La carta a AMLO

Bisagra

Por José Páramo Castro

Existe un fenómeno nuevo en la política nacional. Durante muchos años de gobiernos fallidos, donde se profundizaba la pobreza y la miseria se multiplicaba a lo largo y ancho del país, nadie se atrevía a sugerir nuevas medidas o métodos diferentes a quienes gobernaban.

Ni siquiera a la hora de darle el campanazo a las reformas estructurales, a través de un pacto por México, cuyos partidos políticos doblaron las manos ante la propuesta de Enrique Peña Nieto.

Ahora está de moda enviar cartas abiertas, es decir públicas para sugerir cambios en la estrategia, como si quienes las proponen fueran ejemplos a seguir. Pasan de ser fracasados como funcionarios públicos a expertos en una materia que sólo les brindó ganancias a ellos en lo personal. De ahí su fama, en eso se basa su éxito, pero no como eficaces servidores públicos sino como personas que se sirvieron del poder para enriquecerse ilícitamente.

Así son quienes firmaron una carta donde dirigen al presidente de la República para que determine apoyos. Ya en días pasados la senadora del PAN, Alejandra Reynoso Sánchez, pidió al Ejecutivo federal se autorice la deducción del 100 por ciento del pago de las colegiaturas, en apoyo a las familias, ante la contingencia. Es decir, que el gobierno pague los colegios particulares a los padres que desdeñaron la educación pública. Y casualmente entre los firmantes de esa carta aparece Bernardo González-Aréchiga, rector institucional en la Universidad del Valle de México. Sus intereses son tan claros que no pueden esconder mucho tiempo la verdadera intención de no permitir gobernar, ya que ellos no pudieron ganar en las urnas ahora quieren tener sus intereses a salvo, a base de presiones y periodicazos.

Lamentable que la figura de Cuauhtémoc Cárdenas se desgaste en este sentido. Ya se cansó de proteger remedos de sindicatos como Petromex ante un Pemex, que conoce bien los intereses de los grupúsculos que se autodenominan defensores de los derechos laborales de los trabajadores petroleros.

El resto de los firmantes son la vergüenza de un país contra el que trabajaron lo más posible para desviar los recursos de los subsidios que definían como anacrónicos, pero que beneficiaban a su imagen y economía.

Ahí están firmando Carlos Tello y Rolando Cordera, cuyos libros ahora no se venden ni en las librerías de viejo a cinco pesos. Lo cual muestra su decadencia. Y otros presidentes de fundaciones que usaban como negocio, exdirectores del IMSS que sólo se enriquecieron con el puesto y que tratan de ocultar su mediocridad con una apariencia de expertos.

Todos ellos quieren ahora montarse a través de las sugerencias en los medios proponiendo algo que desconocen. Si supieran de economía ya hubieran utilizado ese conocimiento para ocultar sus negocios particulares a la sombra de la administración pública.

La moda ahora es no permitir gobernar, ya sea desde los medios, desde el pasado, desde la desvergüenza, desde el cinismo o desde el resentimiento. Una nueva forma de intentar crear una oposición que a casi año y medio de salir del gobierno no ha podido organizarse ni en partido, ni en grupo, ni en gremio.

Están solos, por eso se asocian incluso con los antagónicos ante la desesperación de desaparecer.