El regreso (pretendido) de las sotanas

 

Los más recientes exabruptos de ciertos líderes religiosos delatan el ánimo rijoso que la iglesia católica enarbola en estos días. Los consejos proctológicos de castidad a los homosexuales de Norberto Rivera o las peroratas bélicas de Hipólito Reyes son propias de quienes no temen o no calibran las consecuencias de sus actos.

Contrario a lo que parecen pensar los jerarcas católicos (y evangélicos), así como alguna parte de sus fieles, la libertad religiosa y demás leyes que hoy protegen el laicismo de nuestro país no surgieron para reprimirlos, perseguirlos o martirizarlos. Fueron el medio de defensa para detener y colocar en su justo lugar el poder omnímodo del clero decimonónico, que más allá de salvar almas se preocupaba, y de qué manera, por lo terrenal.

Ciertamente que los escándalos de pederastia y abuso sexual a todos los niveles pusieron al clero a la defensiva en estos años, pero puesto que el padre Maciel está muerto y la atención nacional se centra en otros asuntos, han pasado ahora a una fuerte ofensiva para restaurar su poder. Ofensiva que está destinada al peor de los fracasos. México se ha visto influenciado grandemente por la globalización, y no sólo sus aspectos negativos. Las encuestas indican que la juventud mexicana ha avanzado enormidades en temas de sexualidad, diversidad y tolerancia, así como en responsabilidad personal, lo que incluye el tema del uso de drogas de recreo. Temas todos en los que Jesucristo (si existió) nunca opinó, pero eso no detiene a quienes se dicen sus representantes  para decirle a la gente lo que debe hacer o no con su vida privada. Ello, por supuesto, sean fieles de su iglesia o no.

Exigen ahora los sectores eclesiásticos que no se les reprima, que no se coarten sus libertades y se les permita expresar su punto de vista. Todo ello estaría muy bien si lo que pretendieran fuera el ser escuchados, y no imponer su visión de la sociedad a los mexicanos, a los que claramente esa opinión no podría importarles menos. Si se permite el matrimonio igualitario, es cosa que sólo atañe a las personas  que desean unir sus vidas con otras del mismo sexo, pero al parecer ello va a destruir a La Familia (así, con mayúsculas). Se ignora el mecanismo mediante el cual tal cosa pueda pasar, pues al menos en todos los lugares donde se ha implementado los hijos siguen siendo hijos de sus madres, y sus hermanos, tíos de los hijos, y así por el estilo. Más parece que les motiva el miedo irracional a lo diferente que aún permea en ciertas mentes. Por no hablar de la adopción por parte de estas parejas, pues la negativa refleja la mentalidad de igualar homosexualidad con pederastia.

En donde está el mayor ahínco fervoroso de estos días es en el aborto, como en la “ley a favor de la vida” de Veracruz. Amparados en la trampa conceptual de que el aborto es “matar bebés”, ha sido más fácil sacar a la grey a la calle en protesta, defendiendo una cosa no muy clara pero sí muy vendible llamada “la cultura de la vida”. Ahondaremos al respecto.