De Narvarte a Orizaba

José García Sánchez

Desde 1968, cuando el PRI se decía más fuerte, las víctimas se convirtieron en victimarios gracias a la propaganda de los medios de información. Los cientos de jóvenes encerrados en la cárcel de Lecumberri, a los que nunca les otorgaron la calidad de presos políticos, fueron víctimas y sobrevivientes de la matanza de la tarde de Tlatelolco.

 Ellos no podían defenderse, unos estaban muertos, los otros encarcelados, fuera del mundo circundante donde los medios se daban vuelo condenándolos de todo, incluso de narcotraficantes, oficio en cierne en aquella época. Los jóvenes fueron desacreditados a pesar de llevar la mayor carga de un hecho producido por la ambición política de Luis Echeverría, suceso que se ideó en los escritorios de la Secretaría de Gobernación de un régimen priísta.

Rubén Espinosa, Nadia Vera, Yesenia Quiroz, Nicole y Alejandra fueron víctimas de un asesinato. Uno de ellos, Rubén, había sido amenazado por los colabores cercanos al gobernador de Veracruz, motivo por el cual llegó a la ciudad de México para escapar de la tortura, el secuestro, la detención o la muerte. Víctimas todos ellos.

Pero la historia empieza a dar un giro de 180 grados gracias a la puntualidad y perversidad de los medios. Los fantasmas de estas cinco personas están en una transición que no pueden evitar: viajan del mundo de las víctimas al de los victimarios, o simplemente a de los drogadictos con una sexualidad tan a flor de piel que cualquier semental la envidiaría. 

Exactamente cuando la procuraduría capitalina informa que no hubo sexo forzado y que por lo menos dos de los cinco habían fumado mariguana, se da a conocer la noticia de que un periodista, ex corresponsal de Televisa en Orizaba, Veracruz, Juan Heriberto Santos, fue asesinado cuando convivía en un antro con el jefe de la plaza de los zetas, José Márquez Balderas, por lo que se suéltala información sin precisiones y muchas ambigüedades con el objetivo de asociar un asesinato por acallar la libertad de expresión con otro de complicidad entre periodistas y narcotraficantes.

Juan Heriberto Santos Cabrera, trabajaba en el diario Digital Orizaba en red, y había sido despedido de Televisa dos meses antes. Antes de esta labor se desempeñaba como payaso en fiestas infantiles. De ahí que en las mantas de amenaza le dijeran “payaso”.

Anteriormente era el oreja del PRI entre los reporteros de la fuente política, cuyas funciones eran repartir los “chayos” a los reporteros y señalar a los compañeros críticos o inconformes con los regímenes priístas locales, estatales y nacionales. Desde unos años a la fecha su condición económica había mostrado públicamente una mejoría tan inusitada como inexplicable. Su asociación con segmentos de la población ajenos al periodismo se hacía evidente.

Los salarios en ciudades como Orizaba y Córdoba son una de las principales causas por las cuales los jóvenes se incorporan a este tipo de prácticas ilícita o bien emigran. Así que las autoridades del país no pueden llamarse a sorpresa ante este tipo de circunstancias en todo el país, no sólo en estas dos ciudades de Veracruz. Las pocas oportunidades de los jóvenes, su maltrato laboral que de tan continuo parece convertirse en una práctica normal, los orilla a incursionar en la ilegalidad. Es decir gracias al castigo de las más altas autoridades a los salarios más bajos del mundo hay cada día más jóvenes en las filas del narcotráfico.

Así, la combinación delas noticias parecieran tener nexos  incluso una relación perversa de planeación tanto en la ejecución de Orizaba como en la campaña que los medios sostienen para descalificar el caso de la Narvarte.

La jugada se muestra perversa en caso de ser orquestada, y de no ser así, los medios se han montado de manera por demás oportunista para descalificar a las víctimas de la colonia Narvarte y conjugarlas con las de La Taberna en Orizaba.

La paroxística investigación de la procuraduría capitalina sobre el caso Narvarte merece una investigación profunda no sólo de los hechos sino a la investigación misma y a quienes la realizan. De otra manera no habrá ni justicia ni legalidad en el caso.