COLUMNISTAS

¿El proyecto de nación?

 

Por Ricardo Homs

Generalmente los candidatos a la Presidencia de la República iniciaban sus actividades proponiendo un proyecto de gobierno que reflejaba una visión de país. Eso fue un prerrequisito para iniciar una campaña, por lo menos hasta el gobierno anterior.

Ahora vemos que las corcholatas morenistas sin ningún pudor, -y transgrediendo la legislación electoral-, han iniciado una campaña electoral visitando incluso varios estados realizando incluso actos multitudinarios donde incluso no han faltado los espontáneos que les lanzan el título: “presidente… presidente”. Se sonrojan, pero lo aceptan.

Esta ha sido la constante en los eventos de Claudia Sheinbaum, Adán Augusto López y Marcelo Ebrard. Actos de campaña basados en su persona, pero sin convocar siquiera a un proyecto de país, que tenga una estructura estratégica y programática.

Andrés Manuel López Obrador llegó a la presidencia a partir de asumir una posición opositora a la corrupción de la elite gubernamental tecnócrata, lo cual le convirtió, -más que en un político-, en un activista social que podría prescindir de un proyecto de gobierno, que en contraste sí tenían Ricardo Anaya y José Antonio Meade, sus competidores del PAN y PRI. 

A cambio de no tener ningún proyecto que ofrecer, -más que ocurrencias coyunturales que surgían de su limitada visión de estado-, se aferró a sus tres proyectos icónicos: Acabar con el aeropuerto  de Texcoco y ofrecer a México uno muy modesto denominado AIFA; la refinería de Dos Bocas y el Tren Maya.

La subjetividad de decisiones tan importantes como la cancelación de la obra del aeropuerto de Texcoco y la conversión del aeropuerto militar de Santa Lucía en el Aeropuerto Felipe Ángeles para sustituir al proyecto cancelado, -se acredita según muchas fuentes-, a la intervención del ingeniero José María Riobóo, quien insistió para que el presidente tomase esta decisión. Eso muestra la falta de sustento racional y técnico de una decisión tan importante como ésta.

Sin embargo, que en este sexenio no hubiese un verdadero proyecto de gobierno, -aún con tan alto costo para nuestro país-, se deriva de las circunstancias que dieron por resultado el triunfo de López Obrador.

El electorado no votó ni por un proyecto de gobierno, ni por una visión de país. Fue el “voto de castigo” al presidente Peña Nieto y su gobierno. 

Entre el carisma personal y el voto de castigo, este activista social logró de modo inusual obtener la presidencia.   

Un gobierno reactivo como éste, -siempre a la defensiva y pensando en las elecciones y el poder-, está lejos de la administración pública, la eficiencia y los logros. Por tanto, el organigrama donde se ubican los tomadores de decisiones se compone de gente improvisada para el cargo asignado. Políticos habilitados de funcionarios públicos, que por ignorancia cometen graves errores y grandes abusos.

Sin embargo, la historia nos refiere a que después de un gobierno de determinado perfil, es substituido por otro que representa los valores opuestos.

El próximo presidente deberá ser un reconstructor de los graves errores cometidos por el presidente López Obrador y su gobierno.

Si el próximo presidente no tuviese este perfil, se convertirá en un mandatario débil, que será rebasado por las circunstancias y las exigencias de la sociedad a través de sus instituciones.

Sólo rodeándose por gente de gran experiencia y solidez profesional y prestigio, -aunque no sean morenistas-, y dándoles la autoridad para tomar decisiones en el ámbito de las atribuciones de su cargo, podría un presidente de perfil totalmente político gobernar todo un país de la importancia de México. No es lo mismo gobernar a la Ciudad de México, -o a una entidad federativa-, que al país entero, incluyendo las relaciones con la comunidad internacional.

Un acierto del presidente López Obrador fue dejar a cargo de la Secretaría de Hacienda a economistas de larga experiencia y permitirles tomar decisiones, así como dejar en libertad al Banco de México.

El próximo candidato presidencial de Morena debe realizar campaña con un proyecto de país más allá de la demagogia lopezobradorista y con un programa de gobierno sólido, para no ofrecer promesas de campaña sin sustento. Al candidato López Obrador se le permitió actuar con ligereza por su carisma y el costo de oportunidad. 

El próximo presidente siempre tendrá sobre su cabeza, -como “espada de Damocles”- el proceso de “revocación de mandato” a la mitad de su sexenio. Sus logros o fracasos definirán si tendrá la oportunidad de concluir su sexenio.

Más vale que esté bien preparado. 

 

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