¿Pobreza o indiferencia?

Casa de Citas

Por Baltazar López Martínez

“Los seres humanos no son hermanos, sino extraños, y a nadie le interesa la historia de otra persona. A la gente le importa un carajo el prójimo”.

— Stephen Vizinczey

“El peor pecado hacia nuestros semejantes no es odiarlos, sino tratarlos con indiferencia; esto es la esencia de la humanidad”.

— William Shakespeare

“La indiferencia es una forma de pereza, y la pereza es uno de los síntomas del desamor. Nadie es haragán con lo que ama”.

— Aldous Huxley

Leo con tristeza el artículo del New York Times del 3 de abril, intitulado “Los Datos de Localización lo Dicen Todo: Quedarse en Casa Durante el Coronavirus es un Lujo”. En ese artículo los periodistas Jennifer Valentino, Denise Lu y Xavier J. X. Dance evidencian la lacerante situación que padece la clase trabajadora en Estados Unidos. “En las ciudades americanas muchos trabajadores de bajos ingresos continúan en movimiento, mientras que aquellos que ganan más se quedan en casa y limitan su exposición al coronavirus”.

El artículo, basado en los datos y análisis de la compañía Cuebiq, que rastreó la ubicación de unos 15 millones de teléfonos celulares, refiere que “aunque la gente de todos los grupos de ingresos mostró una movilidad inferior a la que tenían antes de la crisis, la mayoría de la gente de más dinero se queda en casa, especialmente los fines de semana; no solo eso, sino que en casi todos los estados, comenzaron a hacerlo días antes que los pobres, dándoles una ventaja sobre el distanciamiento social a medida que el virus se propagaba”.

En pocas palabras, la crisis sanitaria está golpeando a los pobres. Para ilustrarlo, los autores refieren el caso de una asistente médica que cada mañana sale de su casa y viaja veinte millas para limpiar, cocinar y hacer las compras de sus clientes, que son mayores y tienen problemas de salud: “La Sra. Benjamin conoce los peligros, pero necesita su trabajo, que paga alrededor de 13 dólares por hora. Tampoco puede imaginarse dejando a sus clientes valerse por sí mismos”.

Para que te des cuenta, lector, lectora, de las monstruosas diferencias que tenemos con la sociedad gringa, saborea el salario de una mujer pobre en Chicago: 13 dólares por hora. Es decir, unos 325 pesos al tipo de cambio actual, lo que hace un total de 104 dólares por ocho horas de trabajo, que le representan 2 mil 660 pesos diarios. Ya sé, me dirás que allá, así como ganas el dinero lo gastas, que 13 dólares por hora aquí son una fortuna, pero allá no sirven ni para una hamburguesa, etcétera, pero aun así pienso que la diferencia con nuestros pobres es descomunal, y que si los pobres gringos sufren por la pandemia los nuestros están con un pie en la sepultura.

Día con día, las autoridades sanitarias insisten en que debemos cooperar para “aplanar la curva”, igual que intentan en otros países. En términos llanos consiste en disminuir la cantidad de contagios para que la línea de crecimiento de casos no se dispare y de pronto apunte hacia el cielo, sino que vaya subiendo paulatinamente a lo largo de los días. Esto no impedirá que la gente se contagie, y mucho menos que muera, sino que tiene la finalidad de impedir que los servicios de salud se colapsen por la demanda excesiva, sobre todo de servicios de cuidados intensivos y de respiración asistida.

Para cumplir esta meta es necesario reducir la movilidad social y meter a la gente en sus casas. No hay de otra. Es la única manera de asegurarte de que habrá menos contagios. Sin embargo, al igual que en otros países, conseguir que la gente se quede en casa es una tarea titánica. Una de las principales razones es la pobreza. Hay quienes piensan que esta pandemia es una venganza de la naturaleza por los abusos que le cometemos a diario, y que de cierto modo nos iguala a todos, porque a todos nos pone frente al mismo riesgo, pero en realidad está haciendo lo contrario, al evidenciar las brutales diferencias sociales que tenemos.

Desde principios de marzo, parte de la discusión de la pandemia tuvo lugar con la exigencia de ciertos grupos sociales de cerrar ya las fronteras, los aeropuertos, las terminales de autobuses y de trenes. Se exacerbó la xenofobia, y hubo un repudio generalizado contra los “ricos” que viajaron a Europa y el Oriente y regresaron para infectarnos. Esa exigencia, provocada por el miedo y alentada por el golpeteo político, topó de frente con la actitud del gobierno de mantener las fronteras abiertas y permitir el libre tránsito de personas.

Las opiniones se polarizaron. El gobierno reaccionó con cautela y estiró la hebra todo lo que pudo, hasta poner marcha el programa de Sana Distancia el 23 de marzo, con la enfática petición a los mexicanos de quedarse en casa. En medio de la discusión por lo oportuno o tardío de la medida estaban los pobres: ¿de qué iba a vivir toda esa gente que vive al día si se queda en su casa? ¿Puede la gente que vive al día quedarse en su casa?

Verán ustedes, nuestros pobres son todavía más pobres que los pobres de Estados Unidos. Y se cuentan por millones. Les citaría los datos del Inegi pero me da flojera porque ya no les creo, pero a fines del sexenio de Peña Nieto las cuentas daban como 54 millones de pobres, de gente que vive con cien pesos diarios o menos. Es casi la mitad de la población. Insisto, mucha de esa gente vive al día, porque con sus magros ingresos no tienen oportunidad de ahorrar y mucho menos de acceder a un crédito o a comprar una casa, aunque sea de las del Infonavit en abonos.

Aquí en Tuxpan, que es mi pueblo, el presidente municipal ordenó, de acuerdo con las recomendaciones del Consejo Municipal de Salud, reducir la movilidad y dispuso el cierre gradual de comercios y negocios de giros no indispensables. Ese mismo día anunció la cancelación del festival de semana santa y del carnaval. También cerró las playas, y con ello se le vino la tormenta encima, porque hay gente que espera la temporada de abril y mayo para reponerse de los largos meses del invierno, cuando baja mucho la clientela. Hubo zafarranchos cuando las fuerzas del orden fueron a retirar a las personas que omitieron las advertencias y fueron a la playa, y quienes más se quejaron fueron los comerciantes. Lo mismo pasó al decretar el cierre de los bares y las cantinas.

En Tamiahua la presidenta municipal, Citlalli Medellín, hizo una magnífica lectura y blindó su municipio. Cerró las playas, pidió a la gente que se quedara en su casa, disminuyó la actividad económica y cerró los accesos, advirtiendo que no aceptaría paseantes ni visitas foráneas. Tamiahua quedó cerrada por una razón muy simple: no tiene hospital. Las oportunas medidas de la presidenta municipal le granjearon la animadversión del mediocre gobernador Cuitláhuac García, que trató de intimidarla para que diera atrás con sus medidas. No tuvo éxito, porque la alcaldesa demostró que lo hacía por el bien común y que tenía más blanquillos que otros. A los pocos días el diputado federal plurinominal Marco Antonio Medina hizo circular un video donde hablaba de la libertad de tránsito y de la obligación de los alcaldes de plegarse a los mandatos de los gobiernos federal y estatal. Lo hicieron pedazos en las redes.

En realidad, la disminución de la movilidad parece uno de los 12 Trabajos de Hércules, por una razón muy simple: el gobierno está entrampado en su discurso pacifista, de no represión y de abrazos, no macanazos. Por eso no habrá un endurecimiento en la actitud de las fuerzas del orden para que la gente se quede en su casa. No habrá toque de queda ni se utilizará la fuerza pública para confinar a las personas, como ocurre en otros países. A este respecto el presidente López Obrador apeló a la comprensión del pueblo bueno, a la solidaridad, a la gente buena onda, para que colaboren con el gobierno y se guarden.

Pero el pueblo bueno no le hace caso. Entendemos la disyuntiva de la gente que vive al día: tiene que salir a ganarse el pan, nos queda bastante claro, pero de eso a agarrar el fin de semana para abarrotar las playas, como ocurrió en varias playas de Veracruz hoy domingo que tecleo esta columna, hay una gran diferencia. Lo mismo supimos que había un éxodo masivo de gente de Guadalajara rumbo a las playas del Pacífico. Entendemos que es necesario salir a hacer la compra, pero no vemos la necesidad de hacerlo en familia, hasta con los abuelitos y el perro. Con uno que vaya es suficiente.

El problema es que el período de incubación del virus SARS-Cov-2 es de 5 a 7 días. Eso dura alojado en las mucosas del sistema respiratorio. En esos días se multiplica y emprende el ataque masivo, e inicia una etapa de enfermedad que dura de 10 a 14 días. Es decir, una persona puede estar infectada sin saberlo, y andar muy oronda por la calle infectando a otros. El virus mantiene su integridad de 3 horas en los aerosoles hasta lapsos de 2 a 3 días en superficies como el cartón, el plástico y el acero inoxidable. Pues bien, una persona infectada tiene de 5 a 7 días para regar el virus por donde quiera que ande.

Es cierto que esta pandemia ataca con mayor dureza a los pobres, que en México se cuentan por millones, pero estoy seguro de que no todos los que andan en la calle lo hacen por motivo de ganarse el pan, porque de otra manera no estarían deambulando en la calle, sino estarían confinados en sus trabajos, a menos de que sean vendedores ambulantes. Según los análisis de las autoridades sanitarias, hasta fines de marzo teníamos una reducción de la movilidad del 30 por ciento, insuficiente para aplanar la curva.

Habrá quienes argumenten que México es un país libre y que pueden circular por donde les dé la gana, sobre todo porque el gobierno ya cantó que no habrá toque de queda ni supresión de las garantías individuales, pero igual andan contagiando a otras personas que no tienen la culpa de las taras de sus vecinos, con una actitud de desafío a la autoridad y de inmenso desprecio por el prójimo. Lo más grave es que cuando se presente la etapa más crítica de los contagios, calculada para la última semana de abril, la gente empezará a caer en cama, empezando por esos que andan en la calle sin necesidad y a los que les valen madre las medidas de distanciamiento, como bien se puede apreciar en las filas de los bancos, por ejemplo.

El aumento exponencial de los casos graves colapsará los servicios médicos en Tuxpan, que de por sí ya están colapsados. La sola posibilidad de morir en los pasillos del Hospital Civil “Emilio Alcázar” debería aterrarnos al grado de mantenernos confinados en casa. Por lo general pensamos que las victimas serán otras personas, que la vida así es, pero cuando la enfermedad toque a los miembros de la familia o a uno mismo demandaremos la eficiencia perfecta de los servicios de salud, y clamaremos por médicos, enfermeras, camilleros, ambulancias, respiradores, listos para culpar al gobierno (a este que tenemos o al del pasado, lo mismo da) de que se esté muriendo la gente sin el paliativo de un paracetamol siquiera.

En Filipinas, el presidente Rodrigo Duterte, que en su lucha contra el narcotráfico demostró que puede irse a los extremos, ordenó a las fuerzas públicas disparar contra los ciudadanos que no respeten el confinamiento. Así de sencillo. Andas en la calle, te disparan, y ya, fin. No necesitamos disparos ni golpes. Necesitamos comprender que el enemigo es poderoso. Se trata de una partícula de apenas entre 80 y 220 nanómetros (un nanómetro es la millonésima parte de un milímetro) que se transmite principalmente por los aerosoles de la respiración en gotas de unas 5 micras de diámetro (5 milésimas de milímetro).

Esa partícula de un tamaño tan pequeño que apenas alcanzamos a concebir, causa una enfermedad, la COVID-19, que es más peligrosa y aterradora que los escuadrones de la muerte en Filipinas, causa más estragos que una manada de leones salvajes en el vecindario, y está por arrebatar las vidas de muchas personas entre las que podrían estar nuestros familiares o uno mismo, que quizá se contagiaron por la temeridad de un imbécil que no tuvo la capacidad de discernir el alcance de su actitud de menosprecio. Y entonces, cuando nos toque en las personas que amamos, solo entonces nos percataremos de nuestra actitud desconsiderada hacia el prójimo, pero será ya demasiado tarde, y de nada nos servirá esgrimir el pretexto de la pobreza. Todavía hay tiempo. Detente. Los bienes materiales como quiera se recuperan. “Nunca he visto un camión de mudanzas detrás de un cortejo fúnebre; no nos vamos a llevar nada”, dijo Denzel Washington, y tenía razón.