Centro de las Artes Indígenas a 20 años: la verdadera deuda histórica

PRIMICIAS

Por: Vicente Martínez

He cubierto Cumbre Tajín durante los últimos diez años y he sido testigo de sus alcances como uno de los proyectos culturales más importantes de Veracruz. Por eso, al conmemorarse los veinte años del Centro de las Artes Indígenas (CAI), es inevitable preguntarse qué ha pasado con aquella grandeza que imaginamos para la cultura totonaca.

Mi expectativa es que Cumbre Tajín y el CAI recuperen su fuerza y proyección. Reconozco la labor de quienes integran este proyecto y mantienen vivos los conocimientos ancestrales; sin embargo, al Centro de las Artes Indígenas le hace falta mucho más apoyo del Gobierno del Estado. Su trayectoria necesita recursos suficientes, mejores condiciones laborales y una política cultural permanente.

Un dato que conocí durante la celebración más reciente refleja parte de esta problemática: los talleristas recibían alrededor de dos mil pesos por sus actividades de lunes, miércoles y viernes. Detrás de esa cantidad hay personas que se trasladan desde sus hogares, consiguen materiales y preparan clases para transmitir sus conocimientos. Las áreas de Cultura y Turismo deben asumir su responsabilidad y garantizar condiciones dignas para quienes preservan este patrimonio.

La cultura no puede sostenerse únicamente con voluntad. Su protección requiere presupuesto, inversión y decisiones públicas que permitan mantener estas actividades durante todo el año, no solamente durante los días del festival.

También es indispensable reconocer a Marta Soledad Gómez Atzyn, al maestro Humberto García y a Romualdo García de Luna, quien preside Consejo Supremo Totonaca, por su labor en favor de la identidad y las tradiciones de este pueblo.

En las páginas de La Jornada Maya encontré la columna de Salomón Bazbaz Lapidus, “El Centro de las Artes Indígenas, 20 años de grandeza cultural”, donde recupera la historia y la visión que impulsaron Cumbre Tajín. Su propuesta buscaba revalorar los sitios arqueológicos como ciudades sagradas, reconocer a los guardianes de la tradición y convertir el festival en un detonante cultural y una escuela de arte, cultura, tradición y tolerancia.

Esa visión iba más allá de organizar un encuentro turístico: pretendía dignificar los conocimientos ancestrales y fortalecer la identidad de los pueblos originarios. Por eso, los veinte años del CAI también deben servir para revisar qué hace falta para sostener y proyectar este legado.

Durante la primera jornada del aniversario se destacó que el Centro lleva dos décadas sembrando identidad, dignidad y esperanza, manteniendo viva la voz de los pueblos originarios.

En la segunda jornada, el Xtaxkgakget Makgkaxtlawana, El esplendor de las y los artistas, vinculó el aniversario con la Resistencia Indígena y la cosmogonía totonaca. Las plantas que vuelven a brotar, los ciclos de la naturaleza y la tierra que se renueva sirvieron como referentes de la permanencia de los pueblos originarios y de los conocimientos que sobreviven al paso del tiempo.

Estos mensajes expresan el sentido profundo del Centro de las Artes Indígenas. No obstante, la mejor manera de honrarlo es garantizar que sus maestros y talleristas tengan las condiciones necesarias para continuar su labor.

Veinte años representan una trayectoria importante, pero también una tarea pendiente. La cultura totonaca no puede considerarse únicamente un atractivo de Cumbre Tajín: es una cultura viva que merece respeto, inversión y continuidad.

Después de diez años de cubrir el festival, sigo reconociendo su importancia y la entrega de quienes participan en él. Mi cuestionamiento es la falta de respaldo suficiente para mantener la fuerza de aquella visión.

La grandeza cultural de Veracruz también debe medirse por la dignidad con la que trata a sus maestros, los recursos que destina a preservar sus tradiciones y la capacidad de convertir el reconocimiento de los pueblos originarios en una política pública permanente.

Esa es mi expectativa con Cumbre Tajín y el Centro de las Artes Indígenas. Esa es también la deuda que el Gobierno del Estado todavía debe atender.

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