No venden piñas

Mensaje directo

Por FABIOLA GUARNEROS SAAVEDRA

Era ingenuo pensar que la capital del país podía ser una isla en medio de un bosque incendiado por el narcotráfico 

Hay que decirlo con todas sus letras, porque no podemos permitir que siga pasando. El pasado jueves hubo un parteaguas en la historia de la Ciudad de México. Un antes y un después que tiene que hacernos entender, pero ya.

Por primera vez, hubo narcobloqueos en la capital del país. Sí, ese fenómeno que ya habíamos observado en Tamaulipas, Nuevo León, Jalisco, Michoacán y otras entidades, apareció ahora en Tláhuac, una de las delegaciones más pobladas de la urbe.

Los narcobloqueos son la forma virulenta de reaccionar de la delincuencia organizada cuando enfrenta un operativo para la captura de un capo. Cierran calles, queman vehículos, siembran el terror. Pero, sobre todo, expresan que la verdadera podredumbre no está en la superficie ni está representada por la solitaria figura de un capo, sino que está enraizada en lo más profundo, que está dentro de las casas, que está tejida con lazos familiares y vínculos donde la amistad se torna en complicidad.

Y no, nunca estuvo bien que surgieran estas reacciones fuera de la capital del país, y nunca debimos dejar que adquirieran cierto estatus de normalidad. Aun cuando la prensa nacional siempre ha dado cuenta de este fenómeno, alertando de su gravedad, también es cierto que quienes habitamos en la sede de los poderes federales nos asumíamos lejos de sus manifestaciones más explosivas.

Pero ya están aquí, aun cuando las autoridades capitalinas tratan a toda costa de bajarle intensidad a los hechos discursivamente, insistiendo que es un asunto de narcomenudistas y no de cárteles. Es decir, como si el comercio ilegal de estupefacientes obedeciera a una simple lógica mercantil de oferta y demanda, y no a una disputa territorial en la que intervienen grupos delincuenciales muy bien estructurados y dotados de armamento especializado.

Aún asumiendo que el narcomenudeo obedece a una lógica distinta a la de las grandes mafias, es obvio que quienes se dedican a esta actividad no están vendiendo piñas. Las actividades delictivas están conectadas y junto con la tiendita de drogas está el que extorsiona al tendero de abarrotes de la esquina, y el secuestro. Y junto a ellos hay una cadena en la que, desgraciadamente, muchos se involucran no para enriquecerse, sino lo ven como opción para obtener un ingreso que la economía formal no les ofrece de forma legítima.

Era ingenuo pensar que la capital del país podía ser una isla en medio de un bosque incendiado por el narcotráfico. La lógica más elemental haría pensar que este flagelo terminaría incrustándose en una de las zonas más vulnerables de la capital, la que hasta hace unos años todavía era zona plenamente rural, la que ha vivido una expansión de la mancha urbana sin que la alcanzara una justa distribución de la riqueza.

En Tláhuac vive mucha gente que de manera honesta acude a trabajar al resto de la capital y que de regreso vive un infierno por la saturación de sus vías de comunicación. La construcción de la Línea 12 debió haber sido una forma de conectarlas con el nivel de desarrollo del que ha gozado el centro de la metrópoli. Pero ya sabemos la historia en la que derivó dicha obra: de nueva cuenta, corrupción y malhechura estuvieron de la mano para aislar del crecimiento a una población que poco a poco ha sido carcomida por el narcotráfico.  El jueves atestiguamos la magnitud de ese hormiguero. Y júrelo que no se detendrá ahí.

Y a todo eso, sigue vigente la pregunta a la clase política: ¿y qué pasó con la ley de seguridad interior? ¿Dónde está la urgencia de los partidos políticos para resolver de una vez por todas la forma como el Estado ha de combatir a la delincuencia? ¿O están acaso esperando que alguien caiga para lucrar en vísperas del arranque del calendario electoral? ¿Es cuestión de cálculo o es prioridad? ¿Cuánto más tiene que avanzar el terror del narcotráfico para que les quede clara la urgencia?

A menos, claro, que tanto las autoridades de los tres niveles de gobierno como las dirigencias partidistas, simplemente tengan ganas de divertirse viendo cómo se incendia el bosque. Si es así, sálvese quien pueda.