Héctor Yunes Landa en su peor momento
Hay semanas complicadas en política, pero la que acaba de vivir Héctor Yunes Landa parece sacada de una tragicomedia.
La semana pasada al expriísta literalmente “lo fueron” del PRI. No porque se haya tratado de una persecución interna, sino porque dentro del partido ya no estaban dispuestos a seguir cargando con un liderazgo desgastado que, para muchos, llevaba años sobreviviendo electoralmente más por las siglas que por el respaldo ciudadano.
Y es que el problema no era solamente político. También era práctico.
Dentro del priismo veracruzano comenzó a crecer la percepción de que Héctor Yunes seguía buscando otra posición plurinominal federal, otra candidatura cómoda, otra oportunidad de representación proporcional… pero ahora a costa del trabajo político de otros cuadros que sí continúan construyendo estructura territorial y presencia partidista.
Porque mientras dirigentes, operadores y militantes como Adolfo Ramírez, Lorena Piñón, Ana Rosa Valdés, Carolina Gudiño, su compadrito Dalos Ulises y hasta Vicente Martínez —sí, esto último ya entra un poco en la sátira política— hacen lo suyo para mantener vivo al PRI en Veracruz, Héctor parecía empeñado en seguir orbitando alrededor del partido sin asumir realmente el desgaste que implican las campañas de tierra.
Y el PRI, guste o no, terminó poniendo un límite.
La ruptura dejó claro que el partido ya no quiere cargar eternamente con figuras históricas que siguen buscando posiciones sin generar necesariamente crecimiento político real. En otras palabras: se acabó el tiempo donde ciertos apellidos tenían garantizado espacio automático.
Por eso la salida de Héctor Yunes no se sintió como una rebelión heroica.
Y mientras eso ocurría, la semana todavía guardaba más capítulos.
En entrevista con Grupo Fórmula, el propio exlegislador confirmó que existe una orden de aprehensión y una orden de cateo en su contra, elevando todavía más la tensión política alrededor de su figura.
Como si eso no bastara, también terminó denunciando que fue asaltado mientras corría en playas de Boca del Río. Un sujeto le arrancó una cadena y escapó. Héctor grabó un video mostrando una gorra presuntamente olvidada por el ladrón y diciendo que “ahí debía estar el ADN”.
La imagen terminó siendo casi una metáfora involuntaria de su momento político: solo, molesto, grabándose con el celular y tratando de demostrar que todavía puede dar pelea.
Pero quizá el dato más importante es otro: el viejo modelo político donde ciertos personajes podían vivir indefinidamente del prestigio acumulado parece agotarse poco a poco.
El PRI, con todos sus problemas actuales, entendió algo básico: no podía seguir permitiendo que algunos cuadros buscaran eternamente posiciones sin asumir costos, riesgos ni renovación.
Y Héctor Yunes, acostumbrado durante años a moverse dentro de la comodidad del apellido y la estructura, terminó descubriendo que ya no todos estaban dispuestos a seguir abriéndole espacio.
A veces la política cambia de generación.
Y a veces también cierra la llave.

