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Ningún delito contra periodistas debe normalizarse

La noche del viernes 12 de junio, la vivienda del periodista Edgar Hernández fue objeto de un robo en Xalapa.

De acuerdo con la información difundida tras el hecho, fueron sustraídos un vehículo, televisores, ropa, relojes, joyas, documentación personal, fotografías, reconocimientos, muebles y materiales vinculados con su trabajo periodístico. Entre lo reportado también se mencionó la pérdida de archivos e información considerada sensible por su entorno.

La escena dejó algo más que una afectación patrimonial. Una familia obligada a regresar a una casa alterada, planes suspendidos y una explicación difícil frente a quienes todavía creen que el hogar sigue siendo el lugar más seguro.

Edgar durante años ha ejercido el periodismo de opinión y el análisis político con una línea editorial crítica frente al poder público. En semanas recientes publicó contenidos relacionados con personajes centrales de la vida política estatal y abrió espacio a voces que participan activamente en la discusión pública.

Por eso la exigencia no es construir teorías ni repartir culpas desde esta columna.

La exigencia es investigar.

Corresponde a la Fiscalía General del Estado definir líneas de investigación, integrar evidencia y establecer si se trató de un robo patrimonial o si existen elementos adicionales que deban incorporarse al expediente.

También corresponde revisar si hubo vigilancia previa, rutas de salida, registros de videovigilancia, tiempos de respuesta y cualquier dato que ayude a reconstruir lo ocurrido.

El caso tiene relevancia pública porque involucra a un periodista y porque ocurre en un estado donde la seguridad y la libertad de expresión siguen ocupando espacio en la conversación cotidiana.

Las autoridades estatales y municipales cuentan con recursos, estructura operativa y responsabilidades legales. La expectativa social frente a un hecho como este no requiere discursos amplios ni posicionamientos políticos.

Requiere resultados.

Esclarecer quién entró, cómo ocurrió y recuperar la confianza de que denunciar todavía sirve para algo.

Eso es lo que hoy merece Edgar Hernández.

Y también cualquier ciudadano.

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