EL ESTILO PERSONAL DE NO GOBERNAR

Por: Valentín Ramos F.

 

Cuando Daniel Cosío Villegas escribió su fulminante crítica al sexenio echeverrista en los años setenta, avizoraba que el PRI tendría que efectuar cambios, o se dirigiría a la extinción. También previó que si era sustituido en el gobierno por el PAN, éste fallaría de manera total por no estar listo para recibir el gobierno, ni ser opción de cambio. Las dotes de pitoniso de don Daniel no llegaron tan lejos como para suponer que a ese fracaso panista, seguiría el resurgimiento del Revolucionario Institucional. Claro está, que no es necesaria mucha perspicacia para darse cuenta de lo efímero que resultará este resurgimiento, ante la atronadora idiocia de la administración de Enrique Peña Nieto.

Si Cosío veía en la locuacidad de Echeverría el tinte de su estilo personalísimo de ejercer el poder, con Peña Nieto encontramos a un hombre que en estos cinco años ni supo ni quiso ser presidente, porque dentro de su muy limitada capacidad, esperaba que la presidencia fuera apenas una versión mayúscula de su deslucido ejercicio como gobernador del Estado de México. Como ejecutivo de su estado, sus funciones radicaban en recibir el aplauso fácil de las masas, servir de fachada para el Nuevo PRI que aseguraba que existía, y dar por aquí y por allá algunas órdenes, dentro de lo que sus escasas luces personales le permitían. La verdadera administración la llevaban personajes como Luis Enrique Miranda Nava, Luis Videgaray y Alfonso Navarrete Prida.

Oh, sorpresa. Como se enteró de mal modo durante su campaña, el resto del país no le fue tan dócil, ni la prensa nacional lo trató con los algodones a los que estaba acostumbrado con la mexiquense. Bastó que empezara a abrir la boca fuera de guión para demostrar sus graves carencias. Apenas libró las elecciones por mucho menor margen al que se esperaba, y el ejercicio del poder sólo ha venido demostrando que, dejado a su propia suerte, le hubiera venido grande hasta una presidencia municipal de pueblo chico. Su frágil y vapuleado ego se exhibió con aquel triste “ya sé que no aplauden”, espetado a unos periodistas a los que seguramente vio cara de focas.

La cuestión es que a los presidentes del periodo post revolucionario se les pueden criticar sus mil defectos, pero jamás esta abulia, esta desidia con la que se maneja Peña. Ni siquiera la enfermedad y el carácter caprichoso de López Mateos (en quien sin duda Peña Nieto quisiera verse reflejado) le impedían imprimir su sello a su gobierno, y mientras pudo, él dio las órdenes y marcó el rumbo de su sexenio, aunque finalmente tuvo que delegar casi por completo la responsabilidad en Díaz Ordaz.

Queda a la suspicacia de cada quien el estimar si Peña Nieto es incapaz, medroso o meramente tonto. Ni siquiera los presidentes más débiles del siglo XX, Miguel de la Madrid y Entesto Zedillo, titubearon jamás para despedir a funcionarios que se habían exhibido ante la opinión pública, habían perdido su confianza, o habían fallado en su encomienda. A Peña en cambio le llevó siglos deshacerse de su antiguo padrino Chuayffet (para sustituirlo por otro aún más objetable pero fiel) y de Murillo Karam (por la vía del reacomodo ficticio). No parece haber tampoco ninguna prisa por derribar de su oficina a Gerardo Ruiz Esparza, quien a más de ser el responsable directo de la pifia del Paso Express de Cuernavaca, se regodea públicamente en redes sociales de su impunidad, exhibiendo la ausencia de carácter del presidente, si no es que su complicidad y complacencia.

Absolutamente ayuno de respeto dentro de su partido (como no sea dentro de su grupo cercano), el presidente se encamina a cerrar su sexenio con otro desastre si intenta imponer personalmente a un candidato. Aun la mera intención de ser “fiel de la balanza” sólo contribuirá a hundir más al tricolor. Todo porque su estilo personal de gobernar fue precisamente el no hacerlo, confiado en que podía dedicarse a recibir ovaciones y loas mientras los profesionales le sacaban la chamba. Craso error.

Mientras tanto, resulta curioso que en Veracruz el estilo personal de Miguel Ángel Yunes sea exactamente el que se esperaba de él. Yunes fue, es y será hasta la tumba una clara y terminada muestra del priismo más puro. Es, incluso, y a pesar de la chaqueta azul que falsamente porta, más priista de lo que jamás serán Peña Nieto o Javier Duarte. A la inversa, tanto Peña como el hoy sujeto a proceso en el Reclusorio Norte de la CDMX, son por ideología personal y estilo de gobierno mucho más panistas de lo que jamás será Yunes.

Yunes ejerce su poder de manera personalísima, con atención directa a todos los asuntos del gobierno del Estado. Sus colaboradores son precisamente eso, nadie tiene en su secretaría un coto personal de poder, sino que responde al gobernador y a su proyecto, en especial un secretario de gobierno pelele que sin mayor problema saldrá despedido en cuanto no sea útil.

La prueba final del refinamiento del estilo yunista será si logra imponer, bajo fachada democrática, a su cachorro como sucesor en un desplante dinástico hasta ahora inédito en México. Lo que será, al mismo tiempo, la trágica confirmación de la inversión de los valores democráticos de los veracruzanos.