Delincuencia organizada y migración

Por Ricardo Homs

Es notorio que hay muchas interrogantes respecto a las desapariciones forzadas. El mayor porcentaje de desapariciones son de gente muy joven. Sin embargo, poco se habla de este lamentable fenómeno que no preocupa a los funcionarios de los tres niveles de gobierno, no obstante, su gravedad. Generalmente este fenómeno se vive en las colonias populares, que es donde están las familias que son invisibles para las autoridades.

Esta es una importante pregunta que debemos hacernos, pues mientras las autoridades dan vuelta a la hoja y cada persona desaparecida simplemente se convierte en un número más de la estadística, las familias de las víctimas quedan destrozadas.

La incógnita mayor surge cuando la familia no recibe comunicación de los secuestradores para pedir rescate.

No es difícil imaginar que las adolescentes y mujeres jóvenes que desaparecen tengan como fin el comercio sexual, pero ¿Cuál será el destino de los muchachos que son víctimas de este fenómeno?

Esto debiese despertar curiosidad de las autoridades, pero no sucede.

Definitivamente, la sociedad mexicana ha perdido la capacidad de asombro, pues la creatividad de la delincuencia organizada no tiene límites. Hoy nada nos sorprende.

En un reportaje de una cadena de televisión, al entrevistar a un joven mexicano del centro del país respecto a su motivación para iniciar esta larga travesía y tratar de internarse en territorio norteamericano, descubrimos que antes que mencionar problemáticas económicas o de falta de oportunidades laborales, refirió el acoso de la delincuencia organizada para que se integre a sus filas. Él mismo hizo un recuento frente a las cámaras del triste destino de sus amigos, que habían sido reclutados en contra de su voluntad. Los que no estaban en la cárcel, habían fallecido violentamente en un enfrentamiento con bandas rivales, policías o la guardia nacional. Del resto de ellos no se sabía nada.

A diferencia del centro y el sur de nuestro país -donde el reclutamiento de sicarios es en contra de la voluntad de los enrolados-, en el norte ya existe desde hace muchos años una cultura favorable a la mitificación del estilo de vida de los grandes capos, quienes terminan siendo admirados por la gente joven, que los ve como un modelo a seguir.

Es el dinero fácil, así como el ejercicio del poder y acceso a bellas mujeres ese gran motivador que los hace receptivos a las ofertas de empleo. Por su parte, las jovencitas ven a estos muchachos que ya forman parte de alguna organización delictiva como un gran partido, no para formar una familia, sino como un medio para alcanzar una vida de lujos.

Atrás quedó la época en que, en todo México, generación tras generación, se fueron formando ciudadanos responsables que aspiraban a construir un patrimonio como resultado de su esfuerzo y dedicación, y su sueño era formar una familia.

En contraste, la aspiración por el dinero fácil y rápido construyó una nueva cultura que estimula la delincuencia organizada, lo cual se fortaleció con el resentimiento que promueve el populismo político, que interpreta quitar a los demás el patrimonio que han formado a lo largo de los años, como un acto de justicia social.

En este contexto, ¿qué más da quitar a otros su patrimonio a través de políticas públicas populistas, sustentadas en ideologías; o a través de la violencia que genera la delincuencia organizada? El medio utilizado para lograrlo es lo de menos.

“El juego del calamar”, esta serie televisiva creada en Corea del Sur y transmitida por Netflix con un desbordante éxito, describe la desesperación económica de varios jóvenes que son invitados a participar de un juego macabro que tiene como bolsa, o premio, una cantidad multimillonaria, aunque para logar obtenerla se arriesga la vida con un altísimo porcentaje de posibilidades de morir en el intento. Esto que nos describe “el juego del calamar” es lo mismo que hoy sucede en México con la carrera delictiva. Los jóvenes, seducidos por la delincuencia, prefieren una vida muy corta con altas posibilidades de una muerte violenta, pero compensada con dinero y poder, en lugar de una larga vida con limitaciones económicas.

El escenario es peligroso por la conjunción de factores: pérdida de autoridad y de respeto por parte de las instituciones que tienen la responsabilidad de garantizar seguridad a la sociedad. A esto sumamos la cultura del dinero fácil en estos segmentos de población joven y, por último, el desprestigio al que se ha sometido el poder judicial, desde el poder ejecutivo federal.

El desgaste al Estado de Derecho propicia la justicia por propia mano, que se administra en muchas comunidades donde se han practicado linchamientos violentos contra delincuentes, así como el surgimiento de autodefensas para compensar ausencia de protección gubernamental.

A esto añadamos el efecto de las narcoseries y el discurso populista que justifica el robo y despojo como respuesta a la pobreza, nos da un escenario preocupante.

¿A usted qué le parece?

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