El Chapo de Montecristo

José García Sánchez

Escapar es buscar la libertad. En esto coincide la acción de El Chapo con el pensamiento de los mexicanos. Pero no es la única coincidencia.

 El Chapo Guzmán tiene ahora más cobertura en los medios que cualquier político del presente o del pasado. Es el hombre del contrapeso en los medios, por lo tanto y, para estar de acuerdo con los tiempos, es un contrapeso político ante la ausencia de un líder auténtico de oposición, o un liderazgo político consistente.

La identificación inmediata de El Chapo con los mexicanos va de lo individual a lo general. Es una especie de héroe que no sólo tiene más espacios en los medios que el Presidente de la República o el Papa sino que cuenta con gente que celebra en las calles su salida del reclusorio, pero, por si esto fuera poco tiene canciones, odas, poemas, corridos dedicados a su persona con motivo de su fuga donde se exalta su don de gentes y su generosidad, lo cual no puede decirse de ningún político en la actualidad.

Los medios dan cuenta de su vida cada día, con continuidad puntual y un trozo más acerca de la realidad que se vive con o sin el Chapo, así como su pasado y sus aventuras. Es decir, los mexicanos podemos leer una novela de entregas diariamente donde la emoción crece en cada momento y la personalidad del protagonista se exalta en cada crítica, y se enaltece en cada comentario.

 No podemos negar que Joaquín Guzmán Loera bien podría convertirse en Edmundo Dantés, el personaje de El Conde de Montecristo

 que cercado por quienes creyó sus amigos lo llevan a la cárcel para apoderarse de sus bienes y de su mujer, pero al lograr escapar valientemente, hace justicia por su propia mano. Y en México la justicia se borra en las tinieblas de los tiempos hasta extinguirse.

 Como parte complementaria de la emoción, los mexicanos atestiguamos, a través de los medios, cómo salen de prisión autodefensas y sus líderes por falta de pruebas, secuestradoras que el jefe de gobierno del DF había condenado son absueltas, generales inocentes culpados de narcomenudistas a quienes se les impide ascender en su carrera militar por encargo de los presidentes panistas, etc.

La justicia en México simplemente no existe. Hay inocentes acusados de los más graves delitos y delincuentes libres que tienen siquiera orden de aprehensión.

 Pero Edmundo Dantés Guzmán Loera pareciera pertenecer al primer grupo, donde la inocencia es lo de menos, lo importante es rebelarse contra un gobierno que nadie se atreve a cuestionar.

La figura de El Chapo Guzmán no sólo traspasa las fronteras de México sino que crece y se dispersa. Pronto su busto estará al lado del santo de los narcotraficantes Jesús Malverde y no faltará quien intente mandarle a hacer una misa para orar por su libertad indefinida.

La carencia de voces disidentes, por miedo a represalias, por temor a ser castigados obliga a figuras como la de El Chapo a convertirse en leyenda que seguirán cabalgando dentro y fuera de las prisiones donde los inocentes lo adoran y son capaces de rezarle para que la injusticia se convierta por fin en un acto de libertad y se regrese a la legalidad en este país. 

Las cárceles en México no son sucursales del infierno, son el infierno mismo y los reos culpables o inocentes, son capaces de rezarle al mismo diablo para alcanzar ese anhelo que nos une a todos los mexicanos: la libertad.

Así como en la novela de Alejandro Dumas, El Chapo seguirá cabalgando libre por los medios.

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