Cato, mi maestro

Casa de Citas

Por Baltazar López Martínez

Para Catalino L. Hidalgo Toscano, con muchísimo cariño.

“Creo que un gran maestro es un gran artista, y hay tan pocos como hay grandes artistas. La enseñanza puede ser la más grande de las artes, ya que el medio es la mente y espíritu humanos”.

– John Steinbeck

“El estudiante no está por encima de su maestro, pero todo el que esté perfectamente instruido será como su maestro”.

-Lucas 6:40

Mi maestro de cuarto año de primaria se llama Catalino Luciano Hidalgo Toscano. Pasaron ya más de cincuenta años desde que fui su alumno en aquella aula fría de la primaria “Miguel N. Lira”, de Santa Cecilia, y sin embargo lo recuerdo como uno de los maestros notables que tuve a lo largo de mi vida. Cato, como lo llamaban los demás maestros, era un jovencito también en esos años, alto, delgado, con una paciencia a toda prueba. De los años anteriores en la escuela tengo recuerdos muy vagos. Sé que el primer día, en mi primer año en la Miguel N. Lira perdí el suéter, y guardo memoria también de los desayunos escolares. Pero no más. En cambio, recuerdo las clases de Cato, el placer que me causaba estudiar en aquellos viejos libros que llevaban la efigie de Victoria Dorenlas, la modelo que pintó Jorge González Camarena en su cuadro “La Patria”, pintura que sirvió como portada de los libros de texto gratuitos de 1960 a 1972.

Como dije, Cato era un maestro muy paciente con la muchachada, pero como en todas las personas su paciencia tenía límites, y me tocó saberlo de primera mano una mañana en que nos mencionó a varios compañeros y a mí para pasar a la plataforma del frente, donde estaba el pizarrón. Para ponerlo en contexto, les diré que las bancas del salón eran de tiras de madera como de un metro con veinte centímetros de largo, cinco de anchura y dos y medio de espesor. Bueno, para cuando pasamos al pizarrón los otros compañeros y yo, en total unos seis o siete, Cato nos hizo ponernos frente al pizarrón, dando la espalda a los compañeros, y nos fue dando dos o tres tablazos en el trasero a cada uno. En realidad no nos asestó con mucha fuerza, porque lo único que consiguió fue sacudirnos el polvo de los pantalones, pero la vergüenza fue grande. “Y esto les volverá a para si se les llega a olvidar de nuevo la tarea”, dijo.

Esa misma tarde, cuando llegó a casa, mi mamá hizo la verificación que hacía todos los días con mi hermano José Luis y conmigo, cómo les fue en la escuela, ya hicieron la tarea, qué les dejaron que hicieran. Y pues que voy de chismoso y le cuento del par de tablazos que me había puesto Cato. “¿Cómo que te pegó el maestro, por qué?”, fue su respuesta. “Es que se me olvidó hacer la tarea”, le dije. “Bueno, pues mañana voy a ir a hablar con él, a ver qué pasó, me dijo. Yo estaba contento, creyendo que mi mami iría a defenderme del maestro. Estaba equivocado.

Al día siguiente, a la hora de la salida de clases, mi mamá se presentó en la escuela y abordó a Cato. “Maestro”, le dijo, “me dijo Balta que le dio ayer dos tablazos”. Yo estaba al lado de mi mamá con expresión de inocente víctima. Cato me echó una mirada de vas a ver, chismoso, y le dijo a mi mamá que sí, que ya nos había advertido que a la próxima que omitiéramos llevar la tarea nos iba a dar con la tabla. “Es que ya son varias veces que no la trae, o la trae incompleta”, dijo. Yo pensaba que esa la oportunidad para que mi mamita me defendiera. Pero no lo hizo. Su respuesta me sorprendió: “Muy bien, maestro”, le dijo, “estuvo muy bien que le diera con la tabla, es más, le voy a pedir que si le vuelve a llegar sin tareas le suene de nuevo; y yo me comprometo a sonarlo también en la casa, hasta que entienda que tiene que aplicarse”. Luego me fue regañando por todo el camino a la casa.

Yo amaba a esa escuela. Desde muy pequeño quería ir a la escuela. Aprendía con mucha naturalidad y tenía una gran curiosidad por conocerlo todo, curiosidad que no me abandona ni un solo día de mi vida. Pero esa misma curiosidad me hizo ser muy disperso; me costaba muchísimo trabajo concentrarme, estudiar sobre una sola materia, permanecer con una sola idea y desarrollarla. Quería saberlo todo, pero el día no me alcanzaba para nada. Me gustaba hacer las tareas, pero me distraía con facilidad. Para empeorar mi situación adquirí, sin saber cómo, un vicio que me persigue todos los días: el vicio de dibujar.

No puedo explicar cómo es, pero no hay un solo día de mi vida, una sola hora, en la que no piense como dibujante; no la hubo en los 35 años que duré retirado, y no la hay ahora que soy viejo. Dibujar es como la vida misma, es una necesidad abrasiva que experimento desde niño y que no me deja nunca, y que se fue manifestando en los cuadernos “Nevado” que con tantas dificultades me compraba mi mamá. Recuerdo su desconcierto porque los cuadernos no me duraban casi nada. Y cómo, si los llenaba de “monos”, como los llamaba ella, y lo peor fue que la realización de esos “monos” me absorbía tanto que se me pasaban las horas sin darme cuenta cómo.

Puede que haya polémica e ideas dispares y encontradas sobre el trato que les dan los maestros a sus alumnos. Las nuevas generaciones, amparadas por las recomendaciones de los organismos especializados en derechos humanos, insisten en que es nocivo para la psique de los alumnos el que el maestro se atreva siquiera a alzarles la voz, y darles dos tablazos como me dieron a mí es uno de los pecados que pueden costarle el empleo e incluso enfrentar una demanda penal. Que yo recuerde, los tablazos de Cato no me dañaron la psique, al contrario, me la corrigieron, porque a partir de ese acontecimiento no volví a faltarle con las tareas, ya que recurrí a la estrategia de hacerlas primero, y ya después dibujar. Como les dije, todo me interesaba, y encontraba una gran satisfacción en resolver problemas de geometría, o en estudiar con esmero las lecturas de comprensión y contestar los cuestionarios.

Como les dije, yo amaba a esa escuela, la vieja “Miguel N. Lira”, que estaba en el centro del pueblo de Santa Cecilia. En ese mismo año se habían inaugurado nuevas aulas en las afueras del pueblo, pero sólo estaban allá los alumnos de quinto y sexto año. El recorrido de la casa a la escuela era toda una experiencia. Mi hermano José Luis y yo teníamos que caminar a toda una media hora, urgidos siempre por doña Carmen, esposa del tío Benjamín, que nos llevaba casi al trote todos los días por senderos que atravesaban parcelas cubiertas de matorrales y plantaciones de magueyes, y uno tenía la oportunidad de ver chapulines, lagartijas, camaleones, aves, perros vagabundos y hormigas, sobre todo las fascinantes hormigas, que me hacía preguntarme siempre cómo es que regresaban a su hormiguero siendo tan pequeñas.

Rubén Alves dijo que “enseñar es un ejercicio de inmortalidad”, y lo es si pensamos que el conocimiento se transmite a través de las generaciones y en lugar de extinguirse perdura. De modo que uno viene siendo la suma de lo que aprende. Yo vuelvo poco a las parcelas de mi infancia, pero cuando lo hago recuerdo esos recorridos a través del campo, y recuerdo las lecciones y los consejos de Cato, que se esforzaba todos los días por enseñarnos la belleza de lo que nos rodea y de lo fascinante que puede ser el aprendizaje. Él, como muchos otros maestros, escogió dedicar su vida a transmitir el conocimiento, y es la tarea más noble, más alta, que puede emprender una persona.

A lo largo de mi vida tuve muchos maestros y maestras, que influyeron en mí de una manera u otra, en ocasiones de manera tan radical que cambiaron el rumbo de mi vida, porque no solo en las aulas puedes encontrar a quien te enseñe y te cambie. Yo mismo he sido instructor y a lo largo de los años aprendí que somos como eslabones de una cadena de conocimiento vivo, que mantiene a salvo la memoria colectiva y que de una manera u otra preservamos la herencia de los pensadores que nos precedieron, como protagonistas que somos de la epopeya humana sobre la tierra.

Cato fue uno de los primeros eslabones en mi cadena de conocimiento. La dedicación, el empeño, la alegría de aquel jovencito profesor de la vieja “Miguel N. Lira” me abrió los ojos al conocimiento, y hoy aprovecho para darle las gracias y para decirle que su esfuerzo dio resultados, y que aprendí de él la importancia de la disciplina, que formó parte del arsenal de mi vida, porque nunca volví a faltar con una tarea, y ya adulto nunca falté a mis compromisos o al trabajo. Muchas gracias, Cato, de verdad, por corregirme y sobre todo por enseñarme el amor por el conocimiento, lo cual como dije, es una de las obras más altas que puede emprender una persona con sus semejantes. ¡Gracias también por la fotografía, está genial!

Brad Henry dijo que “un buen maestro puede crear esperanza, encender la imaginación e inspirar amor por el aprendizaje”. Yo puedo dar testimonio de que así es.