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El fin de Max Arriaga, el naco de la educación

Lo que pasó hoy en las oficinas de la Secretaría de Educación Pública no puede analizarse únicamente como un “intento de desalojo”, como lo presentó públicamente Marx Arriaga Navarro. Lo difundido en sus propias redes sociales, fue narrado bajo una lógica de persecución política que busca colocarlo como mártir de una causa educativa. Sin embargo, detrás del dramatismo y las frases grandilocuentes, lo que asoma es una preocupante falta de autocrítica y una actitud más cercana a la confrontación que al diálogo.

Arriaga, quien encabezó la elaboración de los nuevos libros de texto bajo el modelo de la Secretaría de Educación Pública, convirtió un procedimiento administrativo —sea regular o no— en un espectáculo político. “Que me esposen”, dijo frente a la cámara, como si el debate pedagógico se resolviera con consignas y no con argumentos sólidos, evidencia técnica y apertura al escrutinio público.

Más grave aún es el trasfondo de su gestión. En un país que exige mayor igualdad sustantiva, los señalamientos sobre la mínima representación femenina en los libros de Historia marcaron una diferencia entre lo que progona Claudia Sheinbaum y él. La negativa a corregir o ampliar la perspectiva de género en materiales oficiales revela no solo rigidez ideológica, sino una desconexión preocupante con las demandas sociales actuales. La educación pública no puede ser rehén de visiones cerradas ni de egos personales. Por ello el que le llame “naco”.

Resulta paradójico que quien impulsó comités paralelos para “defender” la llamada Nueva Escuela Mexicana cuestione ahora los canales institucionales cuando estos no le favorecen. Las instituciones no pueden operar a capricho de funcionarios que, cuando pierden respaldo político, apelan al discurso de la persecución.

Más que víctima, Arriaga se muestra como un funcionario incapaz de reconocer límites y de aceptar que el servicio público implica rendición de cuentas. La educación de millones de niñas y niños merece seriedad, inclusión y altura de miras. No discursos incendiarios ni escenas de confrontación grabadas para redes sociales.

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