Fonden, el barril sin fondo de la corrupción

Casa de Citas

Por Baltazar López Martínez

“Más que la civilización, la justicia es la necesidad del pueblo.”

– Pietro Colletta

“La justicia de las clases burguesas fue nuevamente como una red que permitió escapar a los tiburones voraces, atrapando únicamente a las pequeñas sardinas.”

– Rosa Luxemburgo

“La peor forma de injusticia es la justicia simulada.”

– Platón

El año pasado, al conmemorar los dos años del sismo del 19 septiembre, el presidente López Obrador hizo referencia al Fonden (Fideicomiso Fondo de Desastres Naturales) y dejó entrever sus intenciones de liquidarlo, al mencionar que hubo menos desgracias naturales pero que también disminuyeron las declaraciones de emergencia. “Hay menos desgracias por fenómenos naturales en todo este año”, dijo, “pero ha habido una disminución considerable de las declaraciones de emergencia que daban pie a hacer compras sin los trámites adecuados, sin licitar. Ha habido una disminución de recursos, hemos ahorrado muchísimo porque todo eso también se ha corregido”.

A mediados de mayo de este año, la bancada de Morena en la Cámara de Diputados propuso la cancelación de 43 fideicomisos que carecen de estructura orgánica, entre ellos el Fonden. Al respecto la nunca bien ponderada Dolores Padierna declaró que la iniciativa “plantea desaparecer el concepto de la ley, y derogar el artículo 37 constitucional que delimita su operación; sin embargo, no se deroga el artículo 9, que contempla la obligación de los estados y municipios de prever recursos para atender a la población afectada y los daños causados por desastres naturales”. La legisladora explicó también que su motivación se encuentra en que el resultado del manejo y administración de algunos fideicomisos; no ha sido la consecución de sus fines de creación, ni la transparencia ni el uso adecuado de los recursos públicos”.

El Fonden surgió como “un instrumento financiero mediante el cual dentro del Sistema Nacional de Protección Civil, a través de las Reglas de Operación del propio Fondo y de los procedimientos derivados de las mismas integra un proceso respetuoso de las competencias, responsabilidades y necesidades de los diversos órdenes de gobierno, que tiene como finalidad (…) atender los efectos de desastres naturales, imprevisibles, cuya magnitud supere la capacidad financiera de respuesta de la dependencias y entidades paraestatales, así como de las entidades federativas”. En pocas palabras, el Fonden soltaba un dinero inmediato, fresquecito, para remediar los daños a la infraestructura de las ciudades y comunidades ocasionados por el efecto pernicioso de fenómenos naturales como inundaciones, huracanes, terremotos, etcétera.

Como se supone que ese dinero debía aplicarse en condiciones de emergencia no había necesidad de una licitación ni de seguir los procedimientos rutinarios para el manejo de los dineros públicos, al contrario, se supone que se gastaba de inmediato por la urgencia de recuperar la infraestructura carretera, los caminos y las viviendas de los damnificados. Sobra decir que el Fonden se convirtió en un agujero monstruoso de corrupción, y que en cuanto caía una llovizna de regulares proporciones los gobernadores estaban ya frotándose las manos como las moscas, ya que la declaratoria de emergencia es sus territorios y municipios les dejaría un billetito fresco, abundante, difícil de rastrear, que podían embolsarse sin el menor pudor ni vergüenza, repartiéndolo entre autoridades, jefes, achichincles y gatos de menor calibre.

Acá en Veracruz cada año nos inundamos. Cada año nos pasa lo mismo. Por lo menos desde la inundación de 1999 el territorio veracruzano resiente a cada rato el pernicioso efecto de la crecida de las aguas. Hace ya veintiún años de ese suceso, y sin embargo parece que en todo ese tiempo poco o nada aprendimos en temas de protección civil. Con cada turbonada, cada lluvia copiosa estamos con el Jesús en la boca, nomás esperando a que los ríos y los esteros se salgan de madre para que nos den en la ídem, y tal parece que en lugar de avanzar retrocedimos en cuanto a capacidad de prever los desastres naturales, ya que una revisión somera de la historia recientes en cuanto a inundaciones, por ejemplo, nos deja ver que las víctimas cada vez fueron más numerosas, y las catástrofes mayores, como si los sistemas de protección civil tuvieran la polaridad invertida y en lugar de mejorar fueran empeorando, y de esa manera, año con año, nos tienen rezando la Magníficat a cada rato porque el río va para arriba.

Hay una razón muy clara para estar en esta situación de incertidumbre; se llama Fonden. Sí, el saber que contamos con dinero fresco y apoyos del Fondo Nacional de Desastres es lo que nos tiene jodidos. Si cada que llueve habrá manera de pellizcar algún dinerillo, no habrá una sola persona interesada en que la situación cambie. Los Huracanes Fidel y Duarte, que asolaron Veracruz, lo supieron bien, y con cada lluvia, cada deslave, cada crecida de los ríos, se apresuraron a declarar las emergencias con tal de que fluyera el dinero en abundancia, que fue a dar al barril sin fondo de la corrupción, mientras el sistema estatal de protección civil se caía a pedazos, y como muestra esta esa infamia, esa caricatura, esa tomadura de pelo que Duarte publicó como Atlas de Riesgo de Veracruz, que era una reverenda porquería, peor que si la hubieran hecho en MS-DOS y que parecía estar diseñada para correr en una maquinita de Atari. De verdad, cualquier estudiante de primero de secundaria puede hacer algo mucho mejor, con menos recursos, con el celular y en el baño. Así como lo leen.

Mencioné 1999 porque en ese año en Fonden empezó a operar ya con sus propias reglas. De inmediato los gobiernos estatales, como cerdos buscadores de trufas, empezaron a olfatear el dinero fresquecito, para gastarlo en bienes perecederos o difíciles de rastrear, cuando no para robárselo a lo descarado y dejar cuadradas las cuentas en el papel. Me tocó ver hace algunos años la “construcción” con asfalto de la carretera de acceso a Balcázar. La gente de la comunidad y de las localidades aledañas se estaba quejando de la calidad (si es que tenía alguna) de la obra. Fuimos. La obra, que estaba bajo la responsabilidad de la SCT era una porquería, un latrocinio descarado; ni siquiera era necesario conocer de caminos o de asfaltados para darse cuenta. El constructor esparció sobre el terreno enrazado con motoconformadora, una capa de gravilla con chapopote que en algunos tramos apenas alcanzaba, cuando mucho, unos cinco centímetros de espesor. Esa carretera se estaba haciendo con dinero de la federación proveniente del Fonden. ¿Cuánto crees que haya durado, lector, lectora? Exacto.

Como dijimos el Fonden resultó ser una mina de oro, al menos en Veracruz, donde además de los embates de la naturaleza tuvimos que padecer además los devastadores efectos del Huracán Fidel, y de su sucesor, el Huracán Duarte y después del Tifón Yunes y hasta estos días la Brisa Cuitláhuac. Fluyó el dinero a raudales con destino desconocido, porque los caminos siguieron siendo lodazales, las carreteras se convirtieron en empedrados y sistemas lacustres, y los damnificados siguieron jodidos, quejándose, y así habrían de seguir, porque están en el extremo de la hebra y les toca una migaja a modo de limosna, que no alcanza ni para mercar de nuevo la estufa, la cama y el ropero.

Quizá el máximo monumento a la corrupción del Fonden en Veracruz, lo que podría ser nuestra Estela de Luz, nuestra Barda de Refinería, nuestra Casa Blanca, lo constituya el asentamiento Arroyo del Maíz, en Poza Rica, un “fraccionamiento” que se desarrolló con dinero federal para reubicar a unos 800 damnificados de la inundación de octubre de 1999. La gente del gobierno agarró la onda de escoger una cañada que formaba parte de la reserva federal en Poza Rica para construir ahí las viviendas que habrían de albergar a las familias damnificadas por la crecida de las aguas. Pues bien, aquello fue un festín de ladrones, una robadera sin restricciones, una cosa tan de avergonzarse, tan deshonesta, tan carroñera, que faltan adjetivos y sobra indignación para mencionarla.

Los constructores y funcionarios, coludidos en la mezquindad, unidos por la infamia de robar a los más pobres, informaron de la construcción de las 800 y tantas viviendas, pero en realidad no llegaron ni a 600, aunque esas ratoneras de 25 metros cuadrados de ninguna manera merecen llamarse viviendas. Eran unas cajas de zapatos, lo que se llama pie de casa, que en las cuentas, las hojas de contabilidad y los reportes oficiales costaron una millonada cada una. Deberías de verlas, lector, lectora, para que puedas constatar el nivel de la infamia de esta gente. Ojalá todos esos corruptos fuesen condenados a prisión perpetua y los obligaran a cumplir su condena en sus propias “casas”, para que sepan lo que se siente estar dentro de una ratonera como esas, con los calorones de la canícula en Poza Rica. Para que se den una idea, las casas de Infonavit, que de por sí nos parecen pequeñas, tienen algo así como 60 metros cuadrados de construcción. Pues bien, en una casa de Infonavit caben dos “casas” de las de Arroyo del Maíz.

Y así por todos lados. En Tuxpan tuvimos decenas de obras del Fonden que nunca se ejecutaron, o que se ejecutaron a medias, en un vergonzoso contubernio de autoridades estatales, municipales, contratistas, supervisores, gente de los patronatos y demás. De la carretera a Balcázar, que en efecto duró apenas hasta la siguiente lluvia, se rumoró que la compañía constructora estaba relacionada de cerca con el supervisor de la SCT, que era además el delegado federal, lo cual no es de dudar porque así es como se hicieron y se hacen miles de negocios al amparo del poder. Por eso celebro la desaparición del Fonden. Ya basta de que la jauría hambreada le meta mano al dinero, y que se lo roben además a costa de la desgracia de otros. No entiendo qué entraña tiene alguien que roba a los más pobres, como en el caso del asentamiento de Arroyo del Maíz, nada más porque tiene la oportunidad de hacerlo. Pero de igual manera creo que no basta con cerrar el Fonden.

Hacen falta dos acciones fundamentales, una es meter a la cárcel a los ladrones que usufructuaron el dinero como si fuera suyo, y la otra es que la ayuda siga fluyendo en casos de emergencias, y que esta vez se ocupe en aquello para lo que se le destine, la reconstrucción del camino, las viviendas para los damnificados. Perdonen ustedes el escepticismo: ni una sola de esas ratas de dos patas pisará la cárcel, con eso de que lo suyo no es la venganza según dice el presidente López Obrador. Pero mal estamos cuando la justicia y la venganza se confunden. La venganza, en efecto, es un antivalor, que consiste en el desquite contra una persona o grupo en respuesta a una mala acción percibida. Es un antivalor porque persigue un objetivo injurioso antes que reparador, y consiste en forzar a quien haya hecho algo malo en sufrir el mismo dolor que él infligió.

Para entender la Justicia recordemos que se la representa como una mujer con los ojos vendados, una balanza en una mano y una espada en la otra. La venda indica que la Justicia no ve a las personas sino a los hechos; la balanza significa que se llega a la justicia mediante un juicio, en el que se exponen argumentos y pruebas y se sopesan. Por último la espada simboliza el castigo que se aplicará a los culpables. Hasta ahora el presidente López Obrador parece reconocer sólo uno de los elementos de la justicia, el mirar a los hechos, pero de juicio nada y de castigo menos. Y así no se puede acabar con la corrupción porque el monstruo que la alimenta se llama impunidad.