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¡Gracias!

 

A los amigos del amigo

Se dice que el periodismo es una actividad ingrata. Debe serlo para muchos seguramente. Porque en cada palabra que se escribe se espera transformar algo en este mundo sin importar si alguien lo va a agradecer. Ahora, en este momento, para mí, el periodismo no es oficio ingrato, porque cuando se tienen amigos afectuosos, colaboradores capaces, lectores críticos, gente inteligente como público, todo es más fácil.

El agradecido es uno que tiene ese gran tesoro de la llamada telefónica que exalta la amistad y el esfuerzo, de la palmada en el hombro que compensa todo esfuerzo adicional, del saludo cariñoso de quien descubre en uno la identidad de Alma Grande o la frase que memorizaron de una columna para usarla en el saludo.

Con esa retribución cálida, que se suma al Premio Nacional de Periodismo hace del trabajo periodístico una aventura con final feliz, porque están quienes uno espera que estén, que son las personas que llenaron mi teléfono, acudieron a las redes sociales para multiplicar voces contentas que comparten este trozo de felicidad que guarda nuestro trabajo cotidiano y que no estaría completo sin esas voces.

Cuando la soledad pesa en los desvelos, la tensión en la investigación, la emoción al encontrar datos, no se piensa en que alguien lo felicite a uno pero, cuando sucede, la palabra se vuelve sonrisa y la tragedia un referente para impulsar su restauración con nuestra tarea.

Porque las palabras de todos y cada uno de quienes me felicitaron evitan el cansancio, son la mejor vitamina para que el descanso sea breve y la actividad intensa.

Con esto quiero agradecer a quienes desde que supieron la noticia de que fui merecedor del Premio Nacional de Periodismo, tomaron el teléfono para felicitarme, desearme parabienes, darme la certeza de que no hay esfuerzo sin recompensa. Un premio siempre trae consigo otro más grande, el de volver a escuchar a los amigos, de saber que están cerca, aunque uno no los vea, porque también eso es parte de la comunicación que une lazos.

Se puede estar en desacuerdo con lo que se dice pero se reconoce y respeta lo que se plasma, porque antes que el respeto a la expresión, está el respeto al ser humano a pensar diferente, y eso es lo que nos hace iguales.

Así, el periodismo suele hacer del ángel un demonio, porque cuando la realidad es adversa hay que decirlo, aunque duela, aunque haya riesgos, aunque la vida no vaya en ello. Sin embargo, ha todavía en el periodismo demonios que se vuelven ángeles por 30 monedas. Hay Judas en todos lados a lo largo de la historia, y el periodismo no es la excepción.

Cuando un periodista pone un punto final a su texto deja de ser propio y a las palabras les aparecen alas. Quien escribe ve salir de su ventana a cientos, miles de palomas mensajeras que van a dar a diferentes destinos. Ahí termina el escrito y empieza la responsabilidad. Termina el trabajo, pero se inicia el compromiso.

Cuando el mensaje tiene respuesta inicia la recompensa, comienzan los premios silenciosos que sumamos conforman reconocimientos nacionales, como éste que recibí del Club de Periodistas, cuyos dirigentes se fijaron en mi trabajo de muchos años para exaltar un esfuerzo cotidiano. El agradecido, repito, soy yo por hacerme sentir parte de la vida de quienes en estos días me han dado el premio más preciado para un periodista, y para un ser humano: su amistad.

 

Dios los bendiga.

Muchas gracias

Ángel Álvaro Peña

 

 

 

 

 

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