Veracruz naufraga

Bisagra

Por José Páramo Castro

Algo pasa en Veracruz que ya nadie habla del gobernador sino de sus posibles sucesores. La mirada de los críticos se centra en Roció Nahle y en Ricardo Ahued. Cuitláhuac García, simplemente no existe.

Cuitláhuac ha dejado de gobernar desde ahora y esto, al parecer, no le preocupa. Ya vivió la sorpresiva sensación de ser gobernador un par de años y ahora simplemente se retirará a vivir de sus rentas.

Veracruz ha vivido una mala racha de malos gobernadores. Los que no vaciaron las arcas, inventaron empresas que nunca existieron, robaron a manos llenas, o simplemente gozaron del poder sin trabajar. En este siglo no ha habido uno solo que antepusiera el servicio a la ambición personal. Lo han gobernado tres partidos diferentes y ninguno ha respondido a las verdaderas necesidades de los veracruzanos. Es por demás justificada la negación absoluta del actual gobernador, cuyo trabajo no es ni bueno ni malo, simplemente no existe.

La ola electoral que produjo el fenómeno político llamado López Obrador llevó consigo a un mediocre ingeniero que debió haberse quedado dando clases el alguna preparatoria del interior del estado de Veracruz; sin embargo, lo creyeron capaz de seguir en su camino en la política hasta que las consecuencias son ahora insostenibles, de ahí que la gente ya no hable de él sino de su sucesor o sucesora que deberá quitarlo de en medio, junto con un equipo de colaboradores que nunca funcionaron en sus respectivos puestos.

Cuitláhuac daba la impresión de no saber qué hacer desde el momento mismo de conocer el triunfo electoral. Sabía a quién nombrar sin la certeza de que cubrieran el perfil, designó a los amigos y los recomendados, aglutinando un grupo muy mediocre para realizar cualquier tipo de funciones, con los resultados que ahora pueden constatarse en la entidad.

El presidente de la República confiaba en él tanto que se mencionaba su nombre para el 2024; era su consentido, pero no su incondicional. Ahora sólo se menciona a su sucesor como reparador de los daños hecho por Cuitláhuac.

Las primeras semanas de gestión al frente de la gubernatura mostraron la ineficiencia de un ingeniero que ni siquiera era capaz de ejercer su profesión, sino que se limitaba a impartir clases. Labor que nunca debió abandonar.

Cuitláhuac empezó a dejar huecos de poder desde el primer momento en que gobernó. A las semanas de su gestión empezaron a barajarse nombres de colaboradores señalados como los verdaderos amos del estado. Se habló de su amigo Esteban Ramírez, quien parecía el capataz de la entidad, tratando a propios y extraños con la punta del pie como si su puesto fuera eterno y absoluto. Cayó de la gracia de todos y antes de que la gente lo sacara o los medios lo aniquilaran definitivamente, Cuitláhuac lo coloca como posible líder de Morena, que seguramente no llegará por el bien de todos.

Así se enunciaron nombres de miembros de su equipo para encontrar quién ejercía el poder tras el trono, pero la figura de Cuitláhuac no era, desde el inicio, la de un mandatario estatal sólido o con personalidad propia sino un títere de su propia incapacidad.

Veracruz ha evitado el naufragio que les impusieron los malos gobernantes. Es hora de llegar a buen puerto y transformarlo.