La Termo de nuevo…

Casa de Citas

Por Baltazar López Martínez

“¿Los pobres serían lo que son, si nosotros fuéramos lo que debiéramos ser?”

– Concepción Arenal

“Erradicar la pobreza no es un acto de caridad, es un acto de justicia.”

– Nelson Mandela

“… el mejor medio de hacer bien a los pobres no consiste en hacer cómoda su pobreza, sino en obrar de modo que dejen de ser pobres: no en darles limosna, sino en hacer que puedan vivir sin recibirla.”

– Benjamín Franklin

Llegaron desde muy temprano, por centenares. Hombres y mujeres en una larga peregrinación que culminó en la termoeléctrica López Mateos. Eran las cinco de la mañana de un martes a finales de agosto. A pesar de la hora hacía calor. Aspirantes de todas las edades llegaron atraídos por la convocatoria de trabajo. Juntos forma una multitud grisácea que se confunde por la penumbra del alba. Falta poco para que se asome el sol. La presencia del mar se adivina, se presiente, apenas a unos centenares de metros del lugar, pero no hay brisa, solo un bochorno despiadado que provoca la transpiración y la humedad. Algunos, los más viejos, los que ya trabajaron antes, se conocen, se saludan, intercambian experiencias, se ponen al día. Otros, que apenas se acercan por vez primera miran expectantes hacia todos lados. ¿Dónde recibirán los papeles? ¿Cuándo empezará el trabajo?

Hay dos grandes preocupaciones en el ambiente, la falta de trabajo y la epidemia. No hay manera de conciliarlas. Es mentira que la enfermedad nos iguale. La enfermedad golpea con singular dureza a los más pobres, a los que deben salir de la casa a buscar el sustento. Ajenos al triunfalismo de los discursos oficiales, al aplanamiento de la curva y a las siete semanas de franco descenso que publicita el gobierno, los pobres deben abandonar la casa para rifarse el físico en la chamba. Con una cifra cercana a los 70 mil decesos por el coronavirus (cantidad ponderada a partir de una epidemia inconmensurable; la experiencia nos enseña que la cantidad de muertos es mucho mayor), la gente va y busca cómo llevar el pan a la mesa. Eso, o caer en la indigencia y el hambre.

Poco a poco se ilumina el día. Hay novedades. El proceso de ingreso incluye ahora un rápido examen de las condiciones de salud de los aspirantes. La inquietud reina en el ambiente. Con la luz del día se aprecia mejor a las personas. Rostros cubiertos casi todos por cubrebocas y mascarillas de los más diversos colores y materiales. Algunos rostros parecen familiares, pero la mayoría son por completo desconocidos. Al poco rato empiezan a llegar los vendedores de atole y pan. También hay taquitos y empanadas. Los que traen para comprar, compran. La mayoría solo mira expectante, a la espera de los delegados sindicales encargados de la contratación. A las ocho y diez de la mañana hacen su aparición y dan las instrucciones, qué papeles entregar y cómo. Pronto se llenan cinco cajas de expedientes. La próxima cita será el 29, para reclutar al personal que empezará en el primer mantenimiento partir del 31 de agosto.

Días antes la Comisión federal de Electricidad y la Sección 55 del Sindicato Único de Trabajadores Electricistas, Suterm, dieron a conocer a la comunidad de Tuxpan la noticia de que habría cinco mantenimientos a una cantidad similar de unidades generadoras de la termo López Mateos. Ese anuncio sólo significaba una cosa: trabajo para miles de personas. A pesar de que la publicación en las redes sociales sólo duró unas pocas horas, la noticia tuvo repercusiones insospechadas. Centenares de personas de Tuxpan y la región acudieron a postularse, evidenciando la lacerante situación social que padecen por la recesión económica y por la pandemia. Como siempre, los más pobres resultan ser los más jodidos.

La actitud de la gente respecto a la Termoeléctrica es ambivalente. Muchos se dejan llevar por la opinión de líderes y vivales que a lo largo de más de 30 años encontraron en la Termo una manera de hacerse de dinero. Lo cierto es que después de todos esos años de movilizaciones los líderes engordaron el bolsillo y los pescadores siguen igual de pobres. La laguna de Tampamachoco continúa deteriorándose, sobre todo por la actividad humana representada por los vertederos y drenajes que llegan a ella sin el menor tratamiento. Esa es la realidad. Sin embargo, a la gente le gusta pensar que la termo es la causa de todos los males, no los drenajes ni la caca, no la brutal sobreexplotación, no la falta de respeto por las vedas, no la confianza en líderes pillos y marrulleros. No. Es La Termo.

Pues bien, aunque les cause escozor, la termo, la famosa termo, ha sido una fuente de riqueza y desarrollo desde sus inicios. No hay otra empresa en la región que repercuta de manera tan positiva e inmediata en la economía local como la planta López Mateos. No la hay. Desde su etapa de construcción, cuando llegó a tener a unos 7 mil trabajadores de manera simultánea, la termo benefició al comercio, al transporte, a los proveedores de bienes y servicios y también a los bares y cantinas, porque de todo hay en la viña del señor. Así es. En 1985, cuando yo llegué, Tuxpan estaba a media agua, como el robalo, y con el flujo de dinero que empezó a haber por la construcción de la termo como que empezó a remontar. Quienes vivieron esos momentos de seguro lo recordarán.

Los mantenimientos de este fin de año, que abarcan del 31 de agosto al 30 de noviembre serán como una bocanada de aire fresco para la agonizante situación de muchas familias. Ya desde el 30 de agosto empezó el reclutamiento de los trabajadores, que siguieron llegando por decenas en busca de una oportunidad. Como dije, es la evidencia de que algo anda mal, de que hay una diferencia abismal entre las homilías presidenciales y la cruel, ruda y pinche realidad. Porque lo cierto es que muchos llegan solo con lo puesto y lo de los pasajes, y si acaso unas monedas para solventar la comida del día. Y uno los ve, con su ropa ajada, sus trajes de faena, los modestos cubrebocas caseros, las botas raspadas sobrevivientes de mil batallas, el manojo de papeles ajado de tanto andar de un lado a otro, manchado de mugre y de sudor. Sin embargo, no se rajan, son entrones, luchones, se la rifan en el trabajo, hombres y mujeres por igual, alzan la mano y se apuntan a los trabajos más pesados, “la cosa es entrar”, dicen, mientras guardan filas que parecen interminables, con el calorón y en ocasiones la lluvia.

Es falso que la enfermedad y la muerte son iguales, porque hay sus diferencias. No sólo se ensaña con aquellos que deben salir a buscar el sustento, sino también con los enfermos, los viejos y quienes padecen de sobrepeso. Tal parece que las autoridades apenas descubrieron que somos un país de obesos, diabéticos e hipertensos, que la verdadera pandemia lleva cincuenta años campeando a sus anchas en esta nuestra sufrida patria, porque este es el argumento que esgrimen a diario para justificar la cantidad de muestres atribuibles a la Covid19, las famosas comorbilidades, es decir, las causas que contribuyen a que la gente se muera, como las ya mencionadas además de las cardiopatías y el tabaquismo.

Según las cuentas alegres del gobierno al inicio de la epidemia, los muertos no rebasarían los doce mil. El escenario catastrófico sería de 60 mil, pero eso parecía muy lejano a mediados de marzo, cuando apenas medio tratábamos de comprender el alcance de lo que se nos venía encima. Pero a medida que la cifra crecía y crecía el gobierno encontró una vez la manera de culpar a los propios muertos, que llegaron a ese fatal desenlace por gordos, por hipertensos, por fumadores, por no cuidarse los niveles de glucosa y colesterol. Y de esa manera tan sencilla nos echaron el alacrán en la espalda: tenemos la culpa de morirnos. ¡Ah, qué chingones!

La estrategia, si es que se le puede llamar así, del presidente López Obrador, fue repartir dinero a los pobres. Ajá. ¿Y los gordos, los hipertensos y los diabéticos? Para ello la solución fue repartir dinero a los pobres. Ah, y cuidar que no hubiera saturación en los hospitales, pero ¿cómo la iba a haber si le dijeron a la gente que se quedara en su casa, que se aislara si tenía los síntomas y que a los catorce días estaría ya como si nada? Por eso la leyenda de que te matan en los hospitales, porque la gente llega demasiado tarde, ahora sí que a morirse. Y es tan evidente que la enfermedad jode a los más pobres, que mueren muchas más personas en los hospitales públicos que en los privados. Según algunos reportes, por cada dos muertos en clínicas particulares mueren diez en los hospitales del sector salud.

Este año fue diferente para los trabajadores eventuales de la termo, porque hay control médico para aspirar al trabajo. La política de ingreso de la CFE y el Suterm, como una medida de protección de la salud de las personas vulnerables, estableció un filtro inicial en el que personal capacitado evalúa las condiciones de salud de los aspirantes. No puede ser de otra manera. La epidemia sigue cobrando vidas, pese a las siete semanas que según lleva contrayéndose, según el reporte de esta noche. Y aquí le vuelve a pegar al pobre que padece enfermedades que lo pondrían en riesgo, a las personas mayores que se la rifan para trabajar pero que no podrán hacerlo por estar en los grupos vulnerables. Qué jodida situación, qué desgracia, y que falta de empatía del que dijo que la epidemia le cayó como anillo al dedo.

Pese a la situación de emergencia y a la crisis económica, este diciembre, gracias a la Termo, gracias al monstruo, miles de familias tendrán dinero para sobrevivir al fin de año, esperando que pase lo peor de la pandemia. Habrá manera de que compren la Tablet para los niños que están en la escuela, para los zapatos de la señora, para llevar, aunque sea un pollo a la mesa el día de Navidad. Habrá para sobrevivir al día, mientras esperamos las vacunas, la inmunidad de rebaño, mientras esperamos la empatía de un gobierno que no sabe, que no quiere ver la catástrofe de la pobreza. O peor, que la ve, pero sin poder verla en realidad. No se trata de repartir dinero. El dinero se acaba. Es el trabajo la verdadera fuente de bienestar. Y una vez más ahí está la termo, ofreciéndolo a miles de personas.