sanitaria por el virus, porque los hospitales públicos de este país penden de alfileres y trabajan en condiciones heroicas. La sola idea de caer enfermo de COVID-19 en el Hospital Civil de Tuxpan debería motivar a todos los tuxpeños a cuidarse y a cuidar de los suyos, y el saber que la cantidad de camas es irrisoria comparada con las que podrían llegar a necesitarse nos motivaría a quedarnos en casa y movernos lo menos posible.

Como suele suceder, las emergencias como esta hacen que surja lo mejor de las personas. La solidaridad, el amor al prójimo, la capacidad de ponerse en los zapatos de otro, son valores que nos dan la esperanza de que podremos sortear juntos este grave problema de salud. Es lo mejor que tenemos como sociedad, la capacidad de brindar la mano (esta vez en sentido figurado) a nuestro vecino, a la persona que vive al día y necesita una bolsa de arroz o un kilo de masa para hacer tortillas. Yo confío en eso, en los hermosos gestos de solidaridad que vemos a diario, en el sentido social que nos lleva a hacer frente común y cuidarnos unos a otros. Por ejemplo, en Tuxpan ya hay cadenas de solidaridad con los restaurantes y las tiendas, para comprarles con servicio a domicilio, y para de alguna manera ayudar a las personas que comercian sus productos y viven al día.

Sin embargo, también afloran las peores manifestaciones de la maldad. Una de ellas es la proliferación de las noticias falsas. Carajo, se necesita tener corazón de chacal para crearlas y ser muy ingenuo, por decirlo de alguna manera, para difundirlas sin verificar su veracidad. No solo se trata de quienes leen noticias y novedades que coinciden con su manera de pensar y las replican, sin medir el alcance de sus actos, ya que pueden generar actos de rapiña y violencia, sino de quienes viven de la desgracia y la aprovechan para golpear al gobierno. Esta no es una defensa del presidente López Obrador, es un llamado a comprobar la fiabilidad de las noticias que compartimos. Con el estado de angustia e incertidumbre que vivimos, es muy sencillo encender una hoguera que podría ser más catastrófica que la epidemia misma.

Otro aspecto de las prácticas carentes de sensibilidad social son las compras de pánico. No hay necesidad de hacerlas. Lo único que conseguimos es crear desazón y un sentimiento de desamparo en las personas que no pueden hacerlas, además de ocasionar desabasto y encarecimiento de los productos básicos, ya que el gobierno no está regulando los precios, pese a las intensas jornadas de los inspectores de la Profeco, ya que los precios están sujetos a las leyes de la economía, como es la de la oferta y la demanda. El caso del desabasto de geles desinfectantes con base de alcohol es el ejemplo claro, ya no hay, y cuando hay los precios son exagerados. Hay mucha demanda y poca oferta, por eso el aumento de los precios. Caso contario al de la gasolina, como hay menor demanda, bajan los precios.

De verdad comprar nada más lo necesario es un gesto de solidaridad social, porque implica pensar en los demás. No es necesario vaciar las estanterías de las tiendas, ni arrasar con las verduras y las bolsas de arroz. Dejemos algo para los demás, porque un día los que no encuentren que comer podríamos ser nosotros.