El presidente que no estaba ahí

El presidente que no estaba ahí

 

A más de dos años del fin de su administración, Enrique Peña Nieto parece ya una pálida sombra fantasmal en todo sentido. Si en los dos sexenios anteriores la ausencia de poder por parte del ejecutivo se sintió fuertemente en el último año de la gestión por el periodo electoral, el peñismo jamás alcanzó a afianzar a su líder como el eje de la vida política nacional.

 

El principal argumento de quienes encumbraron en la presidencia al mexiquense era su carisma e imagen de hombre joven y bien parecido. Muy pronto esa mascarada sucumbió en la campaña electoral ante los bochornosos eventos de la Feria del Libro de Guadalajara y la Universidad Iberoamericana, matizados por sus adláteres como meros traspiés, cosas que a cualquiera le pasan. Pero la acumulación de incidentes de pena ajena no cesó tras la elección o la toma de protesta, y en este momento ni el mejor intencionado de los priistas podría defender la tesis de que Peña no es un hombre obtuso, ignorante y zafio. Las más recientes revelaciones sobre su tesis de grado no hacen sino confirmarlo como un hombre que aborrece la cultura y el esfuerzo intelectual.

 

Más allá de su estulticia, el presidente jamás ha podido ser un ente político de peso. Aquellos elementos del partido tricolor que añoraban el regreso del gran tlatoani imperial, se han llevado el chasco de sus vidas al comprobar que el hombre ha sido absolutamente incapaz de imponer siquiera disciplina interna en su partido, condición sine qua non para el sistema que pretendían reinstalar, sin caer en cuenta de que ni las condiciones del país eran las mismas, ni que se confiaba el mando a una absoluta nulidad en términos de habilidad o malicia políticas. No se explica de otra manera el abierto y permanente desafío por parte de Javier Duarte o de la Iglesia Católica, impensables hace cincuenta o cuarenta años.

 

Toda la carrera política de Peña se ha debido a su lealtad a sus superiores y a su dependencia de sus subalternos, con más fortuna que capacidad. Dejado a su suerte con el mando del timón, y con un gabinete en plena guerra sucesoria desde el momento que ocuparon sus sillas, a nadie puede extrañar que la nave haga agua por todas partes. No hay un elemento de la vida nacional que no sea reclamado por el caos, el descontrol y la improvisación, lo que no en poco se debe a la desidia del “jefe de todas las instituciones”. Porque queda muy claro que a Peña Nieto jamás le han interesado los elementos técnicos y aburridos de los que depende el engranaje de la administración pública federal. Ni los conoce ni le interesan; no debe a nadie extrañar que habiéndose hallado por los golpes de la fortuna de repente con los bártulos del poder, ni sepa ni le importe qué hacer con ellos.

 

La razón básica para su estancia en el poder (más allá de la egolatría que exige aplausos del respetable) es ser salvaguarda de intereses económicos de facciones, cosa que medianamente ha cumplido, así sea a costa de del desarrollo del resto de los sectores del país. Mientras tanto, educación, seguridad pública, salud, infraestructura, desarrollo social y todas las demás necesidades del país quedan en segundo lugar ante la incapacidad y desinterés de quien, si su aspecto físico es un indicador, ya espera con ansias un relevo cuando aún queda un tercio de su gobierno por transcurrir.