PRIMICIAS
Por Vicente Martínez
La izquierda necesita recuperar algo que no debió perder: su capacidad de formar liderazgos, abrir espacios a las nuevas generaciones y dignificar la política desde el servicio público. No basta con identificarse con una corriente ideológica o hablar en nombre de sus principios; hay que demostrarlo con acciones, congruencia y respeto hacia los demás.
La democracia necesita más liderazgos generacionales. Las formas de vida son cada vez más diversas y las juventudes tienen nuevas inquietudes y maneras de entender su participación en la sociedad. ¿Qué está pasando con la política que ya no consigue convencer a tantos jóvenes? ¿En qué momento se dejaron de construir espacios para escucharles y reconocer sus capacidades?
Lo digo desde mi propia experiencia. Formé parte de un proyecto político que apostaba por el reconocimiento y la participación de las juventudes. Sin embargo, he visto cómo esa esencia se ha ido perdiendo. Este fin de semana fui testigo de un incidente en el que se atropellaba la labor de un joven artista desde las propias estructuras del régimen. Es una situación que merece reflexión: ningún funcionario público debería ejercer su responsabilidad desde la soberbia ni utilizar su posición para minimizar el trabajo de los demás.

La izquierda no puede reproducir las prácticas que durante años cuestionó. No puede hablar de justicia social mientras excluye, ni defender a las juventudes únicamente cuando necesita su respaldo político. Los jóvenes no son acompañantes de campañas ni figuras decorativas: deben tener espacios reales de participación.
Recuerdo, por ejemplo, la labor que encabezó Daniel de Jesús Yáñez, un hombre de izquierda con quien tuve oportunidad de colaborar durante su paso por la Dirección de Juventud, antes de llegar a la regiduría. Aquella experiencia representó una apuesta por incorporar a las nuevas generaciones a la vida pública, reconocer sus inquietudes y darles participación.
También hay referentes políticos cuyas trayectorias forman parte de la memoria pública: en Poza Rica, Marcos López Mora; en Veracruz, Fidel Herrera Beltrán y Ángel Álvaro Peña; y en el ámbito nacional, Cuauhtémoc Cárdenas. Más allá de sus distintas trayectorias y contextos, sus nombres permiten reflexionar sobre la importancia de construir liderazgos con identidad, presencia y compromiso público.
No se trata de idealizar el pasado, sino de aprender de quienes dejaron una huella en la política. Dignificar la izquierda significa recuperar sus principios, ejercer el poder con humildad y entender que los cargos son temporales, pero el ejemplo permanece.
Ojalá podamos formar servidores públicos de gran valía, capaces de honrar sus convicciones con hechos. La izquierda no necesita más consignas: necesita congruencia, respeto y liderazgos que vuelvan a abrirle las puertas a las nuevas generaciones.

