DE ATAVISMOS Y COSTUMBRES

Por: Valentín Ramos F.

La democracia no debe adjetivarse. No es posible ni aceptable en el mundo actual que en México se pretenda adaptar ciertas costumbres y comportamientos a la normalidad democrática como parte de nuestra idiosincrasia, porque no se trata sino de torcer valores a favor de la conveniencia, el cochupo y la trampa.

Nada parece haber entendido el PRI de la derrota en 2000 y menos de los hechos ocurridos en el Mundo desde entonces. Lo que no debe extrañarnos, pues hay que recordar que el PRI no es un partido político, sino un cártel de intereses particulares y económicos, diseñado para proteger complicidades. Su único interés en lograr el poder público es hacer negocios para los cuates, extendiendo redes de complicidad e impunidad alrededor. No hay ideología que valga, y menos intereses públicos que estorben en la consecución de los fines. Por ello, a nadie debe extrañar que el regreso de 2012 no haya significado para nada la llegada del tan cacareado “Nuevo PRI”, anunciado como si se tratara de la nueva fórmula de refresco.

Solamente los bisoños y los despistados pueden extrañarse de que a menos de un año de las próximas elecciones, descaradamente los militantes tricolores estén en espera del destape. Su mentalidad nunca superó esos estadios atávicos de despotismo y autocracia. Esperan con febrilidad el señalamiento divino, la graciosa imposición desde lo más alto del nombre de aquél a quien deben vitorear y aclamar, así muchos de ellos no hayan escuchado el nombre nunca antes.

Para quien la política es el arte del beneficio propio y la simulación pública, jamás tendrán sentido nociones como el debate interno, la sana crítica y la competencia justa. Ser miembro del PRI al parecer conlleva de manera necesaria la abyección ante lo que diga “el jefe”, “el patrón”, el de arriba”. Como los grupos delincuenciales de origen italiano, la verticalidad y la sumisión son la moneda corriente. De ahí que en estos momentos, y salvo algunos ingenuos, el grueso de la militancia priista está en espera de la señal que les diga quién es el ungido. Enrique Peña Nieto, a estas alturas ya hastiado y harto de un poder que no es lo que él pensaba (porque no aplaudimos), espera ya tan sólo la llegada de los tiempos en los que le corresponderá el ceremonial mítico de extender su índice hacia determinado sujeto.

Como si el “triunfo” de la semana pasada en el EdoMex y Coahuila no les hubiera dicho nada, las huestes tricolores insisten en comportarse de la única manera que entienden. Acatarán sin chistar la orden de arriba, para entregarse con fervor a una campaña dispendiosa e insultante que no tiene otro objetivo que repartirse cuales buitres los despojos del país. De triunfar, sea quien sea su candidato, sólo se reforzarán sus ideas de que están en lo correcto, no como los ingenuos cándidos que hablan de ideas exóticas como moral, equidad o democracia. Por ello, la democratización de México pasa naturalmente por la derrota y finiquito del Partido Revolucionario Institucional, del que como con don Porfirio, no tardarán en aparecer nostálgicos del “orden y paz” que nos trajo. Qué importa un poco de represión y corrupción, si la gente decente puede dormir tranquila y sin miedo al peladaje.

Para el caso de Veracruz, la experiencia de los últimos años señala que aun a pesar de los ínfimos niveles de votación, el tricolor se prepara sólo para aceptar la voluntad del centro, ya sea mediante la “candidatura de unidad” o la “convención de delegados”, ridículas faramallas legitimadoras que de tan sobadas ya sólo desprestigian. Poco probable es que el dedazo postrero no recaiga en José Francisco Yunes, más por flaqueza de la caballada que por cargada a su favor. Debe decirse que ante las vapuleadas recibidas por el PRI veracruzano, la candidatura del peroteño es la única que cuenta con las suficientes bases sociales. Héctor Yunes ha caído en el papel de bufón de los medios, sin que alguna de las otras opciones artifíciales que se han querido inflar en los medios haya podido tomar impulso.

Lo único que impedirá el ridículo absoluto de la designación priista es el indecoroso papel que tomarán el resto de los partidos. La dinastía Yunes de Soledad-Boca (y ahora también del Puerto) ahondará en el desprestigio de la democracia veracruzana, mientras que el inminente dedazo moreno (sea Nahle o Cuitláhuac no importa) únicamente confirmará que la raigambre de la ignominia y la abyección se encuentra tan saludable como si estuviéramos en 1960. Hay tiempo aun para una opción democrática y libre, la pregunta es si hay quien tenga la voluntad y los medios para impulsarla en nuestro estado.