Bajar la guardia

Casa de Citas

Por Baltazar López Martínez

“Si pueden hacerlo y tienen posibilidad económica, pues sigan llevando a la familia a comer a los restaurantes”.

– Andrés Manuel López Obrador

“El coronavirus es la obra de Dios para castigar a los países que nos han impuesto sanciones”.

– Emmerson Mnangagwa, presidente de Zimbabue

“A diferencia de aquella vez, hace diez años, en donde sí se consideró una emergencia sanitaria, hoy no consideramos una emergencia sanitaria y básicamente las características fundamentales, las características importantes que ayer comentábamos de por qué la epidemia del coronavirus no es una emergencia, tiene que ver con que hoy sí sabemos, a diferencia de lo que nos ocurrió como país hace 10 años, hoy sí sabemos cómo se comporta este virus y sabemos la velocidad a la que se propaga, sabemos la proporción de personas, el porcentaje de personas que pueden tener casos graves y también la proporción de personas que pudieran llegar a morir relacionado con que tienen edad avanzada, enfermedades crónicas y entonces tienen menor capacidad de recuperarse de esta infección”.

– Hugo López-Gatell Ramírez

“Nosotros, los pobres, somos inmunes al coronavirus”.

– Miguel Ángel Barbosa, gobernador de Puebla

Años y años de experiencia científica, con los mejores cerebros de nuestra generación estudiando los fenómenos de las epidemias, con megacentros de cómputo y toda clase de modelos matemáticos, con la transmisión de noticias en tiempo real, con los descubrimientos de vacunas y tratamientos, con gran parte de la comunidad científica sigue tras el virus y sus variantes en una carrera que no tenemos por qué denominar frenética pero sí muy acelerada, con los gobiernos dedicando fondos y recursos bajo la coordinación de organismos internacionales, la epidemia del coronavirus Sars-Cov2 sigue causando estragos, y ahora, en plena ascensión de la tercera oleada de contagios, tan numerosa como la de enero de este año y con el mismo comportamiento atípico y caprichoso, estamos como empezando, como si los dieciocho meses pasados no nos hubieran dejado ninguna experiencia, ninguna enseñanza, por dolorosa que sea.

Viene la enfermedad estragando a la gente, sobre todo a la gente pobre, porque es mentira que la enfermedad nos iguale. Entendemos que al inicio de la epidemia, en marzo de 2020, ante la ignorancia de los verdaderos efectos sobre la salud que ocasiona el nuevo coronavirus, la autoridad haya minimizado su alcance y su letalidad. Entiendo que el gobierno, al menos el de México, se la haya tomado a la ligera, asegurando que se trataba de una gripe nada más, molesta, pero sin mayores consecuencias, que dejaría cuando mucho (en un escenario catastrófico, catastrófico, catastrófico) unos 60 mil muertos (ahora llevamos más de cuatro veces esa cifra, y no se ve para cuándo se detenga). Pero vamos, ya tenemos la devastadora experiencia de año y medio de epidemia y tres oleadas de contagios como para decir que desconocemos la verdadera naturaleza de la enfermedad Covid-19.

Quiero decir que el gobierno ya bajó la guardia en todos sentidos, tanto el federal como el estatal y el municipal. Tal parece que nos abandonaron a la buena de Dios para que cada cual se defienda como pueda y que muera el que tenga que morir. Entiendo que uno es el ámbito de competencia de la autoridad y otro el del individuo, pero el burro no puede empujar a la carreta, y en este caso es la autoridad quien debe de indicar el rumbo y las acciones que como colectividad debemos seguir y emprender. Sin embargo, el cansancio, la apatía o la actitud típica del que ya se va y sólo piensa en la hora de echarle encima la carga a otro (dijera Vicente Fox, yo ya me voy, ya puedo decir cualquier tontería).

Hoy la autoridad actúa como si las palabras del médico López-Gatell cobraran nuevo sentido y actualidad, con un enorme desdén, porque en nombre del dinero y a causa de las presiones económicas todo está abierto y se presta a la movilidad social, y la gente anda en la calle como si nada, sin cubrebocas, sin observar la sana distancia, muy oronda, como si la epidemia fuese cosa del pasado y no una realidad que nos acecha a todos a la vuelta de la esquina. Dicen los médicos que estamos lejos de conseguir la inmunidad de rebaño, ya que sólo tenemos al treinta por ciento de la población vacunada y la cantidad de personas a quienes ya les dio y se recuperaron es insuficiente todavía como para cortar las cadenas de transmisión del virus.

El año pasado a estas alturas el presidente municipal de mi pueblo estaba dando una gran batalla contra el nuevo coronavirus, desinfectando todo lo que se pudiera, con perifoneo que advertía a la gente sobre el peligro invisible que acecha en las calles, con una vigilancia sobre los negocios que estaban abiertos y los aforos de compradores o comensales. Había una estrategia de comunicación con la sociedad, y al menos te quedabas con la idea de que la suerte de cientos de miles de tuxpeños no les era del todo indiferente. Paro ahora, nada. Nada. Los negocios funcionan al cien y pocos mantienen los protocolos sanitarios, sobre todo los antros y otros sitios recreativos.

Yo estoy de acuerdo que en el ámbito de lo individual cualquier ciudadano puede ir a un antro y contagiarse si así lo desea, o si lo dictamina el azar. Su cuerpo, su decisión. Y si van cien y se contagian y se mueren, que se mueran, porque al que por su gusto muere hasta la muerte le sabe. Pero el problema es cuando el interés de lo individual choca con el de la colectividad, porque todos esos que le juegan al valiente son focos de contaminación y contagio, ya que para cuando la enfermedad se manifiesta ya tienen la cantidad suficiente de carga viral para transmitirla. O peor, como es el caso de los asintomáticos, que sin saberlo andan regando la enfermedad. En todo caso las consecuencias son las mismas, enfermedad, sufrimiento, en los casos más o menos benignos, y la muerte.

Lo que estamos sobrellevando es una catástrofe de alcance mundial, no sólo por la cantidad de vidas que cuesta a diario, sino por las repercusiones económicas en nuestro mundo globalizado. Lean ustedes lo que pronosticó en 2015 el entonces presidente del Grupo Banco Mundial, Jim Yong Kim, en su discurso “Prosperidad compartida: Igualdad de oportunidades para todos”: “Si hoy se produjera un brote de influenza como el que causó la muerte de millones de personas en 1918, cobraría decenas de millones de vidas y su costo mundial alcanzaría a entre el 5 % y el 10 % del PIB mundial, es decir, unos US$4 billones a US$8 billones. Pero actualmente no estamos preparados para frenar una pandemia de ese tipo. Y, tal como ocurre con todos los desastres naturales, los más afectados serían los pobres”. Estas palabras apenas tienen una lejana semejanza con lo que nos ocurre en realidad, ya que la catástrofe es aún mayor, pero coinciden en un punto fundamental: los más afectados serían los pobres.

En el ámbito individual, yo veo a la gente cansada, hasta quizá, de las restricciones sanitarias. Yo veo a muchísima gente en la calle que anda como sin nada, en actitudes suicidas, rascándole las gónadas masculinas al tigre, sin percatarse de que es necesario cuidarse, por el bien propio y el de los familiares, amigos y vecinos. Esto es peor que una guerra, porque no tiene frentes y el enemigo es invisible. Rafael Fernández de Castro escribió: “Lo que estamos viviendo es la gran interrupción del mundo, la gran amenaza desde la Segunda Guerra Mundial. Nada había afectado tanto al mundo y los flujos cotidianos del mundo. Claramente no esperábamos este tipo de amenaza”.

Falta mucho para que la epidemia concluya. Mientras, es necesario seguir cuidándonos. Yo entiendo que la gente debe salir a buscar el pan, eso me queda bastante claro, pero incluso en medio de la necesidad es posible cuidarse, usar mascarilla, lavarse las manos o echarse gel desinfectante, evitar tocarse la boca, la nariz o los ojos, estornudar sobre el codo o en una servilleta de papel, mantenerse a distancia de otras personas. ¿Acaso es tan difícil, neta? Esto va para largo, y tenemos que incorporar y normalizar las reglas de higiene y de cuidado propio y de los otros. “Navegando en la pandemia de la Covid-19: nos hemos subido al bote salvavidas. La tierra firme queda lejos”, dijo el epidemiólogo Marc Lipsitch.

Yo creo que usar mascarilla es un gesto de amor al prójimo, porque la autoridad la recomienda para evitar que las personas enfermas contagien a las sanas. De ninguna manera indica superioridad moral o menosprecio hacia los demás. Implica el cuidado de uno mismo y de los otros. Entendemos que todos, debido a la naturaleza aleatoria de la epidemia, tarde o temprano, habremos de contagiarnos del nuevo coronavirus, pero podríamos posponer ese momento lo más posible, para cuando haya medicamentos eficaces y se conozca cómo evitar que se agrave o muera. Y luego tenemos el tema de las vacunas. Hace un año clamábamos al cielo porque las hubiera, hoy, por increíble que parezca, hay miles de personas que se rehúsan a vacunarse.

Hay algo que nos está faltando como individuos y sociedad. Lo dijo Tedros Ghebreyesus, director general de la OMS, al inicio de la pandemia: “Mantente a salvo, sé inteligente, sé solidario”. Eso, tenemos que ser inteligentes y solidarios, pero eso nos cuesta mucho, inmersos como estamos en un feroz individualismo que nos enclaustra en una burbuja en la que pensamos que nada habrá de ocurrirnos, en el sálvese quien pueda que forma parte de nuestra naturaleza, en la misma desafiante actitud de Caín, quién preguntó si acaso era el guardián de su hermano. Nos falta empatía, nos falta amor al prójimo. En eso consiste nuestra tragedia.