Política y gobierno en conflicto

 

Por Ricardo Homs 

No es lo mismo hacer política que gobernar. Los activistas sociales generalmente no son buenos gobernantes.

Parece ser que quienes hoy gobiernan México no entienden que la administración pública es el alma de la gobernanza y su único objetivo es alcanzar eficiencia y logros y, -por tanto-, necesita conocimientos y experiencia. 

En contraste, la política simplemente moviliza a la sociedad y por ello requiere de grandes propagandistas. 

La improvisación no tiene cabida en este mundo complejo y globalizado de hoy.

La famosa frase del presidente Luís Echeverría de que Hacienda se maneja desde Los Pinos” es inaceptable el día de hoy, pues en un mundo globalizado e interconectado, la economía, -entre otros temas de la administración pública-, se transforma cada vez más en una actividad estratégica compleja.

El grave problema que vivimos es que los cargos de la administración pública tradicionalmente se convierten en el botín con el que se pagan méritos políticos o compromisos de campaña y por tanto, llegan a la administración pública personas incompetentes, que pretenden tomar decisiones que debiesen ser enfrentadas por funcionarios públicos altamente especializados en cada uno de los temas. Así vemos que estos improvisados se comportan de forma caprichosa y autocrática, pues la soberbia del político le hace suponer que el poder político le otorga también sabiduría.

A todas estas consideraciones expresadas debemos añadir que el presidente López Obrador se ha estado rodeando de muchos funcionarios incompetentes, cuyo único mérito es la lealtad ciega a su persona, aunque no tengan el mínimo de capacidades técnicas para enfrentar los retos profesionales del cargo asignado. También, -por supuesto-, los hay brillantes y de gran trayectoria, pero son los menos.

La habilitación de funcionarios públicos sin experiencia es notoria por su impacto en el agravamiento de los grandes problemas, como la violencia que crece de forma exorbitante, la desaparición de personas es alarmante, pues es un fenómeno social que ha rebasado las cifras de gobiernos anteriores. Ni siquiera la corrupción se ha frenado aún siendo un compromiso de campaña, pues esta práctica dañina para el país no se combatirá sólo con buenas intenciones presidenciales, -e incluso-, ni con la más sana buena voluntad. Se combate la corrupción con un proyecto sistemático de control y además, sanciones ejemplares, donde también sean castigados sus colaboradores cercanos, amigos y familiares si caen en la tentación.  

Por todo lo anterior, se debe rescatar la Ley del Servicio Profesional de Carrera en la Administración Pública Federal, proyecto impulsado por el presidente Vicente Fox en 2003 y reformado por la Cámara de Diputados en 2006.

Debemos reconocer que la visión funcional de la administración pública tradicional puede carecer de la sensibilidad humanista que garantice la equidad social y la protección a los grupos vulnerables. Esta visión seguramente fue un gran pendiente de graves alcances que olvidaron los gobiernos anteriores, donde sí participaban grandes y reconocidos tecnócratas. Sin embargo, siempre los extremos son igualmente dañinos y hoy con un exceso de política y poca visión orientada a resultados, México se enfrenta hacia un retroceso de casi 50 años, con grave impacto económico y social. 

A final de cuentas el presidente López Obrador prometió durante su campaña resolver los grandes problemas del país. Sin embargo, nunca ha habido un proyecto operativo y funcional que sustente sus promesas y ante el fracaso, simplemente reparte culpas. 

Los grandes líderes generalmente se rodean de gente valiosa y experimentada que tiene mucho que aportar al país en el ámbito de su especialidad, pues opera con libertad de criterio. A final de cuentas, los méritos de los grandes equipos de trabajo se lo llevan los líderes carismáticos.

Los funcionarios públicos más competentes de México se deben dedicar a operar la maquinaria gubernamental y deben ser evaluados con la objetividad de sus logros y no con argumentos subjetivos.

Tenemos como presidente a un gran líder que conecta con las mayorías, pero está solo en la operación gubernamental porque él se ha rodeado de colaboradores leales, – que no resuelven ni toman decisiones propias, pero canalizan las indicaciones del jefe-, quien lo mismo interviene en los temas económicos, que en los ambientales, o los de salud, o de seguridad pública o incluso jurídicos, mientras un gran número de subordinados asienten la cabeza o terminan siendo desacreditados públicamente cuando toman una postura independiente, como le sucedió algunas veces al secretario de hacienda, Arturo Herrera, -que hay que reconocerlo-, contaba con la formación profesional y experiencia para el cargo, después de haber formado parte del equipo cercano del también secretario de hacienda, Carlos Urzúa.

Por tanto, ¿Es mucho pedir menos demagogia política y mejores resultados de gobierno?

 

¿A usted qué le parece?

 

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