COLUMNISTAS

Trump y Sheinbaum coordinan seguridad nacional

POR ÁNGEL ÁLVARO PEÑA

La confirmación de la Secretaría de la Defensa Nacional sobre la colaboración con Estados Unidos en el operativo donde fue abatido Nemesio Oseguera Cervantes marca un punto de inflexión en la relación bilateral en materia de seguridad. No se trata de subordinación ni de cesión de soberanía, sino de una coordinación estratégica frente a un enemigo común que durante años sembró violencia dentro y fuera del país.

El líder del Cártel Jalisco Nueva Generación cayó en Tapalpa, Jalisco, tras un enfrentamiento con Fuerzas Especiales mexicanas. Siete integrantes del grupo criminal murieron; tres militares resultaron heridos. La operación, según el comunicado oficial, fue planeada y ejecutada por México, con información de inteligencia complementaria proporcionada por autoridades estadounidenses. La precisión del lenguaje importa: cooperación no es intervención.

Desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, la presión política sobre México en materia de combate al narcotráfico aumentó. Sin embargo, el gobierno de Claudia Sheinbaum optó por una ruta pragmática: coordinación con inteligencia extranjera, pero ejecución nacional. La propia embajada estadounidense subrayó que la operación fue realizada por fuerzas mexicanas. Ese matiz es clave para entender que la soberanía no se negoció.

El abatimiento de Oseguera Cervantes no fue un hecho extraño. En septiembre de 2024, su hijo, Rubén Oseguera González, alias “El Menchito”, fue condenado a cadena perpetua en Estados Unidos. En agosto de 2025, México extraditó a Abigael González, “El Cuini”, presunto cerebro financiero del grupo. La DEA incluso ofrecía 15 millones de dólares por información que condujera al Mencho. El cerco era internacional. Pretender que México debía enfrentar solo una estructura criminal transnacional habría sido ingenuo o irresponsable.

Las reacciones no tardaron. El subsecretario estadounidense Christopher Landau calificó la muerte del capo como “un acontecimiento importante para México, Estados Unidos, América Latina y el mundo”. En México, el reconocimiento institucional fue para el Ejército, la Fuerza Aérea y la Guardia Nacional. La presidenta llamó a mantener la calma ante los bloqueos y la violencia desatada en Jalisco y estados vecinos. Golpear a una organización de ese tamaño inevitablemente genera reacciones violentas. Pero la alternativa —no actuar— perpetúa la impunidad.

Durante años, la narrativa política redujo la cooperación con Washington a un falso dilema: o soberanía o colaboración. La realidad demuestra que ambas pueden coexistir. El crimen organizado no reconoce fronteras; la inteligencia tampoco debería hacerlo. Cuando el tráfico de fentanilo, armas y recursos financieros fluye entre países, la respuesta fragmentada solo fortalece a los cárteles.

La relación Trump–Sheinbaum, más allá de diferencias ideológicas evidentes, encuentra aquí un terreno común: resultados. Washington obtiene un golpe simbólico y operativo contra uno de los capos más buscados del mundo. México demuestra capacidad táctica, liderazgo en la ejecución y control del territorio. No es una victoria absoluta —ninguna lo es en esta guerra prolongada—, pero sí un mensaje contundente.

La cooperación bilateral en seguridad siempre será incómoda políticamente. Pero la política no puede anteponerse a la vida de los ciudadanos. Si la información compartida permitió ubicar y neutralizar a un objetivo prioritario que desató años de violencia, entonces la colaboración fue no solo legítima, sino necesaria.

La clave ahora será evitar triunfalismos y fortalecer las instituciones civiles, el control territorial y la reconstrucción del tejido social en las regiones golpeadas. Porque abatir a un líder no desmantela por sí solo una estructura criminal. Sin embargo, negar la importancia de este operativo sería minimizar un hecho que cambia el tablero.

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